Una justa reminiscencia en el centenario de su creación (1922 – 2022)

 

“Por su organización, su disciplina y la propia naturaleza de su
cuerpo fundador; es inconsecuente situar a la Guardia Civil del
Perú fuera del ámbito militar, por lo tanto, sus miembros serán
considerados como militares de carrera de la Guardia Civil.”

Augusto B. Leguía y Salcedo, Presidente del Perú.
(1908 a 1912 – 1919 a 1930)

La Guardia Civil del Perú se erige como una de las instituciones más notables y ubérrimas dentro de sus fines y competencias de orden y ley, en la historia contemporánea de nuestra Nación. No obstante, muy poco se ha dicho sobre la Benemérita a lo largo de sus casi 70 años de existencia y ha sido, en la práctica, ignorada por los estudiosos de la historia, la política, la sociología y el derecho, por ende, nuestro conocimiento de la Guardia Civil y su impacto en el acontecer de la historia peruana es a veces erróneo o, más a menudo, simplista. Sería mezquino no conceptuar la cadena de hechos memorables desplegados por la institución en aras de la observancia de la ley y la protección al ciudadano, pero tan importante como ello, será examinar en las siguientes líneas, cuales, fueron las bases de su vocación e idiosincrasia que en esencia marcaron su derrotero. Ese arduo y viciado terreno de acechanzas que se inmiscuyeron entre su personalidad distintiva y el fiel cumplimiento de su deber. Las presiones que sobre ella gravitaron por parte de la perniciosa política nacional; esa coacción y malsana aversión que no cesó hasta contemplar su exterminio. La Guardia Civil del Perú no existe más.

Primera Misión Española de la Guardia Civil – 1922.

De Izq. a Der. Tte. José Carretero Parreño,
Tte. Crl. Pedro Pueyo España.
Cap. Bernardo Sánchez Visaires y
Sgto. Juan Gómez Hernández.

 

 

Nacimiento de la Guardia Civil del Perú

El nacimiento de la Guardia Civil en el seno de la república peruana durante el segundo decenio del siglo XX, marcó un suceso trascendente en la historia política, social y militar del Perú; y es que, a partir de este acontecimiento, se le confiere naturaleza y personalidad de institución a su policía uniformada como organización profesional, militar (no militarizada), con autonomía funcional e íntegro alcance nacional; todo ello bajo los auspicios, la dirección técnica y la doctrina moral de la misión de la Guardia Civil de España, encabezada por el Teniente Coronel GCE Pedro Pueyo España. La naturaleza militar de la Guardia Civil del Perú aseguró en principio, su imparcialidad política como cuerpo armado y, en consecuencia, su capacidad para sobrevivir a pesar de los considerables cambios políticos a lo largo de su existencia. La influencia y mentalidad castrense de la Guardia Civil no solo fue atribuible a la doctrina traída por la misión española sino, además, al espíritu de las hornadas primigenias de oficialidad y tropa venidas del Ejército para conformar el novísimo cuerpo; por acierto, en su casi totalidad, efectivos calificados y de rigurosa selección que canjearon despachos de oficiales de las armas de Infantería y Caballería por las de Guardia Civil. Solo a manera de ejemplo bastaría citar al General Fernando Rincón Jaramillo quien siendo número uno de su arma en la Escuela Militar de Chorrillos se integró a la Guardia Civil; o al General Luis Rizo Patrón Lembcke, igualmente cadete de dicho centro castrense, que por sus méritos sobresalientes fue enviado a realizar estudios de formación para oficial en la Escuela Militar de Saint-Cyr en Francia, optando a su retorno, por cambiar su despacho e incorporarse a la Guardia Civil.

