Muchas veces nos hemos preguntado todos acerca de lo que significa vivir. Las respuestas, a lo largo de la historia, han sido múltiples: religiosas, científicas, filosóficas e incluso disparatadas.

Así, en muchas religiones monoteístas, la vida no es más que el camino hacia Dios. Por otro lado, para los grandes sabios solamente se trata de una expresión evolutiva que expresa la termodinámica universal. Los filósofos creen que la vida es la formación abstracta de una existencia concreta. Y en el mundo del disparate, la vida es sueño para Calderón o una viuda frívola, que se deshizo de la u.

A mi me gusta mucho el símil del río, tan arraigado en nuestro pensamiento latino. “Nuestras vidas son los ríos que van a dar a la mar, que es el morir”, escribía un Jorge Manrique profundamente afectado por la muerte de su padre. Pero yo creo que esto del río lo expresó como nadie Riccardo Muti, el genial músico, director de orquesta, quien hace unos años fuera galardonado con el premio al músico del año en Nueva York. Para Muti, la música es el vehículo que nos permite cruzar el río de la vida hasta la otra orilla, donde reside el infinito, que para el creyente es Dios.

Sin duda, si seguimos con el símil del río, nacemos en una orilla y nos dirigimos a la otra, donde nos espera el todo, lo incomprensible, el infinito, Dios… Todos debemos cruzar un mismo río. Hay quien es capaz de cruzarlo solo y a gran velocidad. Y eso no es sencillo. Son los que mueren al nacer e incluso antes de hacerlo, debido al egoísmo de sus progenitores, mediante el aborto u otras canalladas. Su función es admirable, pues son ellos quienes marcan la pauta acerca del camino. Sí, ciertamente la vida puede llegar a ser un soplo brevísimo, o extenderse por lago tiempo, pero básicamente consta solamente de tres partes: inicio, desarrollo y punto final. Otros, no tan veloces como ellos, pero igualmente individualistas, intentan –sin fuerzas para ello– cruzar en soledad este turbulento río, pero la corriente les arrastra y corren el riesgo de acabar en el océano, metafísicamente inhabilitados para acceder al infinito prometedor. Ellos vagan por los mares y acaso terminen en algún paraje solitario, como un islote rocoso, un fondo marino o cualquier lugar dejado de la mano de Dios, es decir, lejos de esa eternidad feliz, en una lucha continua contra sí mismos, sin que realmente tenga sentido la meta de la sin-meta. Pero existe un tercer grupo, que es quien verdaderamente da sentido a la humanidad como bloque de especie. En este último grupo, los que cruzan el río se reconocen malos nadadores y se dan la mano unos a otros, formando una cadena humana admirable que poco a poco va creciendo, hasta poder alcanzar la otra orilla, de manera que ambas riberas queden unidas, no ya solo por una estrecha fila sino por un bloque extenso de muchas personas unidas – porque esa fila son realmente muchas engarzadas–, las cuales permiten montar sobre ellas inicialmente una pasarela, posteriormente se colocan unos sólidos pilares y finalmente un gran puente para poder pasar todos juntos ese río tan ancho que es la vida, unos corriendo, otros andando y otros en brazos. Ahora bien, ese puente no se forma en unos pocos días, sino en muchos milenios de historia compartida. De hecho, yo creo que por ahora ni siquiera hemos llegado a la otra orilla, aunque, a diferencia de hace muchos siglos, la estructura crece despacio, pero con solidez, de manera que el trabajo final en solitario es bastante pequeño, aunque todavía hay que hacerlo, si queremos llegar a esa eternidad tan anhelada.

La construcción de esa gran cadena humana siempre se ve amenazada por dos grandes vicios: el egoísmo y la ignorancia consentida. El egoísta, cuando se cree capaz de llegar, se suelta de los demás y los abandona, creando una rotura de mayor o menor nivel en la cadena humana, pero que afecta –aunque el egoísta no lo crea– a toda la cadena, pues cada acto de egoísmo supone la necesidad de revisar toda la cadena. Hay algunos egoístas especialmente perniciosos. Son los que solo se agarran al precedente, pero ignoran deliberadamente al subsecuente. Son los famosos “pelotas”, esos esbirros que tanto daño hacen a la sociedad. Por otra parte, el ignorante que no quiere saber es también peligrosísimo, pues no sigue las normas de formación de la cadena, puesto que no ha querido aprenderlas, tomando iniciativas por su cuenta que la resquebrajan con mucha facilidad, puesto que ni equilibran las fuerzas ni los pesos. Un ejemplo típico de ignorante es quien acepta desempeñar funciones para las que ni está preparado ni le interesa molestarse en prepararse. Solamente el solidario y coordinado, el que obedece a unas reglas comunes y piensa en los demás, es capaz de formar esa cadena de vida futura.

