“Vencer sin peligro es triunfar sin gloria”
Pierre Corneille

En el Perú de principios de los años sesenta, germinó un ambiente social en que la violencia de la lucha política de ciertos movimientos de izquierda radical, perturbaron los esfuerzos nacionales por encaminarnos hacia la paz, la cultura y el desarrollo. El país no era ajeno al asedio ideológico del comunismo internacional sobre un vasto sector de Latinoamérica. Así surgieron en 1961 el Frente de Liberación Nacional fraccionado luego en el Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR) y el Frente de Izquierda Revolucionaria (FIR) este último comandado por Hugo Blanco, quienes bajo la consigna “Tierra o Muerte” pasaron a desarrollar acciones subversivas como saqueo de haciendas y asesinato de sus dueños, ataques a puestos de la Guardia Civil que incluyó la masacre de sus valerosos miembros, invasiones de tierras y asaltos a bancos entre otras. Tras un periodo de acopio logístico y dinerario, en 1965, el frente insurrecto opta por ir a la lucha armada conformando tres facciones: la guerrilla “Manco Cápac” con asiento en el departamento de Cajamarca a órdenes de Gonzalo Fernández, la guerrilla “Tupac Amaru” en la sierra central, capitaneada por Hugo Lobatón y la guerrilla “Pachacútec” a cargo de Rubén Tupayachi en el Valle de La Convención en el Cusco, todos ellos bajo la conducción de Luis de la Puente Uceda principal ideólogo y comandante. Su terreno de acción fue escogido sagazmente entre la vertebración de la cordillera andina y las quebradas y valles que finiquitan en la enmarañada selva amazónica. Se había iniciado la ofensiva del odio, la sangre y la violencia.

En este complejo trance nacional, el presidente de la república Fernando Belaunde Terry (1963-1968 y 1980-1985) decide mejorar la capacidad operativa de las fuerzas de seguridad encargadas de enfrentar con eficacia al fenómeno insurgente y tras gestiones de una comisión oficial del gobierno peruano y de la propia Guardia Civil ante el Departamento de Estado de los Estados Unidos de América, se obtiene la aprobación de contar con asistencia técnica militar en operaciones de contrasubversión a través de la Agencia para el Desarrollo Internacional (USAID) la que puso a disposición una misión de asesores compuesta por médicos, capacitadores en desarrollo de áreas remotas e instructores militares pertenecientes a la entonces Escuela de Guerra Especial (US Special Warfare School) del Ejército estadounidense, la misma que propone la creación un nuevo cuerpo militar especializado en guerra no convencional. Aquí surgió una disyuntiva y fue, si esta nueva unidad especial se conformaría orgánicamente al interior del Ejército del Perú o si se ajustaría en el seno de la Guardia Civil. La misión norteamericana recomendó que la futura fuerza pertenezca a esta última, en el entendido que la problemática a enfrentar concernía básicamente a la seguridad interna del país, y de otro lado, que dicha institución armada la conformaban tropas profesionales de carrera. Tómese en cuenta que por entonces la Guardia Civil del Perú tenía estructura, disciplina y formación auténticamente militar. La propuesta se concretó en tales términos.