Repaso Histórico

Un repaso histórico constitucional de nuestra república nos permite advertir que, la tendencia y naturaleza de los cuerpos de policía uniformada, fue de raíz y esencia auténticamente militar. Así vemos que la Constitución Política de 1823, primer texto constitucional de la República, señalaba en su artículo 163° que “la fuerza armada de tierra está constituida por el Ejército, la Milicia Cívica y la Guardia de Policía” y fue esta carta fundamental, la partida del nacimiento de la institución policial en el Perú. A partir de entonces, los cuerpos de seguridad pública adquieren fuerza jurídica en todo su valor, encuadrándose en la concepción de Estado y Gobierno, pero, lamentablemente no reglados ni estudiados desde el ángulo del Derecho y no analizados en la forma como operan de acuerdo con ese Derecho. Este momento inaugura una etapa de eclosión de pequeños cuerpos policiales de muy distinta naturaleza, capacidades y misiones; cuerpos que, con el paso del tiempo fueron consumándose o uniéndose a otros preexistentes. Para los inicios del periodo republicano el orden público estuvo a cargo de cuerpos de guardias cívicos, celadores, serenos, vigilantes y ulteriormente de fuerzas de Guardia Nacional y Gendarmería y desde luego por un cuerpo de Guardia Civil cuyo nombre propio nos acercaba en el tiempo a lo que años más tarde sería la benemérita institución, ya constituida, profesional, protocolaria y autenticada por el ente matriz. La Guardia Civil creada por el presidente Manuel Pardo en 1873 – quien se educó en la facultad de filosofía y letras de la Universidad de Barcelona- fue un esbozo emulativo del prestigioso cuerpo español que a la postre, ya era un valor de creación castrense reconocido con toda notoriedad en la segunda mitad del siglo XIX en España y Europa, probablemente sin parangón alguno en el resto del mundo. El presidente Pardo, sin duda, con bienintencionado afán, bautizó al cuerpo policial peruano con el nombre de Guardia Civil sin reparar que, en sus Decretos Supremos rubricados el 31 de diciembre de 1873 y el 23 de marzo de 1874 disponiendo su creación y reglamentación, le asignaba competencia funcional en las ciudades, contrariamente a la raigambre del cuerpo primitivo cuyos servicios se desenvolvían en el área rural; no hubo mano, hechura ni influjo de la benemérita española -copismo descompuesto de un nombre con individualidad reconocida- y de ahí que nos inclinamos a sugerir que, la Guardia Civil de Pardo, como voluntariosa pretensión, no fue más allá de un saludable deseo por mejorar el fárrago de cuerpos de seguridad que en su momento no respondían a las exigencias del Estado moderno ni a las demandas de la ciudadanía. Por lo demás, es irrefutable que la nombradía y nominación fue conferida por la corona real y traída oficialmente por la misión española a través de su nativa organización, su cartilla, sus reglamentos, su mística y sus tradiciones, habida cuenta de la honra de llevar la denominación de Guardia Civil, merecimiento no concedido a cuerpos similares en otros países del orbe. Sin embargo, de la antecesora Guardia Civil, nos es digno mencionar y acrisolar la memorable acción del Inspector de Guardias Mariano Santos Mateo, quien como miembro del Batallón “Guardias de Arequipa” a órdenes del prefecto de Arequipa Alejandro Bezada, participó en la batalla de Tarapacá el 27 de noviembre de 1879 durante la guerra de Perú y Bolivia contra Chile, consiguiendo despojar la coronela del regimiento “2do. de Línea” del Ejército chileno.

Presidente Augusto Bernardino Leguia y Salcedo, fundador de la Guardia Civil del Perú en 1922.

El plan del presidente Leguía

Don Augusto B. Leguía y Salcedo, estadista de muchas luces, hombre preclaro como tantos peruanos desde muy antiguo, de una vasta cultura, espíritu cívico, crítico y de gran conocimiento de la historia; avizoró que el desarrollo y la realización de los objetivos nacionales de bienestar y seguridad de los connacionales, deberían sustentarse en la ausencia de peligros públicos y amenazas disociadoras, con una fuerza pública que enfrente las causas perturbadoras de manera firme, autónoma y legal. Que esta tarea, para tener sentido nacional de imparcialidad y justicia tendría que extenderse a los pueblos y confines más alejados de la patria por intermedio de una organización muy bien instruida, exenta de la dirección profana y en casos malintencionada de las autoridades políticas rurales. De modo que, a la par de la calidad técnica y formativa que garantizaba la misión española, Leguía tuvo una visión de mayor perspicacia aún, y es que instrumentalizó a través de dicha asistencia, un nuevo paradigma de desarrollo institucional mediante la implementación de una rectoría potenciada en una autonomía funcional que consideraba decisiva para evitar injerencias foráneas. Leguía confirió a los oficiales españoles plenas potestades no solo en el aspecto educacional sino también de dirección técnica del nuevo instituto que incluía su funcionamiento y la conducción moral y disciplinaria de sus hombres; es decir, en tanto el Director General nato se encargaba del mando y empleo de las fuerzas, la misión española se constituía en un seguro contra la intromisión de los políticos y del Ejército muy dados a inmiscuirse en mangoneos policiales. Así las cosas, los entrometidos innatos, ni por asomo confrontarían con una misión extranjera. Solo bajo estos extremos se logró consolidar solidez, unidad y respetabilidad del cuerpo ante cualquier intento de infestación por parte de los enemigos del equilibrio y la autoridad del sistema jurídico del país. Atrás quedaron los apocados gendarmes y dóciles miembros de la veterana Guardia Civil.

Señores Coroneles de la GCE que continuaron la
jefatura de la primera misión española de
Guardia Civil 1924 – 1926.

 

 

 

Señor Coronel GCE Juan Gil de León, jefe de la primera misión
española 1929 -1930.

 

 

 

Señor Coronel GCE Bernardo Sánchez Visaires, único integrante
de la primigenia misión española y último Director español de la
Escuela de la Guardia Civil y Policía del Perú hasta 1931.

