Por; José Luis Borrero González 


El BOE número 71, del 14 de abril del actual, publica el pase a la situación de retirado del general de división Antonio José Rodríguez Medel Nieto, jefe hasta ahora de la Jefatura de Enseñanza de la Guardia Civil. Y lo hace con la frialdad habitual de la burocracia, como si estuviéramos ante un trámite más. Pero no lo es. Y la pregunta es tan simple como incómoda: ¿por qué?

No estamos ante un relevo natural. No estamos ante el final previsible de una carrera. Estamos ante una salida anticipada que rompe el curso lógico de una trayectoria que podía prolongarse hasta el 2028. Y cuando lo normal se altera sin explicación convincente, lo que aparece no es la claridad, sino la sospecha.

En la España actual empieza a ser demasiado frecuente que la legalidad estorbe. Que el Derecho no marque el camino, sino que se intente adaptar al interés político del momento. Y que quienes tienen la obligación de velar por el cumplimento de la norma se conviertan, de pronto, en incómodos.

La cuestión de fondo no es un nombre propio. La cuestión es otra: ¿qué ocurre cuando a un servidor público se le coloca ante la disyuntiva de obedecer o cumplir la ley? Porque ese es el punto exacto donde se mide la salud de un Estado de Derecho.

La Guardia Civil no es una institución moldeable al vaivén político. No lo ha sido nunca. Se ha construido sobre principios que no admiten interpretaciones interesadas: honor, disciplina y sometimiento estricto a la legalidad.

Cuando esos principios chocan con decisiones de oportunidad política, solo hay dos caminos: o se dobla la norma, o se aparta a quien no está dispuesto a doblarla. Y eso, en cualquier democracia seria, es profundamente inquietante.

No estamos ante simple pase a retiro. Estamos ante algo más grave: la posible constatación de que la independencia profesional dentro de la Administración tiene un precio. Y ese precio, demasiadas veces, es el apartamiento silencioso.

Se podrá adornar con fórmulas administrativas. Se podrá vestir con normalidad burocrática. Pero cuando un mando con carrera intacta sale antes de tiempo, la pregunta no desaparece: ¿qué ha pasado para que eso ocurra?

La historia de la Guardia Civil no se ha escrito con silencios cómodos, sino con decisiones difíciles. Y esa historia recuerda que hubo hombres que, en momentos límites, eligieron el cumplimiento del deber frente a la presión. Por eso, lo verdaderamente preocupante no es que un general se retire. Lo verdaderamente preocupante es que se normalice que quien no se pliega, desaparece del escenario. Porque entonces el mensaje que queda es devastador: no importa tanto cumplir la ley como adaptarse a quien manda.

En la España de hoy empieza a consolidarse una idea peligrosa: la ley es válida mientras no estorbe. Y cuando estorba, se interpreta, y cuando no se puede interpretar, se fuerza. Y cuando alguien no está dispuesto a firmar lo que no debe… entonces se le aparta.

Así, sin ruido. Así, sin escándalo. Así, sin que aparentemente pase nada. Pero pasa. Pasa que se envía un mensaje demoledor a toda la estructura del Estado: no hace falta decir “firma esto”; basta con que todos entiendan lo que ocurre cuando alguien no firma.

Ese es el verdadero problema. No el cese. No el retiro. Sino el clima que lo hace posible. Porque cuando un servidor público tiene que elegir entre su carrera o su conciencia, el sistema ya ha fallado.

La Guardia Civil no es una herramienta política. No lo ha sido nunca. Es una institución que se ha sostenido durante casi dos siglos -de los de verdad-, sobre una idea simple y exigente: la ley está por encima de todo, incluso del poder. Pero eso choca frontalmente con una forma de gobernar que no tolera límites, que convierte la legalidad en un obstáculo y que exige adhesión en lugar de criterio. Y ahí es donde empiezan los problemas.

Porque el Estado de Derecho no se destruye de golpe. Se erosiona poco a poco. Con decisiones aparentemente pequeñas. Con ceses discretos. Con silencios interesados. Hasta que un día se descubre que ya no queda nadie dispuesto a decir “no”.

No estamos ante un relevo. Estamos ante una advertencia. Una advertencia a todos los que ocupan puestos de responsabilidad: cumplir la ley puede salir caro. Y esa es la antesala de algo mucho peor: un sistema donde la legalidad deja de ser marco y pasa a ser una opción.

Mi general, en tiempos donde la obediencia parece confundirse con el servilismo, hay decisiones que hablan por sí solas. Decisiones que no necesitan explicaciones públicas porque se entienden en el terreno donde realmente importan: el de la conciencia.

Se puede apartar un hombre de manera forzada, pero no se puede borrar lo que representa. Se le puede cesar. Pero hay algo que no se puede ni imponer ni retirar: el honor.

La Guardia Civil no pertenece a los gobiernos. Pertenece a su historia. Y esa historia la han escrito hombres que, cuando llegó el momento, supieron dónde estaba la línea que no se cruza. Usted, con su decisión, ha recordado que esa línea sigue existiendo. Aunque algunos les incomode.

En los tiempos donde muchos confunden obediencia con sumisión, hay decisiones que no necesitan explicación porque se entienden solas. Decisiones que no buscan aplauso, pero dejan huella.

La historia de la Guardia Civil no la escriben los que se adaptan, sino los que resisten cuando toca hacerlo. Y usted ha dejado claro, sin estridencias y sin discursos, que hay líneas que no se cruzan. Eso incomoda. Pero también dignifica. Porque al final, cuando todo pasa, solo queda una pregunta: ¿Quién estuvo a la altura?  Y en esa respuesta, créame, no todos caben.

Usted ha pasado ya a la historia del Cuerpo. Y lo ha hecho como lo hacen los hombres íntegros: sin ruido, sin alardes, pero con una línea que no se cruza.

Lamentablemente, vendrá otro. Siempre viene otro. Alguien que firmará lo que usted, por honor, por justicia y por honradez, no pudo ni quiso firmar. Y ahí está, precisamente, la diferencia. Porque cargos habrá muchos. Firmas, también. Pero ejemplos, muy pocos. Y esos son los que permanecen.

Quien ha servido a la Guardia Civil con sentido del deber, no se retira nunca del todo. Se lleva consigo lo único que no se puede imponer ni arrebatar: la dignidad de haber cumplido.

 

  La historia de la institución no la escriben los cargos. La escriben los hombres.

Y usted, sin necesidad de ruido, ya forma parte de ella.

 

 

 

Benemérita al día - Periódico Digital
Resumen de privacidad

Esta web utiliza cookies para que podamos ofrecerte la mejor experiencia de usuario posible. La información de las cookies se almacena en tu navegador y realiza funciones tales como reconocerte cuando vuelves a nuestra web o ayudar a nuestro equipo a comprender qué secciones de la web encuentras más interesantes y útiles.