Por Decreto Supremo del 21 de junio de 1965 se crea la 48° Comandancia de la Guardia Civil como una unidad de escalón batallón, especializada en operaciones especiales de contrainsurgencia, encomendándosele la misión de prevenir y reprimir acciones subversivas en cualquier lugar del territorio nacional, debiendo para ello reforzar y sostener las acciones de los puestos policiales en zonas aisladas, así también, ejecutar acciones cívicas destinadas a elevar el prestigio de la Guardia Civil y prestar auxilio a la población en desastres y calamidades especialmente en áreas apartadas. Su asentamiento se dispuso en la localidad de Mazamari, provincia de Satipo, departamento de Junín -centro mismo de la zona de operaciones contra la guerrilla “Tupac Amaru”- sobre un terreno de 45 hectáreas en donde para fines de dicho año ya se tenía habilitada una pista de aterrizaje de 1,800 metros y las primeras instalaciones básicas tanto de vivienda como de instrucción. La misión norteamericana trajo un importante lote de abastecimiento de toda clase para equipamiento, mantenimiento y operatividad de la unidad, entre ellos una aeronave DC-3 y otra Aero Commander 520 Turbo, Camiones GMC M-211, Dodge M-37, vehículos Jeep M-38, montacargas Towmotor LT-35 y botes de goma LCRS, que le permitían gran capacidad de movimiento aéreo, fluvial y terrestre. Se la dotó de un importante stock de paracaídas de personal T-10 M y B-4 de emergencia, así como equipos G-12 para lanzamiento de carga. El sistema de comunicaciones estuvo asegurado con la entrega de los equipos de radio en los modelos AN/PRC 25 y luego el AN/PRC 77 además de los portátiles SCR-536 y los HT1AG. La provisión de armamento individual y colectivo tanto como el material pirotécnico militar fue el apropiado y suficiente para la naturaleza de la misión. El primer programa de instrucción desarrollado por los asesores norteamericanos comprendió: Adiestramiento para el Combate, Operaciones Tácticas con Pequeñas Unidades, Lectura de Cartas, Comunicaciones, Supervivencia, Tiro, Inteligencia, Acción Cívica, Primeros Auxilios, Defensa Personal, Acondicionamiento Físico y Paracaidismo. La primera promoción del Curso de Contrasubversión “Los Pumas”, se graduó a mediados de 1966 al cabo de 100 días de instrucción y adoctrinamiento.

El naciente batallón insignia de la Guardia Civil debía sellar el vínculo inquebrantable con cada uno de sus hombres y por ende llamarse con un nombre propio que encarne el pundonor y las cualidades de todos ellos. No pudo elegirse mejor que la nombradía emblemática del ejército imperial incaico: los Sinchis. La historiadora peruana María Rostworowski ha señalado que los curacazgos en el incanato eran grupos autónomos que formaban los ayllus. El curaca era el jefe político y administrativo del ayllu que en tiempos de guerra delegaba la autoridad de comandante del ejército al Sinchi, el guerrero más reconocido de la comunidad. Esta palabra quechua se traduce como valiente.

La unidad monolítica y la reunión de las cualidades vitales que forman hombres de hechura sobresaliente, se iban anudando en el nuevo batallón y pronto trascenderían en el ámbito castrense peruano; había entonces que medir la real capacidad operacional de los Sinchis y no reducirla a misterios o jactancias de corrillo. A inicios de 1968 el Comando Conjunto de las Fuerzas Armadas dispone la realización de un ejercicio de campaña y maniobra sobre el terreno para unidades aerotransportadas del Ejército, contando por primera vez, con la participación de la Guardia Civil por medio de una mediana unidad de nivel Escuadrón. Este ejercicio táctico conjunto, tanto como enseñanza doctrinaria y técnica, tenía como objetivo comprobar la operatividad de las fuerzas ante la situación específica de un asalto por paracaidistas en terreno de montaña, a gran altura respecto del nivel del mar y sin control de presurización del transporte aéreo. La zona de caída escogida fue una estrecha franja entre unos escarpados de la cordillera oriental de los Andes y la laguna de los Patos del complejo de lagunas Las Huaringas en la provincia de Huancabamba Piura, a 3,800 msnm aproximadamente. Dos aeronaves Douglas C-47 de la Fuerza Aérea del Perú transportando 60 hombres -30 del Destacamento de Fuerzas Especiales y Escuela de Paracaidistas del Ejército y los 30 restantes de la 48° Comandancia de la Guardia Civil a correspondencia- sobrevolaron el área a 3,000 pies sobre el terreno, originalmente en formación escalonada a la derecha y previendo un pase de reconocimiento de la zona de salto. Inesperadamente se desataron vientos y una precipitación intensa que obligaron a descomponer el dispositivo y, al comando de operaciones a cancelar el lanzamiento aéreo. Refería el maestro de salto de los Sinchis, por entonces Teniente GCP Carlos Delgado Matallana que, aprovechando la interferencia en la comunicación radial, propia de las condiciones meteorológicas desfavorables, ignoró la orden, y conviniendo con el piloto decidió ejecutar la misión primigenia. Las adversas condiciones del clima y el mal de altura de los participantes, comprometían tal decisión en un riesgo excepcional. Pese a ello, los Sinchis, -con equipo y armamento individual completo- y que ya empezaban a sentir los primeros signos de hipoxia debido a las diferencias de presión atmosférica, abandonaron la nave en la modalidad de salto de pelotón de 15 paracaidistas por cada pase, aterrizando sin novedad.  Se había comprobado la factibilidad del empleo de sub unidades aerotransportadas de escalón pelotón y escuadrón, en terrenos reducidos de cordillera a través de vuelos sobre los 5,000 metros de altura con relación al nivel del mar, sin necesidad de insertar pequeños equipos de caída libre militar a gran altitud y debidamente oxigenados; pero, sobre todo, evidenciada la conciencia de que el poder de la moral y el duro entrenamiento, ya hacían carne en esta naciente unidad.