 

 

 

General GCE Manuel Rodrigo Zaragoza, jefe de la segunda misión
de la Guardia Civil de España 1949- 1951.

 

 

 

Por ello es que cuando mandó esculpir en el cuño que coronaba el frontis de la nueva Escuela de la Guardia Civil y Policía el lema original español, se interpreta como una suerte de exaltación del presidente Leguía. El ilustre mandatario, para el día de la inauguración del plantel, dispuso que, a la inscripción del epígrafe “El Honor es su Divisa” se le agregara “como en la Madre Patria”, evocación precisa del sentir fidedigno con la España matriz y su ligazón histórica; acontecimiento muy complejo, duro y crucial en los anales de la peruanidad y cuya explicación no podría darse fuera de la coyuntura de su época. Leguía, al margen de su apego hispanista, tuvo la perspectiva innovadora de asentar en nuestra patria, un cuerpo de policía uniformada hechura de una organización avanzada con afinidad y entroncamiento de idioma, costumbres y otras identidades, que no podía ser más deseable que la Guardia Civil de España.

Fachada de la Escuela de la Guardia Civil y Policía – 1923.

 

 

 

 

 

Portada de la Escuela con la placa conmemorativa – 1923.

 

 

 

 

 

EL Tte. Crl. Pedro Pueyo España juramentando a la
primera promoción de oficiales de la Guardia Civil
del Perú – 1923.

 

 

 

El Tte. CrI. GCE Pedro Pueyo España leyendo su
alocución en la ceremonia de inauguración
del plantel – 1922.

 

 

 

El rasgo castrense como legado del cuerpo fundador

Desde sus inicios, la primera misión española de la Guardia Civil supo imprimir al novedoso instituto, un rasgo distintivo de impecabilidad en el trato y en la estampa personal de sus miembros, sobre todo, de un ascendiente virtuoso sobre la población, efecto de cuan comprometido estaba con las enseñanzas de la Cartilla de la Guardia Civil -que era todo un evangelio moral- y el Reglamento Militar como ordenamiento de las tareas y funciones de la fuerza en tiempo de paz. Las normas legales de la época y los mensajes y notas oficiales expresadas por el fundador del instituto, presidente de la república Augusto Bernardino Leguía constituyen testimonio de la inequívoca categoría militar de creación de la Guardia Civil del Perú.

Mediante el Decreto Supremo del 26 de octubre de 1924 que crea el Cuerpo Militar de Guardia Civil se disponía: “Artículo 6° (…) el Escalafón que oportunamente formulará la Dirección General, formará parte del Escalafón del Ejército y se insertará a continuación del de Artillería por tratarse de un cuerpo compuesto de armas combatientes de Infantería y Caballería”. Enseguida, el Decreto Supremo de fecha 23 de octubre del mismo año señala que “(…) la Guardia Civil del Perú depende del Ministerio de Guerra y el Director General de la Guardia Civil concurrirá a los acuerdos de Guerra y se entenderá directamente con el Ministro de Guerra. Ello no impedirá que, para asuntos del servicio y las funciones propias de policía, se supedite al Ministerio de Gobierno y Policía.”  

Alumnos de la Escuela de la Guardia Civil y
Policía en uniforme de campaña.

 

 

 

 

 

Resulta menester agregar algunos pasajes del mensaje a la Nación del presidente del Perú, Augusto Bernardino Leguía Salcedo, ante el Congreso Nacional, el 28 de julio de 1928: “(…) A solicitud del Ministerio de Gobierno se han otorgado 6 vacantes de alumnos en la Escuela de Oficiales (de la Escuela Militar de Chorrillos) para oficiales de la Guardia Civil y Policía, a fin de que reciban instrucción técnica que los capacite para el mejor cumplimiento de sus deberes militares. (…) El servicio de Artillería ha cumplido eficazmente en atender no sólo a las unidades del Ejército sino también a las fuerzas de la Guardia Civil y Policía. La instrucción general del Ejército se ha desarrollado en forma eficaz e intensiva durante el año que termina, con sorprendentes resultados. Cada mes las unidades de la Segunda División, Escuelas Militar y de Guerra, Escuelas Militares y unidades de la Guardia Civil y Policía, han realizado aquí

ejercicios de conjunto. En igual forma han trabajado las demás regiones militares. Finalmente, en el último trimestre del año pasado, tuvieron lugar maniobras anuales en el sur, con la Tercera y Cuarta División reunidas; en el centro, con la Segunda División y tropas de la Escuela Militar, fuera de división y Guardia Civil; y en el norte, con la Primera División. Con la expedición de la Ley N°6185, que determina la situación militar del cuerpo de la Guardia Civil y Seguridad y con la Ley N°6184, que se refiere a los goces y pensión de retiro de los mismos, quedan fijadas las garantías de que gozarán los servidores del Estado en este ramo. La organización militar dada a la Policía, ha contribuido notablemente a la eficacia de sus funciones. Pronto serán constituidos los cuerpos destinados a servir en los diversos departamentos, los que servirán de poderosos auxiliares al Ejército, en caso necesario. (…) Es así que, dada su naturaleza militar y la condición militar de sus miembros, son de aplicación a todos los integrantes de la Guardia Civil, las leyes y reglamentos vigentes para el Ejército, salvo cuando se opongan a lo previsto en su legislación específica. Ni históricamente, ni funcionalmente, ni desde la mera lógica, se puede concebir a la Guardia Civil sin naturaleza militar, por lo tanto, se deberá considerar a sus miembros “militares de carrera de la Guardia Civil”

