Redacción: José Luis Borrero González


 

         Hay libros que entretienen, y hay libros que obligan a pensar. La trilogía formada por “Bicentenario de la Policía Nacional. La Gran mentira”; “Bicentenario de la Policía Nacional. La gran mentira. Parte 2” y “Bicentenario de la Policía Nacional. La gran mentira. Parte 3”, entra de lleno en este segundo grupo.

No son libros de opinión. Son más de 1.600 páginas de documentos, normas y pruebas históricas que plantean una idea muy clara y muy directa: el llamado bicentenario de la Policía Nacional no se sostiene con los hechos históricos.

Una pregunta sencilla que nadie quiere responder. El planteamiento es fácil de entender:  si una institución cumple en el 2026, 202 años, tiene que haber existido de forma continua durante ese tiempo. Pero, según la documentación que se aporta en estos libros, eso no ocurre.

En 1835 se suprime la Policía General del Reino, y lo que viene después no es lo mismo, ni jurídicamente ni organizativamente.

Entonces la pregunta es inevitable: ¿de dónde sale el bicentenario de la Policía Nacional?  Y aquí viene lo más llamativo: no hay una explicación clara, ni un debate público serio que lo aclare. Lo más sorprendente no es sólo lo que dicen los libros, sino lo que no ha pasado después:

  • Nadie ha desmontado las pruebas con documentos.
  • Nadie ha explicado con claridad la supuesta continuidad.
  • Nadie ha abierto un debate serio para que el ciudadano entienda la verdad.

En historia, cuando alguien aporta documentos, lo normal es responder con otros documentos. Aquí, eso no ha ocurrido. Y el silencio, en estos casos, no aclara nada.

No es solo historia: es dinero público. El problema no es solo histórico. Va más allá. Porque ese supuesto bicentenario ha dado lugar a:

  • Actos oficiales, celebraciones y campañas institucionales.

Y todo eso se paga con dinero público. Por eso surge otra pregunta muy directa: ¿se puede gastar dinero público en una celebración que no está fundamentada?  No es una cuestión ideológica. Es de sentido común.

Todo esto no sería la primera vez que ocurre algo parecido. Un caso muy conocido es el del llamado “Donación de Constantino”, un documento que durante siglos sirvió para justificar el poder de la Iglesia en Europa. Hoy sabemos que era falso. Durante mucho tiempo, nadie lo cuestionó en serio. Pero cuando se estudió con rigor, se demostró que era una falsificación.          ¿Y qué ocurrió? Que la historia tuvo que corregirse.

Ese ejemplo demuestra algo muy importante: no importa cuánto tiempo se repita algo… si no es verdad, acaba cayendo. 

Estos tres libros no piden que se esté de acuerdo con ellos. Piden algo más sencillo y más razonable:

  • Que se expliquen los hechos con claridad.
  • Que se debata con documentos.
  • Que se diga la verdad a los policías y a los ciudadanos.

Porque si todo es correcto, debería demostrarse. Y si no lo es, alguien tendrá que asumir responsabilidades.

La historia no es cuestión de opiniones. Es cuestión de pruebas.

Y cuando hay más de 1.600 páginas de documentos sobre la mesa, lo mínimo que cabe esperar es una respuesta de altura. Porque al final, todo se reduce a algo muy simple: o el bicentenario es verdad… o no lo es. Y si no lo es, no estamos ante un error sin importancia. Estamos ante una mentira que alguien debería explicar.

                                                                    José Luis Borrero González.

 

Benemérita al día - Periódico Digital
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