El pueblo barbateño pide al unísono la dimisión del ministro del Interior, quien se ausentó de la concentración de repulsa por el trágico suceso pese a anunciar previamente su presencia

El pueblo de Barbate se mueve entre la consternación y la indignación horas después del asesinato de dos guardias civiles arrollados por una narcolancha en el puerto de la localidad. «Hoy el pueblo está aquí en un acto obligado porque todos estamos sumidos en la más profunda tristeza, la indignación y el repudio», afirmaba el alcalde Miguel Molina en la concentración de repulsa que tenía lugar este sábado en la plaza del ayuntamiento.

El trágico suceso se producía este viernes por la noche, en el contexto de un operativo de vigilancia de seis lanchas neumáticas –prohibidas en 2018 por su uso criminal– que se habían refugiado en el puerto barbateño por el mal tiempo. Cuando los agentes, en una embarcación más pequeña, decidieron actuar, los narcos comenzaron a torearlos. En uno de esos lances, una narcolancha pasaba por encima, literalmente, de los guardias civiles, con fatal desenlace para dos de ellos.

En los vídeos que circulan por las redes sociales se observa a los agentes persiguiendo a los narcos en clara inferioridad: los guardias civiles iban en una patrullera, mientras que los delincuentes ocupaban embarcaciones mucho más potentes y ágiles. Todo ello se producía mientras numerosos testigos graban y jaleaban las acciones de los narcos.

«Yo no me explico qué hacían allí esos niñatos jaleando a esa gentuza. Ése no es mi pueblo. Mi pueblo está con los guardias civiles», afirma una vecina de Barbate visiblemente afectada por todo lo ocurrido, después de haber asistido a la concentración en la plaza del ayuntamiento, donde el pueblo pidió al unísono la dimisión del ministro del Interior, Fernando Grande-Marlaska.

Marlaska se ausentó del acto, pese a anunciar previamente su presencia, para presidir en Cádiz una mesa técnica sobre el trágico suceso. Allí, desde la distancia, aseguraba que habría «impunidad cero» con los asesinos de los dos guardias civiles, a los que el Instituto Armado concederá la Cruz de Oro de la Orden del Mérito.

Silencio en el puerto

En el puerto, lugar de los hechos, reina el silencio, aunque también se comenta lo sucedido. Un vigilante de seguridad señala al Servicio de Vigilancia Aduanera, que no participó en la desgraciada operación de la Guardia Civil. «Dejaron solos a los guardias civiles», lamenta. En el bar de la entrada temen que la tragedia traiga consigo «mala fama» para Barbate, «un pueblo humilde de pescadores».

De la capilla de la Virgen del Carmen sita en el puerto sale una mujer que ha rezado por el alma de los dos guardias civiles y por sus familias, «sobre todo por esas pobres criaturas que se han quedado sin padre», nos comenta. Uno de los agentes era natural de San Fernando (Cádiz) y tenía 39 años, pareja y una hija. El otro había nacido en Barcelona, tenía mujer y dos hijos.

En el acto de repulsa por los asesinatos, Miguel Molina, alcalde de Barbate, reprochaba al Gobierno «las carencias y las demandas insatisfechas» en materia de seguridad y le pedía «que dejen de mirar para otro lado y escuchen las peticiones legítimas de Barbate». «Necesitamos más medios, humanos y materiales para la Guardia Civil, mayor seguridad en el área portuaria y en nuestras costas», concluía.

Redacción
Con información de El Debate | José Rodríguez González