Bien lo anota el General GCP Rómulo Merino Arana respecto a los principios fundamentales que dio por sentada la misión española de la Guardia Civil, para la organización de una fuerza similar en el Perú. “Tres son los fundamentos que sustentan a la Guardia Civil: El honor, su carácter militar y su autonomía. El primer principio sostiene los valores espirituales del guardia civil. El honor hace de el, un ente de moral inmaculada, indispensable para cumplir el deber; quien está llamado a defender la vida, el honor y la propiedad de los peruanos, demandándoles el cumplimiento de la constitución y las leyes, ha de tener en el más alto grado, arraigado el honor, compendio y suma de virtudes como la dignidad, la honradez, el valor, el espíritu de sacrificio, el sentimiento de justicia y el de humanidad; virtudes sin las cuales no puede el guardia civil ser un guía y un conductor de la sociedad. El segundo principio es el carácter militar de la Guardia Civil, establecido desde su origen y sostenido tenazmente a través de toda su existencia. Tiene por objeto crear tan rigurosa conciencia de disciplina y moralidad que el guardia civil cumpla sus obligaciones como soldado en el lugar más apartado de la república, sin precisar vigilancia alguna; desde que esa conciencia militar profundamente arraigada, ha creado en el, una personalidad tal que, el hombre sea siempre capaz de cumplir el deber por el deber mismo. Por otra parte, una fuerza militarmente organizada, tiene que ser evidente garantía contra todo intento de subversión pública y valioso elemento de cooperación en los conflictos internacionales. El tercer principio es la autonomía del cuerpo, respecto de las autoridades políticas. Hasta el decreto de Castilla, los prefectos e intendentes disponían en un todo de las fuerzas de policía. Está reconocido, desde luego, el derecho de estas autoridades de solicitar los servicios de la Guardia Civil; ellas como representante del poder ejecutivo encargadas directamente de la conservación del orden, deben y pueden disponer de esos servicios, pero concederles mayores atribuciones tales como el derecho de ordenar altas y bajas de personal, la provisión de suministros, la conservación de la disciplina, ascensos, cambios de colocación etc. es contrariar una organización militar. Ello corresponde exclusivamente a los jefes naturales del cuerpo, quienes al hacerlo han de proceder ceñidos a los reglamentos, con criterio técnico y sujetos a la responsabilidad que su condición de miembros de una institución colegiada les impone; lo que dista mucho del carácter eventual de una autoridad política.” MERINO ARANA, Rómulo, 1965, Historia Policial del Perú en la República, Departamento de Prensa y Publicaciones de la Guardia Civil, Lima.

“La organización militar de la institución, tendía no solo a crear agrupaciones de hombres útiles para el servicio policial, sino a constituirlas como unidades de combate, en cuyo carácter debía acercarse, en lo posible, al de las fuerzas del Ejército, sin perder esa estructura en el cumplimiento de su función peculiar o sea de policía (…)” MARTÍNEZ Pedro Pablo, 1935, Haciendo Historia, página 95, Lima.

Una mirada simple, vertida sobre las apreciaciones del mandatario fundador y de los hechos mismos desenvueltos durante los años iniciales del instituto, aseveran irrefutablemente su génesis y carácter militar. Su nombre oficial, Guardia Civil y Policía marcaba un sentido no segmentario, por el contrario, especificativo respecto de su doble carácter y función constitucional y legal: Guardia Civil como el aspecto de fuerza armada y, Policía, como organismo de función social con potestad coactiva para garantizar el Derecho y ejecutar la ley. Tal criterio implicaba, además, un posicionamiento rector respecto del Cuerpo de Seguridad Urbana (CS) y del Cuerpo de Investigación, Vigilancia e Identificación (CIVI) igualmente formados por los maestros españoles. Fue en este contexto que se consolidó una voluntad mayoritaria de formar un cuerpo táctico de gran solidez y dotado de valores que le permitieran desenvolverse en el entorno secular como garante de la seguridad y los derechos ciudadanos, pero sin descomponer su condición de cuerpo armado y su calidad de soldados profesionales. Se gestó, como bien se ha dicho, la convicción sobre la utilidad de contar con una fuerza policial dentro de la estructura militar de las fuerzas armadas, esto implicaba la ventaja de los servicios de unidades organizadas, jerarquizadas y disciplinadas dotadas de poder de policía; dicha filosofía no deformó su condición de policía comunitaria, sino más bien, la fortaleció, imprimiéndole una organización dinámica, flexible y plural. Sin embargo, la conformación del cuerpo de Guardia Civil privilegiándola con su doble faceta -militar policial- tuvo un propósito de mayor vitalidad aún, el de asegurar los derechos de la república y la personalidad y poder soberano del Estado, ante cualquier agresión o intento de quiebre del orden constitucional, de conformidad a la regulación jurídica vigente. La historia republicana daba cuenta en esos años, de numerosos atentados a la institución democrática y presidencialista por parte de caudillos y aventureros tanto civiles como militares.