Cuando gran parte del territorio central del país fue estremecido por un terremoto de 8° el domingo 31 de mayo de 1970 en el departamento de Ancash, tocó a los Sinchis la grandiosa oportunidad de mostrar su valía y diligente capacidad para afrontar situaciones de emergencia por catástrofe natural. Tras una fallida intentona efectuada por una avanzada de orientadores militares ocurrida en Huaraz el lunes 1 de junio, el propio presidente de la república General Juan Velasco Alvarado ordenó el movimiento aéreo de la 48° Comandancia hacia Lima con fines operacionales para un lanzamiento masivo de paracaidistas sobre las localidades de Huaraz y Yungay. 100 Sinchis a bordo de tres aeronaves de la FAP se dirigieron al Callejón de Huaylas y venciendo nuevamente las dificultades de la geografía y el clima del segundo sistema montañoso más alto del mundo, consiguieron realizar la hazaña de aterrizar en áreas altamente siniestradas -ulteriormente se varió la zona de Yungay, que presentaba una densa capa de polvo y gases atmosféricos en suspensión, por el poblado de Anta- con una extraordinaria precisión, mínima dispersión de los paracaidistas y ninguna baja que lamentar. Los Sinchis no cesaron ni un solo momento en prodigar auxilio médico a los heridos, rescatar víctimas, sepultar a los fallecidos, remover escombros, organizar a la población damnificada para vacunación y reparto de alimentos y en 72 horas, con la cooperación de los propios pobladores, habilitaron el campo de aterrizaje de Anta y dos helipuertos a fin de permitir la llegada de la ayuda internacional. La “Operación Huaraz” fue catalogada como la operación aerotransportada con misión de socorro humanitario, más importante de América. Los Sinchis fueron bautizados, espontánea y generosamente por los habitantes de la zona, como “Los Ángeles Verdes”.

El Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR) ya fraccionado por desacuerdos ideológicos -básicamente entre las líneas maoísta y moscovita- pretende resurgir su faceta guerrillera en el año 1972 a través de remanentes de las huestes de Gonzalo Fernández Gasco en la provincia de Jaén del departamento de Cajamarca. Las razones de tal persistencia obedecían a que el gobierno revolucionario de la Fuerza Armada liderado por el General Juan Velasco Alvarado -de corte izquierdista- era inconsecuente con la corriente “proletaria” y por ende lo asumían como menoscabo a su valor revolucionario. Dos escuadrones de la 48° Comandancia de la Guardia Civil “Los Sinchis” fueron desplazados por vía aérea hasta la región amagada y llevaron a cabo la que se denominó: “Operación Venado”. Mediando oportuna inteligencia, la columna guerrillera fue ubicada y fijada en su posición hasta poder llevar a cabo un envolvimiento vertical sobre la base de una maniobra aeroterrestre. El adversario que ofreció obstinada resistencia fue finalmente exterminado en un tiempo récord de poco menos de una semana, devolviendo la tranquilidad a los pobladores y restableciendo la ley en la zona. Oficialmente se le confirió a la unidad, el epíteto de “Abnegada y Ejemplar” 48° Comandancia de la Guardia Civil “Los Sinchis”.

