Estamos viviendo un error colosal, un error basado en lo que los incontrolados –que se disfrazan de políticos– nos hacen adorar a la mentira por su solo y exclusivo bien. Bueno, a veces también el de sus amigos, pero sin exagerar. Cada vez que pienso en ello, me acuerdo del bueno de Parménides de Elea.

Parménides de Elea se incluye dentro del grupo del grupo de los filósofos presocráticos. No tenemos muchas referencias fiables de su vida. Se piensa que nació en Elea, ciudad de cultura griega de la Italia meridional; allá por el año 540 a. C. O sea, hace unos 25 siglos, lo que nos demuestra una vez más que nuestros “progresistas” son más obsoletos que la micción erguida del varón. Es un miembro destacado de la llamada Escuela Eleática, fundada según se cree por Jenófanes de Colofón, aunque tal vez pudo ser el mismo Parménides quien la fundara. El caso es que inicialmente Parménides pertenecía a los Pitagóricos, aunque no llegan a convencerle y acaba separándose de ellos y evoluciona hacia su propio pensamiento filosófico. Su filosofía será muy tenida en cuenta por pensadores ilustres posteriores, como el insigne Platón.

No puede llegar a comprenderse la Escuela Eleática sin el pensamiento de Parménides, una escuela básicamente existencial y realista. Bueno, fue el primero en afirmar que la tierra es redonda y que no es el centro del universo. Valoró igualmente al sol, al que divide en cálido y frío y, sobre todo, analiza el ser y su comportamiento. Parménides también influyó activamente en la política de Elea, contribuyendo a la creación de sus leyes.

En su obra trata el problema del conocimiento. Parménides nos plantea dos opciones para llegar al conocimiento. Una es la vía de la verdad y la otra es la vía de opinión. La primera vía se basa en la razón, y es el único camino fiable y verdadero para llegar al conocimiento. La segunda vía, la de la opinión, se basa en los sentidos que crean la ilusión de cambio y multiplicidad, lo que los convierte en engañosos. La vía de la opinión implica la aceptación de la existencia del no-ser, lo que hace que nunca nos pueda conducir al conocimiento de la verdad. Cada hombre deberá elegir su camino.

Parménides es considerado como el primer metafísico y fundador de la ontología, por situar por primera vez al ser o al ente como principio. Su poema supone, además, un uso de la dialéctica y de la deducción lógica muy novedoso para su época y tal vez incluso para esta funesta etapa de la vida política que nos ha tocado “disfrutar”.

Hasta Parménides, la pregunta fundamental de la filosofía era aclarar el origen del universo. Él es el primero en situar al Ser como objeto principal del pensamiento filosófico. Este hecho tendrá una gran influencia en la filosofía desarrollada posteriormente en la historia de la filosofía.

Parménides –según nos cuenta Diógenes Laercio– escribe:

Te es preciso inquirir todas las cosas
Con intención sencilla,
Ya sean las verdades persuasibles,
O ya las opiniones de los hombres,
En las cuales no se halla fe segura.

Dijo que la razón es el criterio que juzga de las cosas, y que los sentidos no son criterios exactos ni seguros. Estas palabras dice:

Ni los dioses te induzcan
A un camino común por ser trillado.
No resuelvan los ojos sin examen;
No juzguen por el eco los oídos,
Ni por la lengua juzgues.
Juzgue, sí, la razón en las cuestiones.

Para Parménides, la generación primera de los hombres fue el sol, cálido y frío como ellos y que con ese calor y frío se definen todas las cosas. Dice que alma y mente son una misma cosa. Así, una mente malvada es poseedora de un alma malvada igualmente. La dualidad del bien y el mal no es algo moderno, sino consustancial a nuestra existencia.

Así, los políticos actuales no contemplan la verdad, sino solamente su propia opinión y no en el conocimiento, porque no lo tienen. El ser es el ser y el no ser es el no ser. Bien, pues eso no lo comprenden. Fantasean el lenguaje, mienten con descaro, invierten mucho dinero en la opinión y apenas ninguno en la verdad. Son gente muy poco de fiar y muy egoísta. Les sobra su soberbia (el hybris griego) y les falta humildad. Eso es porque son de muy escaso valor. Solamente los grandes hombres saben ser humildes.

No, no confundamos la opinión con la verdad. El “esto a mí me parece” es una frase llena de dudas, pero es sincera. Cuando se dice “esto es” hay que desconfiar, salvo que se dispongan de pruebas comprobatorias objetivas, y a ser posible varias. La opinión es una escandalosa forma de dominio, una nueva esclavitud de quien la cree y una nueva tiranía de quien la propaga como cierta. Este mundo está dominado en la política por la mentira. Por eso es imprescindible el llamado método científico, que además debe de ser revisado cada poco tiempo. Este método consta de cinco partes.

