Redacción: José Luis Borrero González


 

Martín Turrado Vidal sostiene que quienes cuestionamos el falso bicentenario de la Policía Nacional pretendemos situarnos “por encima” de las Facultades de Historia de la Universidad Complutense de Madrid, de la Universidad de Salamanca, de la Real Academia de la Historia, -que a hasta el momento ninguna de ellas han dicho nada al respecto- o de determinados profesores, citando expresamente a doña María Dolores Herrero Fernández Quesada, profesora titular de la UCM, a la que -según él- no le llego “ni a la suela del zapato”.

La afirmación no solo es falsa: revela una concepción profundamente anticientífica del conocimiento histórico.

En Historia -como en el Derecho- no existe el principio de autoridad, sino el principio de prueba. La verdad histórica no emana de un cargo, una cátedra, una editorial o una institución, sino de la documentación primaria, del análisis crítico de las fuentes y de la coherencia lógica del razonamiento. Pretender lo contrario es regresar al dogma, no defender la ciencia.

Conviene que le aclare algo esencial: no me he colocado por encima de nadie. He hecho exactamente lo que debe hacer cualquier investigador honesto: contradecir una tesis falsa con documentos. Y cuando esa tesis falsa se convierte en propaganda institucional, refrendada por un real decreto -el 665/2022, de 1 de agosto-, el deber cívico y académico es denunciarla, no encubrirla.

A la profesora María Dolores Herrero Fernández Quesada me he dirigido formalmente por escrito. Le he remitido, además, un ejemplar de mi obra “Bicentenario de la Policía Nacional. La gran mentira. Parte 2”. ¿Su respuesta? Ninguna. Silencio absoluto. Ni una línea, ni una objeción documental, ni una refutación metodológica. Silencio.

Lo mismo cabe decir de las instituciones que Martín Turrado invoca como escudo: ni la Universidad Complutense, ni la de Salamanca, ni la Real Academia de la Historia han sido capaces de responder con documentos a las objeciones planteadas por escrito. Y no hablamos de opiniones, sino de hechos verificables: inexistencia de continuidad institucional, supresión de la Policía General del Reino en 1835, ausencia de escalafones, academias, dirección general y marco orgánico estable hasta bien entrado el siglo XIX.

Martín Turrado Vidal confunde -o finge confundir- prestigio institucional con razón histórica. Pero la Historia no se decide por aplauso corporativo ni por unanimidad académica, sino por evidencias. Y cuando la evidencia contradice el relato oficial, el relato cae, por muy protegido que esté por ministerios, reales decretos o editoriales “prestigiosas”.

Que usted Martín Turrado haya publicado doce libros no convierte sus tesis en verdaderas. Repetir un error doce veces no la transforma en verdad. La reiteración no suple la prueba, y la erudición aparente no excusa la ausencia de documentos concluyentes.

Lo verdaderamente revelador es que, incapaz de desmontar los hechos, usted Martín Turrado Vidal recurra a la descalificación personal y al argumento jerárquico: “usted no es nadie frente a estos nombres”. Ese argumento no es académico. Es ideológico. Y es propio de quien no puede sostener su posición en el terreno de la evidencia.

La mentira puede sostenerse durante un tiempo si la ampara un gobierno corrupto, si se viste de decreto y se financia con dinero público. Pero no puede resistir un análisis riguroso. Y cuando más se desacredita al mensajero, más evidente resulta la debilidad del mensaje.

La Historia no pertenece a los cargos, ni a las cátedras, ni a los comités editoriales. Pertenece a los hechos. Y los hechos -por más que incomoden- termina imponiéndose.

Conclusión:

La verdad histórica no se decide por jerárquica, cargo, cátedra ni sello editorial. No la otorgan gobiernos corruptos mediante reales decretos oportunistas ni academias que callan cuando deberían hablar. La verdad se sostiene -o se derrumba- sobre hechos, documentos y coherencia. Y cuando estos faltan, todo lo demás es propaganda.

Puede intentar blindar la mentira con instituciones, presupuestos públicos y silencios cómplices. Puede incluso repetirse mil veces hasta convertirla en consigna oficial. Pero la mentira, por muy amparada que esté por un gobierno corrupto o por un relato institucional fabricado, nunca triunfa de forma definitiva. Siempre acaba encontrando a quien la desmonte, pieza a pieza, con pruebas y paciencia.

Quien confunde autoridad con infalibilidad comete el error clásico de los falsarios: creer que desacreditar al mensajero sustituye a refutar los hechos. No lo hace. Jamás lo ha hecho. Y jamás lo hará.

La historia no absuelve a quienes mintieron desde el poder, sino a quienes, aun sin cátedra ni respaldo institucional, se atrevieron a decir que el rey iba desnudo. Y ese juicio -tarde o temprano- llega. Siempre.

 

José Luis Borrero González.

 

Benemérita al día - Periódico Digital
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