La década de 1980 significó para el Perú un periodo de grave crisis económica y extrema agitación política -con buena razón la llamaron “la década perdida”- que dieron lugar a un conflicto social no previsto oportunamente por los gobiernos, y que proporcionó la coyuntura ideal para lo que se veía venir: la embestida subversiva de la organización terrorista más letal de Latinoamérica, Sendero Luminoso. Las Líneas y Puestos de la Guardia Civil diseminados capilarmente por los Andes peruanos vendrían a convertirse en verdaderos baluartes -y altares de martirologio- de contención a la arremetida inmisericorde de las huestes comunistas que progresivamente fueron extendiendo su accionar, hasta prolongarse en una literal guerra de movimiento generalizada en casi todo el territorio nacional. Los Sinchis asumieron un rol protagónico en enfrentar esta escalada, multiplicando fuerzas y esfuerzos para desarrollarse operativamente por sinnúmero de escenarios de sierra y selva, no siempre con el mejor soporte de unas buenas decisiones y políticas de estado, pero con el denuedo superlativo de su moral y espíritu combativo. Desde diciembre de 1980 con el primer destacamento de la 48° Comandancia acantonado en Ayacucho -foco y preludio de la depravación subversiva- los Sinchis pasaron a constituir la vanguardia del mecanismo represivo, constituyendo bases de operaciones en los puntos más neurálgicos del territorio infestado y desde ahí el despliegue de un incesante trajinar de patrullas y grupos tácticos para operaciones de dominio, reconocimiento y combate en sus áreas de influencia. Para enero de 1981 ya se había efectuado un rastrillaje contundente que abarcó los distritos de Vilcashuamán, Vizchongo, Pomacocha, Concepción y Huambalpa con numerosas detenciones y hallazgos de armas, dinamita e ingente propaganda comunista. En ese mismo año por primera vez se llevaron a cabo sendas acciones de rastreo en la provincia de Cangallo habiendo los Sinchis batido, cuando menos 300 kilómetros cuadrados incluyendo los distritos de Chuschi, Totos y Paras. El año 1982, a raíz del ataque de SL a la cárcel de Ayacucho y subsecuente fuga 290 presos por terrorismo el día 2 de marzo, los Sinchis desbloquearon el asedio enemigo a diversas instalaciones de la Guardia Civil y Guardia Republicana permitiendo restablecer la capacidad contraofensiva de dichas fuerzas del orden; luego se adjudicarían la recaptura de buena parte de los prófugos. En marzo del mismo año se desarrollan las operaciones “Sorpresa” y “Halcón” a cargo de la 48° Comandancia con refuerzo de personal de Sinchis que prestaban servicios en otras unidades de Lima y miembros de la 22° Comandancia de Asalto; en tanto, patrullas de Sinchis traban combate con SL que incursionaron en las Haciendas de Occenay y Ayrabamba al este de Ayacucho causándole numerosas bajas. El 22 de agosto de aquel año una columna terrorista golpea el puesto de control territorial en Vilcashuamán y cuya resistencia por espacio de ocho horas deja nueve guardias civiles asesinados entre Sinchis y efectivos rurales; dos enfrentamientos más se suceden, uno en el poblado de Mayoc en Tayacaja Huancavelica y en Huancapi Ayacucho contra los dos puestos de la Guardia Civil apoyados por escuadras de Sinchis con el saldo de cinco defensores de la ley muertos.

