
Un artículo de Blas Ruiz Carmona
Introducción
El día 1 de mayo de 2012, se cumplieron 75 años de la caída del Santuario de la Virgen de la Cabeza, un Santuario que, como posición militar, había sido defendida por la Guardia Civil, al mando del capitán del Cuerpo, Santiago Cortés González, desde el 18 de agosto de 1936, hasta el 1 de mayo de 1937, fecha en la que, como hemos dicho anteriormente, el Santuario sucumbió, al ser atacado, en las postreras jornadas del Asedio, por un ejército enemigo muy superior, tanto en personal como en material de guerra.
Precisamente el citado 1 de mayo de 2012, escribimos en la página web de la Fundación Nacional Francisco Franco, un artículo titulado El Asedio y el olvido, en el que nos lamentábamos de que muy poca gente iba a recordar la efemérides, y que, como es obvio, nadie iba a organizar un acto, por sencillo que éste fuera, para homenajear a los gloriosos caídos en la heroica defensa del Santuario. Naturalmente, nosotros llevábamos razón y, excepto algunas breves reseñas en internet, la fecha pasó, como se suele decir, sin pena ni gloria.
Pero no siempre fue así, y hubo un tiempo, no tan lejano, aunque hoy nos lo parezca, en el que la Guardia Civil tuvo muy presentes a sus Héroes del Santuario, y algunos jefes del Benemérito Instituto, entendieron que, de aquella gesta, se podían sacar lecciones de patriotismo y honor, de valentía y fidelidad a unos principios, y lo entendieron bien. Por eso mismo, acudieron varias veces al Santuario de la Virgen de la Cabeza, o procuraron que, en la medida de lo posible, los guardias civiles que se iban formando en las Academias supieran que, en sus compañeros de Cuerpo atrincherados en Sierra Morena durante la Guerra Civil, tenían un espejo en el que mirarse, un espejo limpio, capaz de reflejar brillos de heroísmo, sacrificio y amor a España.
Hubo un tiempo, no tan lejano, ya digo, en el que los cursos de ascenso, tanto en la escala de oficiales como de suboficiales del Cuerpo, terminaban en el Santuario de la Virgen de la Cabeza, donde se impartía la última lección, se escuchaba misa, se rezaba ante la Virgen, se depositaban coronas de laurel en la cripta donde reposan los restos de Cortés, Haya y demás oficiales, se cursaba visita al cementerio de los caídos, y se pasaban unas jornadas de confraternización que, sin duda, estrechaban los lazos afectivos entre quienes en los nuevos tiempos iban a tener mando sobre guardias civiles en sus respectivos destinos, y aquéllos otros compañeros que durante la Guerra Civil les precedieron en el honor, cayendo como héroes, y que ahora descansaban en paz bajo la misma tierra que pisaban los nuevos oficiales o suboficiales del Cuerpo. Quizás en alguna ocasión me ocupe de una estas últimas lecciones que se impartieron en el cerro de la Cabeza, pues tengo información para hacerlo; por cierto que, cuando ahora leo los reportajes de aquellos acontecimientos entrañables, y los comparo con el desinterés que el Benemérito Instituto demuestra actualmente por todo lo relacionado con la Virgen de la Cabeza, siempre pienso lo mismo, a saber: “¡Dios mío, qué pronto ha olvidado la Guardia Civil a sus Héroes!”
Directores Generales
Todos los directores generales que ha tenido el Benemérito Instituto desde el término de la Guerra Civil, hasta la muerte del Caudillo, o casi todos, lo hicieron bien, cada uno dentro de sus posibilidades, con los Héroes del Santuario. Mención especial merece Camilo Alonso Vega, quien, tanto como director general de la Guardia Civil, como siendo ministro de la Gobernación, mostró siempre un especial cariño por el capitán Cortés, sus guardias civiles y la gesta que escribieron en Sierra Morena. Su vinculación con la Epopeya del Santuario fue tal, que merecería un trabajo aparte.
A Eduardo Sáenz de Buruaga y Polanco correspondió el honor de dirigir el Cuerpo cuando, en 1958, se inauguró un monumento al Capitán Cortés en su pueblo natal, Valdepeñas de Jaén, al mismo tiempo que se nombraba a Santiago Cortés González Hijo Predilecto de la localidad.
En 1965, cuando se erigió en el cerro de la Cabeza, el que se denominó (y se denomina todavía, aunque algunos pretendan convencernos ahora de que se llama de otra forma), Monumento a los Héroes del Santuario, tanto el director general de entonces, Luis Zanón Aldalur, como el subdirector, Roger de Oliete Navarro, no escatimaron esfuerzos para que todo saliera como la ocasión lo merecía.
Pero nosotros, en esta ocasión, nos vamos a centrar en Carlos Iniesta Cano, que fue director general de la Guardia Civil entre 1972 y 1974, el cual, a pesar del poco tiempo que estuvo en el cargo, concedió a la Gesta de la Guardia Civil en el Santuario de la Virgen de la Cabeza, una atención admirable, siendo su mérito mayor si tenemos en cuenta que, ya por aquella
época, en lo que se ha dado en llamar el tardofranquismo, sonaban tambores de retirada a todo lo que oliera a Guerra Civil. Pero Iniesta, hombre de principios inquebrantables, lo tenía claro: no se podía relegar al olvido “a aquellos españoles que conmovieron los corazones de la Patria, escribiendo en su Historia el más bello poema de heroísmo y honor”.
