Siete guardias civiles no pueden enfrentarse a cinco mil misiles de Hamás, pero su presencia tranquilizó a todos. A los que estaban allí y a los que nos hallábamos aquí

Pasé los peores días de mi vida cuando los terroristas de Hamás atacaron Israel. Mi mujer estaba en Jerusalén, con un grupo de amigos, que habían programado hace seis meses una visita a Tierra Santa. Me figuro que este protagonismo en la intranquilidad puede ser considerado egoísta. Lo es. Habían dejado atrás el lago Tiberiades y en el viaje hacia Jerusalén les comunicaron el estallido de la guerra provocada por Hamás y financiada por Irán y algunos emiratos del golfo Pérsico.

Las comunicaciones telefónicas eran imposibles. La falta de información me atormentaba. Al fin pude hablar con ella. Me serenó su serenidad. Parecía que había estado en veinte guerras y que no le afectaba su indefensión. Mi mujer tiene una virtud que, en ocasiones, puede convertirse en un defecto. No sabe mentir. No conoce ni tolera la mentira. Y como he escrito renglones arriba, estaba serena, pero no simulaba su preocupación. «Aquí hay un barullo muy grande, pero en Jerusalén estamos más tranquilos». Volaban y explosionaban los misiles –humildes «cohetes» según los podemitas y sumaristas– cuando una frase de mi mujer me devolvió la confianza. «Además, no te preocupes, porque está con nosotros la Guardia Civil».

Los guardias civiles destacados en Israel al servicio del Consulado de España en Jerusalén se alojaban en el mismo hotel que la veintena de expedicionarios, más bien peregrinos, que acompañaban a Pili. Y se presentaron para ofrecerles toda la ayuda que pudieran proporcionarles. Un grupo del GRS, al mando del sargento Alejandro G y el cabo 1º Claudio C, –omito sus apellidos por seguridad y reserva–, compuesto por los guardias civiles José Antonio B, Manuel B, José Luis N, Moisés R y José Juan M. Una de las compañeras de viaje de mi mujer se había llevado a Israel su medicación ajustada a los días de estancia en Tierra Santa, y necesitaba con urgencia conseguir diferentes medicamentos. Dos guardias civiles la acompañaron hasta la farmacia más cercana, mostraron sus credenciales, y el farmacéutico despachó sin receta la medicina específica que precisaba. «Para lo que ustedes necesiten, aquí estamos». Siete guardias civiles no pueden enfrentarse a cinco mil misiles de Hamás, pero su presencia tranquilizó a todos. A los que estaban allí y a los que nos hallábamos aquí. Después de treinta horas sin descansar, a miles de kilómetros de la guerra, pude dormir cinco horas seguidas. «Están con la Guardia Civil». Mano de santo.

Estos guardias civiles destinados en el Consulado de España en Jerusalén, y según sus palabras, «al servicio de todos los españoles que nos solicitan apoyo y ayuda», cumplen su cometido durante ocho meses, al cabo de los cuales son reemplazados por otros compañeros de la Benemérita. Mi mujer y diez compañeros de la expedición volaron directamente a Madrid 48 horas después del ataque terrorista en el último avión de Iberia, que canceló posteriormente sus vuelos a Israel. El aeropuerto de Tel-Aviv era un caos. Los diez viajeros restantes fueron encajados, dos días más tarde, en aviones de líneas aéreas con escala en Londres y Dublín. No cancelaron sus vuelos. Cuando se despidieron de los que se quedaron en tierra, volvió a oírse la frase mágica de la tranquilidad. «No os preocupéis. Estamos amparados por Dios… y la Guardia Civil».

Ya están todos en España.

Redacción
Con información de El Debate | Alfonso Ussía