1983 se muestra con un claro incremento del accionar subversivo y el establecimiento de un Comando Político Militar para la zona declarada en emergencia -departamento de Ayacucho- que incluía la intervención del Ejército y la Marina de Guerra en las operaciones antisubversivas. Los Sinchis pasan a depender de dicho mando militar y en adelante conformar, en la mayoría de veces, patrullas y pequeñas unidades combinadas con efectivos de ambas armas. El 13 de abril en Huamanguilla, Huanta, una patrulla de los Sinchis y efectivos de la Guardia Civil de la jurisdicción son emboscados y resultan muertos seis custodios del orden. El 20 de mayo más de un centenar de terroristas de Sendero Luminoso atacan el cuartel de la Novena Comandancia de la Guardia Civil, ubicada a tres cuadras de la Plaza de Armas de Ayacucho; los Sinchis y el resto de guardias civiles defienden la instalación causando la muerte de diecinueve atacantes. 16 efectivos son seriamente heridos. En julio una columna senderista arremete una base contraguerrilla a cargo de Sinchis y guardias civiles del servicio rural asesinando a 13 de ellos y en Punco, Huanta, una patrulla mixta de Sinchis y Comandos EP emboscan y dan muerte a 48 senderistas, cayendo en la acción tres miembros de las fuerzas del orden.  El 31 de enero de 1984 en la localidad de Aucayacu, provincia de Leoncio Prado, departamento de Huánuco es atacado el puesto de la Guardia Civil reforzado con una escuadra de Sinchis quienes resisten hasta consumir todas sus municiones, falleciendo heroicamente cinco defensores de la ley.  Para el 22 de junio SL llevó a cabo simultáneamente una acometida contras los puestos de control territorial de Tocache, Santa Lucía y Aguaytía en Huánuco con el saldo de 10 custodios asesinados y una veintena de terroristas muertos en la refriega. A mediodía del 15 de agosto una garita de control vehicular ubicada a pocos kilómetros de Tingo María en Huánuco, fue atacada por alrededor de 50 terroristas dando cruel muerte a seis guardias civiles y fue una patrulla de Sinchis que tras una persecución por largas horas pudo dar cuenta de una docena de estos que pagaron con su vida. Un grupo terrorista recibe la contraofensiva de los Sinchis en el ataque al puesto de la Guardia Civil de Chuquibambilla en Grau, departamento de Apurímac, el día 12 de setiembre de dicho año, siendo el saldo la muerte de 10 individuos por cada lado.

Esta apretada cronología versa sobre hechos importantes en la lucha contrasubversiva en que los actores -guardias civiles en sus demarcaciones territoriales y Sinchis- rindieron la vida en aras del cumplimiento del deber y su juramento a la patria y la sociedad; no obstante, son cientos de acciones, igualmente valerosas, que jalonan la larga trayectoria  de los Sinchis por recuperar el sentido de peruanidad, la paz ciudadana y el retorno a un Estado democrático y de pleno ejercicio del derecho, en las tres regiones naturales del Perú. Hubo que transcurrir una larga década, hasta entrados los noventas, para lograr obtener la victoria político militar sobre Sendero Luminoso que no se habrá consolidado sin el concurso valioso y directo de todas las fuerzas vivas de la Nación.

En 1988, tras el exterminio institucional de la Guardia Civil operada por el gobierno del presidente Alan García Pérez, la 48° Comandancia sufrió una metamorfosis para adecuarla a la estructura funcional de la nueva Policía Nacional del Perú. Se prescindió de su autonomía y dependencia directa de la Dirección General y pasó a pertenecer a la recién creada Dirección de Operaciones Especiales de la PNP en donde adopta el nombre de Regimiento de Operaciones en Selva “Los Sinchis” y que luego varió a División de Operaciones Especiales “Los Sinchis”. Lo que vino después fue el reencauzamiento de su misión primitiva, en adelante, hacia la lucha contra el tráfico ilícito de drogas trasladando sus servicios a la Dirección Ejecutiva Antidrogas de la PNP. Aquí se sucedieron las denominaciones de División de Operaciones Especiales Antidrogas (DIVOEAD), División de Operaciones Tácticas Antidrogas del Sur (DIOTAD SUR PNP) y últimamente División de Maniobras contra el Tráfico Ilícito de Drogas (DIVMCTID) con el encargo funcional de llevar a cabo el “planeamiento, organización, coordinación, ejecución, control y supervisión de las actividades y operaciones policiales antidrogas del nivel operacional y táctico de interdicción terrestre, aérea, marítima, lacustre y fluvial; con la finalidad de prevenir, combatir, investigar y denunciar a personas naturales, jurídicas y organizaciones criminales dedicadas al tráfico ilícito de drogas y delitos conexos, bajo la conducción jurídica del fiscal” (Reglamento del Decreto Legislativo Nº1267, Ley de la Policía Nacional del Perú). En este nuevo rol, los Sinchis confrontan el desafío de esta lucha contra el flagelo del narcotráfico en inclementes condiciones de terreno y la cada vez más sofisticada operatoria de las organizaciones dedicadas a esta despreciable actividad.