Por tradición oral al interior del propio cuerpo, se conoce que sus primeros integrantes rehusaron tajantemente a que se les denomine policías, no por afrenta, sino más bien por un sentido de identidad propia muy arraigada en su personalidad corporativa. Para el logro de uno de los propósitos deseados como es la pervivencia en el tiempo, les era inevitable acentuar “no soy policía, soy guardia civil”, así, dicho criterio de identidad incluía el sentimiento de orgullo y distinción que los diferenciaba, primero, del rezago de los preexistentes cuerpos de seguridad muy venidos a menos y luego, la pertenencia a un instituto, prolongación de la famosa y nobilísima Guardia Civil española. Se conocía, que el remanente de veteranos de la antigua Guardia Civil establecida por el presidente Pardo y que fueron seleccionados para reengancharse en el nuevo instituto, no dejaban de expresar su sentimiento de honra y altivez por considerarse, a buena cuenta, en verdaderos guardias civiles. Dicho talante, armonizado con otras cualidades cívicas y profesionales del novísimo cuerpo, no tardaron en despertar los celos de otras fuerzas armadas, en concreto del Ejército del Perú, histórico antagonista y germen de perdurables recelos con el benemérito cuerpo; rescoldo mantenido hasta su desaparición. La Guardia Civil nunca persiguió otra finalidad que, la de desenvolver su misión sin más propósito que el de servir en paz, ni más deseo que el de ser respetada.

La guardia de honor a cargo de un piquete
de la Guardia Civil del Perú rinde honores a
SM Alfonso XIII al ingreso del pabellón
peruano durante la Feria Expo Sevilla
de 1929. El Alfz.GCP Carlos Lezameta Guinaux
es felicitado por el Rey de España dada
la impecable presentación.

 

 

Los primeros años. Apoteósico despliegue de la Guardia Civil.

Grande fue el alborozo ciudadano en todos los rincones del Perú ante el advenimiento de la Guardia Civil. Personajes singulares, disciplinados y respetables. Era preciso que debían ser el pueblo mismo y por consiguiente que tengan su mismo espíritu; esa fuerza que se puso al servicio de la justicia y como amparo del débil y el oprimido. Significativa influencia, tuvieron, por ejemplo, los elegantes y vistosos uniformes que estrenó el cuerpo bajo las pautas de la misión española. Estos fueron inicialmente confeccionados en paño Meltón inglés de color azul tina con vivos y remates en color rojo, la pelliza importada, tanto como la capa con esclavina de fina lana, completaban la tenida, las botas de charol para montar con espolines, guantes de ante avellana y la teresiana como prenda de cabeza. En mérito a esa prestancia marcial reflejada desde sus inicios, la Guardia Civil fue convocada para participar en ceremoniales, escoltas y guardias militares tanto en el país como en el extranjero.

La Primera Comandancia de la Guardia Civil hace su marcial ingreso a Tacna luego del plebiscito de 1929

 

 

 

En 1924 la primera comandancia encabezó la gran parada y desfile militar en homenaje al centenario de la batalla de Ayacucho realizada en el antiguo hipódromo de Santa Beatriz, la misma que tuvo como comandante de la línea -compuesta por tropas combinadas del Ejército, la Armada y la Guardia Civil- al Embajador Extraordinario de Estados Unidos y General de los Ejércitos John J. Pershing. En la Feria Expo Sevilla de 1929, una sección de la Guardia Civil del Perú montó Guardia de Honor en el pabellón peruano, dónde el Perú obtuvo la medalla de oro, como ganador al mejor expositor. Dicha ocasión fue propicia para que SM el Rey Alfonso XIII felicitara personalmente al oficial a cargo por tan distinguida presentación. Ese mismo año le cupo a la Primera Comandancia de la Guardia Civil, la distinción de ser enviada al departamento de Tacna para abanderar el ceremonial de su reincorporación a la plena soberanía nacional y reivindicar el anhelo de quienes sufrían el triste tributo del cautiverio luego de la infausta Guerra del Pacífico. Conformando el Destacamento Tacna y luego de cumplidos los protocolos, sus fuerzas fueron distribuidas por diversas provincias con la ardua y difícil misión de granjearse la confianza y penetrar el corazón de los compatriotas que por más de cuatro décadas fueron objeto de una “chilenización” en todo ámbito social y cultural. Fueron las parejas de correrías de a pie y a caballo salidas de los primeros Puestos enclavados en las serranías del extremo sur del país, quienes consolidaron la actitud y los sentimientos nacionales en los peruanos -con genuino altruismo y su ejemplo que daba impresión de confianza y veracidad- diseminados en los confines extremos y que nunca renunciaron a ser peruanos.

