Redacción: José Luis Borrero González.


 

      Cada mes de mayo, y especialmente a partir del día 13, la Guardia Civil celebra su fundación desde 1844 en cualquier rincón de España. Lo hace en capitales de provincia, cabeceras de partidos y pequeños municipios. Y puede hacerlo porque su despliegue histórico es real, documentado y verificable. Sus casas-cuarteles, escalafones, servicios y su presencia territorial forman parte de una continuidad que nadie necesita inventar ni adornar. Los documentos hablan por sí solos.

Pero surge entonces una pregunta incómoda que nadie parece dispuesto a responder cuando se habla del supuesto bicentenario de la Policía Nacional:

¿Qué localidad española puede afirmar que la Policía Nacional o cualquiera de sus precedentes lleva prestando 202 años de servicios ininterrumpidos en el año 2026?

Que la nombren. Una sola. No existe.

Y esa ausencia no es casualidad. Es la prueba más evidente de que el relato de bicentenario se sostiene sobre un artificio histórico y no sobre una continuidad institucional comprobable. Porque una institución verdaderamente bicentenaria no necesita recurrir a juegos cronológicos ni a antecedentes aislados para justificar su antigüedad. Le basta con mostrar su trayectoria real.

Cualquier ciudad de España estaría orgullosa de poder afirmar que la Policía Nacional lleva en ella 202 años de servicios ininterrumpidos. Sería un motivo legítimo de orgullo histórico y de identidad institucional. Pero hay un problema insalvable: ninguna puede decirlo ni demostrarlo. Ni Madrid, ni Sevilla, ni Cádiz, ni Barcelona, ni ninguna capital o población española puede acreditar documentalmente esa continuidad desde 1824 hasta nuestros días. Y no puede hacerlo por una razón sencilla: porque esa continuidad no existió.

La Guardia Civil no tiene que buscar un antecedente remoto, ni apropiarse de estructuras desaparecidas o sumar años de organismos extinguidos para explicar quién es y desde cuándo sirve a España. Su fundación es clara y su continuidad también.

Sin embargo, con la Policía Nacional ocurre algo muy distinto. No se celebran 202 años de presencia ininterrumpida en ciudades y pueblos sencillamente porque esa continuidad territorial e institucional no puede acreditarse. Y no puede acreditarse porque no existió tal línea histórica en ninguna ciudad de España de manera continua desde 1824 hasta hoy.

Lo que se ha hecho es otra cosa: tomar un antecedente histórico, desligado de continuidad orgánica real, y convertirlo en punto de partida para ir acumulando años hasta fabricar una efeméride grandiosa. No una continuidad demostrada, sino una cronología ensamblada.

Y ahí es donde nace la controversia. Porque una cosa es estudiar antecedentes policiales -algo perfectamente legítimo- y otra muy distinta es presentar esos antecedentes como si equivalieran a la existencia ininterrumpida de la institución actual. Son dos cuestiones radicalmente diferentes.

Por eso resulta tan llamativo el silencio cuando se formula una pregunta sencilla:

¿Dónde estuvo esa Policía Nacional durante 202 años continuados? ¿En qué localidad española puede mostrarse una presencia ininterrumpida desde 1824? ¿Dónde están sus plantillas, sus despliegues permanentes, sus escalafones sin ruptura y su implantación territorial acreditada?

La respuesta vuelve a ser la misma: en ninguna parte.

Y entonces el debate deja de ser histórico para convertirse en un problema de honestidad intelectual. Porque si la continuidad no puede demostrarse con pruebas plenas, ¿por qué se presenta como un hecho indiscutible? ¿Por qué se invita a los ciudadanos a asumir como verdad una afirmación que tantos investigadores cuestionan precisamente por la falta de continuidad institucional?

Las instituciones merecen respeto, pero el respeto no nace de relatos inflados ni de aniversarios discutidos. Nace de la verdad y de la transparencia.

La historia no se fortalece sumando años; se fortalece demostrando hechos. Y ninguna campaña institucional, por vistosa que sea, puede sustituir aquello que solo los documentos acreditan. Porque las fechas pueden celebrarse, pero la historia -la verdadera historia- no se decreta ni se improvisa. Se prueba. Y ahí es donde sigue la gran pregunta: si existen 202 años de servicios ininterrumpidos, que digan dónde.

Benemérita al día - Periódico Digital
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