Su llegada a la Dirección General
Carlos Iniesta Cano nació en Madrid el 13 de mayo de 1908, ingresando a los quince años en la Academia de Infantería de Toledo, de la que salió en 1926 con el grado de alférez. Estuvo destinado en Marruecos y, el 18 de julio de 1936, se unió al Alzamiento Nacional, sirviendo en la Legión durante toda la contienda, la cual terminó con el grado de comandante; le fue concedida la Medalla Militar Individual, entre otras distinciones. Después de la Guerra Civil desempeñó misiones diplomáticas en Italia y Estados Unidos, llegando a ser embajador en Argelia. Fue director de la Academia Militar de Zaragoza y observador militar en la guerra de Vietnam. Al final de su carrera, ya con el grado de teniente general, desempeñó el cargo de director general de la Guardia Civil. Su llegada al Benemérito Instituto se produjo de la siguiente forma: estando Iniesta Cano de embajador en Argelia, se produjo su ascenso a teniente general, es decir, el más alto grado de la carrera militar, por lo que era natural que deseara tener mando efectivo de tropas, al menos los años que todavía le quedaban de servicio activo. Pensó en solicitar alguna Capitanía General que quedase vacante (él sentía predilección por Madrid o Barcelona), pero entonces se presentó algo mucho mejor, “la vacante del mando más anhelado por mí –llegó a decir- por su gran importancia, su destacada responsabilidad, la máxima extensión de la jurisdicción porque comprende toda España y, sobre todo, por el prestigio, la gran valía y las excelsas virtudes militares de cuantos miembros componen nuestro cuerpo ejemplar de la Guardia Civil”.
En consecuencia con lo anterior, Iniesta cursó la correspondiente petición telegráfica y, por decreto de fecha 21de enero de 1972, cesaba en su destino de servicios civiles (se refiere al cargo de embajador en Argelia) y quedaba nombrado director general de la Guardia Civil. Finalmente, el 16 de febrero de ese mismo año, el teniente general Iniesta se hizo cargo del mando del Benemérito Instituto, en un acto castrense al que asistieron once ministros del Gobierno de entonces. Por cierto, tengo delante de mí la foto de aquel momento y, además de los ministros, todos sentados en primera fila escuchando atentamente la alocución de Iniesta, identifico, entre otros, a distinguidas personalidades del régimen, como José Solís Ruiz, Fernando Herrero Tejedor, o José Antonio Sáenz de Santa María, que entonces tenía el grado de coronel; y ahí está el hombre, con sus tres estrellas de ocho puntas en la bocamanga, y pienso que hay que ver, las vueltas que dio luego la vida…
Con esa misma fecha, el nuevo director general dirigió un saludo a todo el Cuerpo, que fue publicado en el Boletín Oficial de la Guardia Civil. Su texto era el siguiente: “Al tomar el mando de este glorioso, heroico y benemérito cuerpo, la Guardia Civil de España, envío a cuantos forman en sus filas mi más cordial y emocionado saludo, unido a la expresión de la satisfacción y enorme honor que para mí supone estar al frente de tan brillantes tropas. Sois ejemplo constante de españoles leales, de soldados perfectos, modelo extraordinario de los hombres de honor que sólo piensan en la grandeza de la Patria, de cuya paz sois avanzados centinelas, siempre dispuestos a enriquecer nuestra gloriosa Historia con vuestra limpia ejecutoria, jalonada de gestas y de hazañas que son patente muestra de vuestro espíritu de nobles caballeros, que postergan los bienes materiales y el más modesto bienestar, ante la ejecución ilusionada de su servicio a España.
Vuestra perfecta disciplina. Vuestra constante corrección. Vuestro amor a la Patria. Vuestra bien demostrada lealtad al Caudillo; a vuestros jefes y a todo cuanto signifique vigilancia y defensa de nuestras leyes y del mantenimiento del más perfecto orden, os hacen merecer la gran estimación y el gran respeto de cuantos en vosotros ven un incontrastable símbolo de paz y de seguridad que a toda costa será cordial y firmemente mantenida. Debéis siempre pensar que el solo hecho de vuestra presencia debe infundir, respeto por vuestro culto a la honradez y a la lealtad, cariño por vuestra obra constantemente benemérita, admiración por la ejemplaridad de vuestra limpia línea de conducta, y una gran impresión por vuestra férrea disciplina, firmeza en vuestro cumplimiento del deber, corrección intachable en el vestir, y trato humanamente generoso, agradable y amable, que siempre es compatible con la energía y decisión que vuestra misión impone, para servir mejor a España en vuestros específicos y muy diversos cometidos. El exigiros cuanto digo es una obligación sagrada para mí. El cumplirlo es gran honor para vosotros y una sencilla norma de conducta para cuantos componen este glorioso cuerpo.
Con mi ferviente devoción en el recuerdo a los caídos para gloria de España en acto de servicio, y mi cordial saludo para vuestras familias, que santifican y honran vuestro hogar tradicional de las casas-cuartel de nuestro cuerpo, os reitera el orgullo que siente por mandaros. Vuestro director general INIESTA”.
Blas Ruiz Carmona
Nota:
(1) Aunque esta fotografía ya ha sido comentada en otras ocasiones, no nos resistimos a hacerlo nosotros también ahora, pues se trata de una burla a la historia. Está tomada en 1972, por lo que el escudo de España que aparece en la fachada de la Comandancia de la Guardia Civil, no puede ser el adoptado en nuestro país en 1981, sino que debería de aparecer el que había en la época, es decir, el que tiene el águila de San Juan. Por otro lado, está sonando el himno nacional, por lo que tanto el teniente general Iniesta Cano, como el guardia civil que está parcialmente tapado por éste, están saludando militarmente. Sin embargo, el entonces coronel José Antonio Sáenz de Santa María, no saluda, sino que aparece con el brazo derecho caído. La manipulación fotográfica es tan burda, que dicho brazo aparece como anquilosado. Y todo para mayor gloria de Sáenz de Santa María, “el general que cambió de bando”, como lo definió el periodista Diego Carcedo.