Sargento de la Guardia Civil en uniforme de parada.

 

 

 

 

 

Chapas del cinto de cuero de la Guardia Civil
de España y su similar del Perú.

 

 

La dimensión social y patriótica de la Guardia Civil. Los Movilizables.

Fueron los primeros guardias civiles, adalides sociales y culturales hasta en los más recónditos villorrios de nuestro territorio nacional. Fue esa parte profunda de su renovada personalidad formada con mística de servicio y de justicia, la que les permitió una entera visión de la condición humana de nuestros hermanos peruanos desligados de la protección del Estado. Acompañar a los hombres y mujeres en el drama de sus vidas, la ignorancia y la pobreza, generaron capacidad de influenciar y aptitud de marcar una diferencia con lo anterior. Hicieron de maestros, consejeros, notarios del pueblo; fungieron de jueces e ingenieros viales, buscando cambios de actitud y formas de vida; mas, una faceta de esta realización comunitaria marcó un resalte de especial significación: los Movilizables. En cumplimiento de la normatividad sobre la defensa nacional, fueron los miembros de la Guardia Civil quienes asumieron la función de instructores militares de los jóvenes entre 18 y 30 años en los distritos, caseríos y poblados rurales del país -donde no existía guarnición militar- para prepararlos como componentes de la reserva ante una eventual movilización. Entusiastas muchachos cumplían fielmente con asistir los fines de semana a sus faenas de orden cerrado, marchas forzadas, ejercicios gimnásticos y de tiro real con el fusil Mauser Original Peruano de 1909 que eran de dotación en los Puestos. Entre cánticos, arengas y vivas patrióticas se iba afiatando el sentimiento por la cultura y la historia peruana. Clases y guardias volcaban sus conocimientos y experiencias, en ocasiones recurriendo a traductores en lengua nativa, para inculcar el amor a la nación y a sus símbolos representativos, principios cívicos y de disciplina, motivando, además, hábitos de aseo y urbanidad en los jóvenes. El servicio de movilizables creó esa coyuntura ideal para compenetrarse con la juventud, motor de cambio e innovación de los pueblos y en el caso concreto, fundamento de respetabilidad hacia el naciente cuerpo.

 

 

 

 

 

Servicio de Movilizables en provincias del interior del país, a cargo de instructores militares de la Guardia Civil.

 

 

 

 

 

El bautismo de fuego

El año 1927, entre los meses de junio y noviembre, la flamante Segunda Comandancia Mixta (compuesta por tres compañías de infantería y un escuadrón de caballería) fue desplazada al departamento de Cajamarca a fin de emprender la campaña militar contra el bandolerismo organizado, que encabezaba el hacendado y criminal Eleodoro Benel Zuloeta, cuyos secuaces asolaban las provincias de Chota, Cutervo, Jaén y Hualgayoc. Habían diezmado a grupos de Gendarmería que les hicieron frente y puesto en jaque al 9° Regimiento de Infantería que fue en su persecución. Un total de 400 guardias civiles al mando del Coronel de Ejército Antenor Herrera Tirado efectuaron un despliegue en tres frentes de combate sobre objetivos intermedios que correspondían a los poblados sometidos por los facinerosos. Esta cortina táctica permitió la dispersión de las huestes criminales provocándoles un gran número de bajas; en tanto que los prisioneros serían acusados de graves crímenes contra la población, desde asesinatos, secuestros y violación sexual, hasta robos y ataques a la fuerza armada. Fueron sometidos – conforme a lo dispuesto por el poder ejecutivo- a corte marcial sumarísima y ejecutados en el propio terreno de los hechos.  La Guardia Civil había devuelto la paz y el orden social a la zona y superado su bautismo de fuego, evidenciando, además, su excepcional capacidad de maniobra y eficaz empleo de grandes unidades de combate.

Guardias civiles luego de una revista, marchan
para su embarque hacia el norte en la campaña
contra el bandolerismo en Cajamarca, 1929.

 

 

El Tte. Crl. EP Antenor Herrera presenta el parte antes de
partir al mando de la Segunda Comandancia hacia Cajamarca,
al Tte. Cri. GCE Juan Vara Terán.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Imágenes de las tropas de la Segunda Comandancia Mixta de la Guardia Civil durante la campaña de Chota en Cajamarca, 1927.

 

 

 

 

 

 

Un primer grito de dignidad.