Mucho queda por referirse a la trayectoria trazada por los Sinchis en el escenario nacional y el realce que aportó a la Guardia Civil del Perú, no solo consolidando el prestigio obtenido por la benemérita en las siete décadas de servicio a la Nación, sino testimoniando su valía en las distintas facetas que le cupo desenvolverse. Como no incluir en esta semblanza los alcances de la 48° Comandancia en la capacitación de sus cuadros y el nivel de excelencia técnica y táctica de los programas de instrucción que realizaba tanto para  el personal nato de la unidad como para los alumnos de las escuelas de formación en su versión intensiva y que concitaron además, el interés nacional e internacional de policías uniformadas de países hermanos como España, Chile, Bolivia, Colombia y Panamá que enviaron a oficiales y suboficiales para cursar su periodo de instrucción en los cursos de contrasubversión y paracaidismo y obtuvieron las divisas de Sinchis paracaidistas con un patrón de seguridad personal insuperable en el medio, si se tiene en cuenta el grado de exposición al peligro de accidentes que demandaba la naturaleza del adiestramiento. En 1974, la 48° Comandancia tuvo el privilegio de recibir a un contingente de 350 hombres entre oficiales, suboficiales y tropa perteneciente a la Fuerza Aérea del Perú para recibir instrucción en operaciones de contrainsurgencia y paracaidismo en selva, como parte formativa de la organización de una gran unidad de infantería aérea destinada a prestar seguridad de bases y apoyo táctico en operaciones terrestres. Dicha fuerza de maniobra vendría a constituir la estirpe del hoy Grupo de Fuerzas Especiales de la FAP con asiento en la localidad de Vítor en Arequipa.

Un valor fundamental en su formación es atribuido a la alta exigencia de sus capacidades físicas durante su periodo de concentración, actividad extenuante y adaptación a desarrollar aptitudes psicosomáticas para actuar indistintamente bajo la inclemencia de la espesura del monte y elevadas temperaturas de la selva y un buen rendimiento en un contexto de baja concentración de oxígeno muy propio de la cordillera. En este sentido, los Sinchis supieron explotar la grandiosa y variada geografía de Mazamari y sus parajes adyacentes, ubicados en la selva alta, entre los 800 y los 3,000 metros sobre el nivel del mar, de muy complejo relieve con pendientes extremas y valles estrechos, una variedad de clima moderado a cálido y con precipitaciones altas durante la mayor parte del año; pero con un ecosistema muy generoso y sobre todo, con un escenario natural inmejorable como valor militar del terreno para desarrollar y conducir operaciones de entrenamiento en selva y en montaña. Esta topografía peculiar, permitió al Sinchi compenetrarse con la adversidad y también con la exuberancia de la naturaleza para moverse, sobrevivir, aprender habilidades nativas y conducirse como un verdadero “montaraz” por sobre la actividad del adversario y como garantía de su derrota; tal relevancia y fortaleza han sido ponderadas por especialistas militares extranjeros y en este caso, justificada razón para ubicar a los Sinchis entre los mejores combatientes de jungla en toda América.

Sin embargo, consideramos que el mayor logro alcanzado por los Sinchis es haber amalgamado prudentemente su capacidad combativa y poderío letal -propio de una fuerza especial- con la esencia de su espíritu y fundamento moral de guardia civil en el extremo del respeto por la vida y la libertad de las personas. Esa filosofía y conducta ética propia de cada miembro, acuñada en el alma mater del cuerpo, nunca se alteró en la conciencia individual de cada hombre, de aquellos con modestia de vida y pensamiento. Desde su creación los Sinchis interiorizaron que jamás se debía permitir que la propia debilidad se haga cómplice de la ferocidad del enemigo y que también, el valor real en la refriega es el que proviene de la razón. De allí que, en las más críticas y duras circunstancias, los Sinchis mantuvieron, ante el trance y la contingencia, preservar el deber de abnegación y sacrificio; a partir de ello nace y se sintetiza el alma de la 48° Comandancia. Su lema lo dice todo, “Solo merece vivir, quién por un noble ideal, está dispuesto a morir”.

César Augusto Vargas Vargas
Teniente Coronel GCP ®