El honor es un concepto sencillo y a la vez extenso, pues puede ser aplicado en diversos sentidos, aunque todos ellos tienen una cosa en común: la promoción del bien para los demás e incluso para uno mismo. Veamos en primer lugar lo que opina la RAE (Real Academia de la Lengua Española).

La palabra honor deriva del latín (honor, honoris) y posee el siguiente significado básico (los demás son derivaciones del mismo, pero en igual sentido): “Cualidad moral que lleva al cumplimiento de los propios deberes respecto del prójimo y de uno mismo”.

El Duque de Ahumada lo vio claro. Eso era exactamente lo que quería fundar: un cuerpo de seguridad ciudadana que tratase a los demás como a sí mismo, sin excepciones personales ni excusas que no venían a cuento. La Guardia Civil debería ser fundamentalmente un ejemplo de honor con todo lo que ello lleva consigo: justicia, generosidad, integración social, sinceridad, fortaleza, disponibilidad, comprensión, capacidad de respuesta equilibrada y solidaridad consigo misma y con la población protegida. Era una época dura y difícil, tras la invasión francesa y subsiguiente guerra de independencia, con un destrozo de recursos laborales y de medios de vida, lo cual promovió el bandidaje por los caminos y pueblos, sin una respuesta eficaz por parte de las escasas fuerzas de seguridad existentes, carentes de coordinación, de medios y –sobre todo– de vocación de servicio y sacrificio en pro de la paz y de la promoción económica y social de los pueblos y ciudadanos.

Pero, en definitiva, ¿Qué ha sido el honor a lo largo de la historia y en nuestro tiempo?, pues viene a ser una misma cosa.

Decía el escritor francés Alfred Victor de la Vigni (1797-1863) que “el honor consiste en hacer hermoso aquello que uno está obligado a realizar”, cosa que ni Napoleón ni su hermano José I Bonaparte, presunto rey de la España ocupada, supieron llevar a cabo, lo cual probablemente fue la causa más importante de su fracaso en España y en Europa. Pero es que a nuestros políticos de los últimos tiempos les sucede lo mismo que a Napoleón: les importa un rábano el pueblo que les ha elegido entre embustes y desvergüenzas.

Francisco Javier Girón Ezpeleta, II Duque de Ahumada.

Juvenal (67-127), el poeta romano lo dice claramente: “el mayor crimen es preferir la vida al honor y, por vivir la vida, perder la razón de vivir”.

Tomen nota, señores políticos, que algún día morirán y deberán explicar en alguna parte y –desde luego– en su memoria ante el pueblo, si es que ha tenido algún sentido su existencia, además de enriquecerse con el sudor de la frente del prójimo gobernado.

Porque, si eres una persona honorable, debes saber cuando has de marcharte y no agarrarte al cargo a la manera de una soldadura.

A veces recuerdo una película llamada “Camino a la perdición”, en la que Paul Newman, en el papel de John Rooney decía una frase que ha de ser considerada como una sentencia moral: “un hombre de honor siempre cumple sus promesas”. No se puede andar prometiendo cosas que no se piensan cumplir, ni tampoco erigirse en un diosecillo para los demás. A eso, en terminología psiquiátrica, se le llama ser un psicópata. Porque – y debemos aclararlo– un psicópata no es un loco, sino un egoísta carente de principios morales. Es decir: un malvado.

Camino a la Perdición (2002)

Solamente el honor rige las conciencias decentes, pues como bien decía Don Pedro Caderón de la Barca en “el alcalde de Zalamea”, esa magnífica obra de teatro: “el honor es patrimonio del alma, y el alma sólo es de Dios”. Eso significa que los que atentan contra el honor propio y ajeno son unos desalmados, pues creen que carecen de alma. Eso sí, cuando ven que se les acerca la muerte, la diarrea física y mental se hace con ellos, así como el terror, la duda profunda y la ignorancia: “¿para qué hice todo, si nada me sirve para vivir, para qué me enriquecí robando, etc.?”

Esto llevó a Julio César a comentar aquello de que “me encanta el hombre de honor, más de lo que temo a la muerte”. El hacer daño a los demás en beneficio propio es la estupidez más grande que se puede cometer, porque la solidaridad, el honor y el cariño son las únicas virtudes que engrandecen a la persona y –muy especialmente– en el futuro más que en el presente. Me parece ridículo promover la ausencia de creencias de futuro, porque a lo peor acaban volviéndose realidad en quienes las promueven. El ateísmo es algo antinatural. Hasta los animales tienen una esperanza de persistencia, como todos vemos en la serenidad con la que muchas especies aceptan su final. Los ateos verdaderos deberían rebelarse contra su fin, pero no pueden hacerlo porque carecen de capacidad vital. Es decir, que se mueren sin ninguna esperanza. Y como dijera Sancho Panza, esa es una muerta “adminícula y horrenda”. Una muerte adminícula significa una muerte sin ayuda ni eficacia. Es decir: el resultado de una vida inútil.

Decía el cántabro José María de Pereda que “quien aspira a adquirir riqueza u honores no sabe amar”. Y claro, sin amor no es posible ser feliz y se pierde el futuro, pues la riqueza y el poder aquí se quedan. No rige bien la mente del psicópata –incapaz de querer más que a sí mismo–cuando se centra en enriquecerse, mintiendo e incluso agrediendo a los demás, pues sin amor se carece de futuro e incluso de presente. El problema es que se trata de espíritus corruptos y, como bien decía Tácito, “en un espíritu corrompido no cabe el honor”.

¿Por qué es importante el honor? Pues está claro: sin honor no hay futuro, ni progreso, ni felicidad. El honor es la gran fuerza que nos une a todos los hombres, la gran esperanza de futuro, la espléndida autopista que nos conduce hacia un sentimiento común, fuerte, que desarrolla la especie humana en un camino de grandeza y progreso. Lo demás… son pamplinas de dudosa intencionalidad.

Se acercan unas nuevas elecciones generales, tal vez promovidas de forma que sugiere una dudosa honradez.  No debemos alentar el deshonor ni la mentira, porque al final se volvería contra nosotros. Lo importante, sin lugar a dudas, es que no nos dejemos llevar por las proclamas del deshonor, porque además de ser absurdas, no hay duda de que son falsas.

En fin, que nuestra Madre, la Virgen del Pilar, nos asista.

Francisco Hervás Maldonado
Coronel Médico (r)
Presidente del Círculo Ahumada