No había transcurrido una década de la fundación de la Guardia Civil cuando, tras la caída del régimen del presidente Leguía, el jefe de la junta de gobierno Comandante de Ejército Luis M. Sánchez Cerro, pretendió disolver la institución tildándola de guardia pretoriana al servicio de su fundador Leguía. El 20 de febrero de 1931, abrazando un pronunciamiento de dignidad cívico militar del ex director general del cuerpo, General de Brigada EP Pedro Pablo Martínez y Ledesma, 300 guardias civiles entre oficiales y tropa se sublevaron y tomaron el Castillo del Real Felipe del Callao, por entonces sede de la Comandancia de Resguardo Nacional (Servicio de Aduanas) de la Guardia Civil, exigiendo la intangibilidad del instituto. Murieron cerca de medio centenar de hombres luego del asalto infligido por el Regimiento de Infantería N°7 reforzado con una batería de campaña y el ataque aéreo de cuatro aviones Vought Corsair V-80P del Cuerpo Aeronáutico del Perú que ametrallaron el objetivo hasta su rendición. Dicho episodio obligó a la autoridad suprema a reconsiderar lo propuesto respecto a su desaparición, desgraciadamente, meses después el mismo mandatario de facto, canceló los servicios de la misión española de la Guardia Civil. Este suceso marca el comienzo de una serie de eventos de esa historia desdeñada, negada o silenciada por quienes y, a quienes les alcanzaba el deber moral de dignificar a aquellos guardias civiles que nunca fueron reconocidos.

La Guardia Civil y la vesania política.

Durante las décadas de los treinta y cuarenta del siglo pasado -“años de ferocidad, ensañamiento y barbarie” como lo referiría el notable escritor Guillermo Thorndike Elmore-  nuestra nación se vio envuelta en conflictos internos de inusitada violencia que convulsionaron gravemente la paz y la seguridad nacional, comprometiendo no solamente nuestra primaria democracia, sino provocando además, el trágico estallido de luchas fratricidas entre connacionales llevados por ideas revolucionarias foráneas -el comunismo y el socialismo- en las versiones de, partido comunista peruano de tendencia marxista-leninista, clasista, antifeudal y antimperialista; y el partido aprista peruano de corte social de izquierda antimperialista. Decisiones políticas equivocadas o impopulares de la retahíla de breves gobiernos que se sucedieron, entorpecieron los consensos y avivaron el desprestigio de la clase política. Cupo a la fuerza pública personificada en la Guardia Civil y demás institutos armados, restaurar el marco de condiciones en el que debían estabilizarse y desarrollarse los poderes del Estado, en muchos casos -atrapados por el estruendo social- a costa de la sangre de peruanos tanto civiles como militares. Acontecimientos de nefasta recordación para el benemérito cuerpo fueron los movimientos sediciosos ocurridos en diversas ciudades del territorio nacional por el desarrollo y propagación de las ideas extremistas enarboladas por el partido aprista peruano. Un coordinado movimiento revolucionario de dicha facción a inicios de julio de 1931, tomó por sorpresa el control de los departamentos de La Libertad, Ancash y Cajamarca principalmente. Se produjeron ataques sucesivos a instalaciones oficiales del gobierno y puestos de la Guardia Civil, como los de  Salaverry, Samne, Casa Grande, Chicama, Cartavio, Ascope, Otuzco, Shorey, y Huamachuco. La resistencia de las fuerzas del orden fue curtida y aguerrida, resaltando entre otras no menos meritorias acciones, la contraofensiva del alférez Humberto Lengua Romero y su tropa por retomar Cajabamba a costa de su vida y la de tres de sus subordinados y asimismo la defensa del cuartel de la Guardia Civil de Trujillo a cargo del teniente Alberto Villanueva Gómez quien reducido por los revolucionarios, pretendió estoicamente canjear su integridad misma por la de su personal subalterno mencionando para la posteridad la inmortal frase: “Mátenme a mí, pero no toquen a mis guardias”, la cual equivalió a sellar su propia tortura y muerte. En esta escalada de despiadados hechos, guarda pavorosa repercusión el ataque de las huestes apristas al Cuartel del Regimiento de Artillería N°01 “Teniente Coronel Ricardo O’Donovan Córdova” el día siete de junio, apropiándose de material de guerra diverso para luego trasladar a los militares y a los guardias civiles capturados, a la cárcel de Trujillo donde fueron confinados y martirizados hasta morir, tres oficiales y 25 clases y guardias junto a otro número aproximado de jefes, oficiales y soldados del ejército. El Regimiento de Infantería N°07 apoyado por dos compañías de fusileros de la Escuela de Guardia Civil y Policía a cargo del capitán Mario Vargas Machuca, desembarcaron el día nueve de julio en el puerto de Salaverry y progresaron hacia Trujillo, en tanto que de modo paralelo marchaban desde el norte el Regimiento de Infantería N°11 jalonado por una compañía de avanzada de guardias civiles procedentes de Chiclayo a la que se agregaron dos pelotones de caballería y tropas de refuerzo de la quinta comandancia de la Guardia Civil, todo el conjunto comandados por el Teniente Coronel GCP Daniel Matto Cavero. El aguante de los facciosos se hizo obstinado y demandó que se libraran varios combates con las fuerzas del orden por retomar Trujillo y sus poblaciones aledañas. Hubo de requerir la intervención de unidades de bombardeo del Cuerpo Aeronáutico para batir los nidos de ametralladoras del lado insurrecto y la decidida acción del comandante de las operaciones Coronel EP Manuel Ruíz Bravo hasta finalmente tomar el control de la situación. Lo que vino luego fueron la instalación y funcionamiento de cortes marciales que tras abreviados procesos condenaron a la pena capital a un número indeterminado de integrantes del partido aprista -se conjetura que fueron más de un millar- y cuyas ejecuciones, a cargo de la Guardia Civil, en la huaca de Mansiche y la ciudadela de Chan Chan, encendió la acentuada inquina del APRA para con la institución tutelar que solo cumplió con efectivizar las sentencias emanadas de los consejos de guerra dispuestos por el presidente de la república quien en su condición de General en Jefe mediante el  Decreto Ley Nº 6881 del 26 de setiembre de 1930, autorizó el juzgamiento por la jurisdicción privativa militar.