La primera parte es la presunción o sospecha, las hipótesis. Es cuando creemos que sucede o va a suceder algo bajo unas condiciones determinadas.

Tras esa primera parte, viene la segunda, en la que se efectúa un primer análisis para determinar las pruebas objetivas que nos demuestren la verdad o falsedad de dicha sospecha. Hay que discutirlas y consensuarlas.

A continuación, en una tercera parte se realizan dichas pruebas de consenso y sin trampas, por supuesto.

En la cuarta parte se analizan los resultados obtenidos, pues no siempre son lo que parece y van a depender mucho de las variables –críticas y secundarias– empleadas.

Por último, en la quinta parte se obtienen unas conclusiones. No solo la verdad o falsedad de las hipótesis del primer punto, sino el por qué son verdaderas o falsas.

Bien, pues cuando nuestros políticos elaboran las leyes que nos rigen, solamente se fundan el primer punto: hipótesis. O sea, su opinión. A estas alturas de la vida no podemos hacer caso de lo que se cree, sino de lo que es. Uno puede pensar que el petróleo y el gas no van a subir, y luego suben. Otro puede pensar que pactar con un enemigo es bueno, pero no lo es. Por ejemplo, el reino alauita de Marruecos. Otro puede estar seguro de que va a ganar una guerra y de un modo rápido, y luego va y la pierde, causando un destrozo enorme no solo al adversario, sino incluso a sí mismo. Hay quien piensa que las mujeres deben dominar la tierra y quienes piensan que son esclavas. Ambas partes mienten, pues convierten una opinión personal en una mentira oficial. Ya en la prehistoria, antes incluso de la creación de la familia, las mujeres mandaban en la tribu y vivían en la cueva, cuidándose a ellas en primer lugar y en segundo lugar a sus hijos, que no sabían de quien eran, pues ejercían su actividad sexual con cualquiera. Como los animales. Mientras tanto, los hombres cazaban y trabajaban, hacían la comida e incluso vigilaban para defender a la tribu. Como consecuencia de ello –según cuenta Federico Engels en “El Origen de la Familia” hace tiempo ya– el hombre quiso saber quiénes eran sus hijos, con lo que cada cual se reservó a una mujer, construyó una casa para ellos y colaboró con otros hombres en la creación de los primeros poblados, saliendo de la cueva. Bien, pues las feministas quieren volver a la cueva y los islamistas a un hombre por cueva, con n mujeres. Parménides era muy listo, porque esta gentuza no vive de la verdad, sino de la opinión y el atraso.

¿A dónde nos va a llevar todo esto? Pues mucho me temo que a mal sitio. El principal error de los gobiernos progresistas, muchos de ellos asesorados por “expertos” de la decadente izquierda europea, fue mantener el modelo de crecimiento fundado en la explotación de recursos naturales que es precisamente el fundamento material del neoliberalismo. El progresismo renunció a la industrialización, obnubilado por los altos precios de las materias primas, y sobre todo porque aceptó la idea impuesta por el neoliberalismo dominante, que crecimiento y desarrollo son la misma cosa.

Eso es lo que está pasando: se impone la borriquería por falta de formación de nuestros presuntos políticos progresistas. La deuda dobla ya al IPC, la inflación está disparada, los recursos energéticos por las nubes, los impuestos son algo más que un escándalo ya. Los nombramientos de cargos de responsabilidad se hacen sobre amigotes, la estupidez se promueve, tal como indica en su ensayo “Teoría de la Estupidez” el pensador Carlo María Cipolla. Su libro “Allegro ma non troppo” recoge ese ensayo junto con otro muy original acerca de la pimienta, traducido por María Pons, de Editorial Crítica, Barcelona, 1991. Es casi imprescindible leer este libro para comprender lo que está sucediendo.

Vivimos de la imaginación en España, no de la realidad. Nuestra política actual son dominios de opinión, no de realidad probada. Esto es una prueba escalofriante de la incultura que nos domina, de la estupidez que nos rige, de la maldad –en definitiva– que posee a nuestros gobernantes. No podemos seguir así o nos vamos a extinguir. Si no nos fagocitan los islámicos lo harán otros, porque ni tenemos argumentos, ni conocimientos ni posibilidades de defensa. No es que sea molesto emigrar –cosa a la que pronto nos veremos obligados la mayoría– sino que no sabe uno a dónde. Porque por desgracia vivimos en una ola de estupidez creciente, una avalancha de mentiras y una imposibilidad de defendernos sin recurrir a la barbarie.

Al fin y al cabo, nosotros hemos vivido, la generación siguiente malvivirá, pero logrará salir adelante. Pero… y dentro de dos generaciones, ¿qué será de los niños de ahora cuando crezcan, la esclavitud?

Sigamos así, mintiendo, y la estupidez nos convertirá en animales. O fecasímiles.

Francisco Hervás Maldonado, 2022, abril.