Pierre Teilhard de Chardin (Orcines, 1 de mayo de 1881 – Nueva York, 10 de abril de 1955), con sus conceptos de Noosfera de Verdansky y Punto Omega, nos da una visión cósmica del mundo que viene muy a propósito en este caso. La noosfera, o esfera del pensamiento, nos lleva a un amor universal que es lo que hace trascender a la humanidad y alcanzar en bloque la vida eterna. Tal vez eso suceda en el Punto Omega, el cual es definido por Teilhard como “una colectividad armonizada de conciencias, que equivale a una especie de superconciencia. La Tierra cubriéndose no sólo de granos de pensamiento, contándose por miríadas, sino envolviéndose de una sola envoltura pensante hasta no formar precisamente más que un solo y amplio grano de pensamiento, a escala sideral. La pluralidad de las reflexiones individuales agrupándose y reforzándose en el acto de una sola reflexión unánime”. Esto, para Teilhard de Chardin, sería el fin de la evolución, pues entonces pasaríamos a formar un todo mayor, integrado en el universo, que para él es Dios. Por eso no tienen sentido las actitudes individuales en nuestra cadena.

Esta cadena necesita ser engrasada constantemente por unos lubricantes muy especiales, derivados del amor, que se llaman amistad y solidaridad. Sin amistad ni solidaridad, la cadena humana se oxida y acaba atascándose y rompiéndose. Por eso, la vida sin amistad y solidaridad carece de sentido. No puede llegar a feliz término.

La Guardia Civil es uno de esos conjuntos de personas que refuerzan la cadena, porque combaten la ignorancia con su experiencia y sabiduría –llevan muchos años enseñando y actuando a favor de los demás– y el egoísmo con el Honor, la solidaridad y la amistad, que no le falta. Es muy medida en sus palabras cuando ha de censurar a alguien y carece de prejuicios con las personas e incluso con las cosas. Hay muchos detalles que podría contar acerca de estas dos grandes virtudes, pero prefiero no dañar su espíritu sencillo y dar un poco la visión general de su obra y existencia.

Los alumnos y cadetes de la Guardia Civil, solo tienen facilidades, tanto por parte de nuestra sociedad honrada como por el equipo de profesionales que se ocupan de su formación, para que de alguna manera todos actúen como ellos lo harían. Y sin olvidar que, además, los que no trabajamos directamente con ellos tenemos siempre las puertas abiertas cuando precisamos de su ayuda. Más de una vez hemos necesitado solucionar temas relacionados con algún problema nuestro, y siempre los hemos tenido a nuestro lado, pero es que incluso en otros temas, que nada tenían que ver con ellos, su ayuda ha sido siempre generosa, incondicional y totalmente desinteresada. A eso se le llama solidaridad y amistad. Y esto es lo más importante que nos han enseñado estos grandes hombres y mujeres de la Guardia Civil: a saber convivir todos con todos en armonía y generosidad, formando una unión indivisible, una cadena bien lubrificada de solidaridad y amistad, que nos sirve de gran ayuda para cruzar ese río tan grande que es la vida.

Porque al fin y al cabo de eso se trata, de que lleguemos a alguna parte los que nos llamamos humanidad, y que no pasen los siglos entre divagaciones y enfrentamientos inútiles, que solamente nos debilitan y al fin y a la postre pueden devolvernos a nuestra orilla de origen, la orilla animal. Solo las gentes inteligentes lo comprenden y luchan, cada cual desde su ubicación en la cadena de la vida, por robustecer este vínculo social que nos va a llevar al infinito, a la eternidad, a Dios, que es quien nos espera en la otra orilla.

¿Y cuándo será esto? No lo sabemos, pero sí podemos afirmar con rotundidad que cada vez estamos más cerca, pese a todo lo desagradable que nos está tocando vivir. Y esta confianza debe darnos fuerzas para continuar por el camino correcto, con ellos y como ellos, nuestros Guardias Civiles.

Francisco Hervás Maldonado

Coronel Médico (r)

Benemérita al día - Periódico Digital
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