La Guardia Civil y su defensa cerrada al orden constitucional.

Siendo el orden constitucional unos de los fundamentos que comprometían el voto originario y principista de la Guardia Civil, esta, tuvo que hacer frente a la intentona de golpe de estado capitaneado por el entonces ministro de Gobierno General EP Antonio Rodríguez Ramírez contra la presidencia de Oscar R. Benavides, el día domingo 19 de febrero de 1939. Aquella mañana, aprovechando la ausencia del primer mandatario quien navegaba el litoral del sur limeño en uno de los buques de la escuadra, el ministro Rodríguez, secundado por el General EP en retiro Cirilo Ortega y una facción del Regimiento Guardia Republicana accedieron a palacio de gobierno. Una camarilla de miembros del partido aprista peruano había influido en el faccioso, que su liderazgo y virtud redentora salvarían al país. El ministro de guerra General Federico Hurtado notificó al insurrecto que deponga su actitud y este se negó. Lo que provino enseguida fue la decidida y ejemplar actitud del Mayor GCP Luis Rizo Patrón Lembcke jefe del Batallón de Asalto quien al mando de su unidad irrumpió la casa de gobierno, emplazando al ministro Rodríguez a que se dé por rendido; la negativa y el intento de extraer su arma personal por parte del levantado, fue el motivo para que Rizo Patrón disparase contra el ministro quien también fuera alcanzado, de manera simultánea, por una descarga hecha desde una de las torres del recinto por un oficial del Batallón Ametralladoras de Palacio de Gobierno perteneciente a la Guardia Civil, unidad que en ningún momento se plegó a la insurrección. Junto al general sedicioso, perdieron la vida en cumplimiento del deber, el alférez de la Guardia Civil Lucio Valladares López y el guardia civil de Asalto Serafín Salazar Céspedes. El mayor Rizo Patrón se hizo cargo y responsable de la circunstancia acontecida hasta el arribo del presidente Benavides quien impuso la presea de la Orden Militar de Ayacucho a la Bandera de Guerra del Batallón de Asalto por su acendrada actuación en el hecho de armas. El Estado de Derecho y la plena democracia estaba restablecida.

El compromiso institucional de la Guardia Civil con el resguardo de los gobiernos legal y legítimamente constituidos, tuvo una trascendente manifestación, con la debelación de la insurrección del 3 de octubre de 1948 liderada por los comandantes de la Armada -hoy Marina de Guerra del Perú- Enrique Águila Pardo y Juan Mosto y Mosto contra el gobierno del presidente José Luis Bustamante y Rivero. Aquella madrugada unos 400 hombres de marinería sitiaron el Castillo del Real Felipe del Callao donde acantonaban el batallón de infantería N°39 y una unidad del Cuerpo Aeronáutico del Perú, en tanto que el cuartel de la 27° comandancia de la Guardia Civil había sido rodeado por marineros alzados mezclados con civiles que vitoreaban vivas al partido aprista peruano. A las seis de la mañana el Coronel GCP Guillermo Rivera Ballón al mando de fuerzas del Batallón de Asalto tomaron emplazamientos a inmediaciones del Arsenal Naval y comisiona a los alféreces Félix Carrera y Armando Martínez para parlamentar con el jefe de los insurrectos. Ambos oficiales son hechos prisioneros e intimidados con ser pasados por las armas. El coronel Rivera ordena el asalto inmediato de sus tropas a la base de marina, acción apoyada por cuatro blindados pertenecientes al batallón de tanques a cargo del mayor EP Alejandro Sierralta Morote quienes abren varios boquetes con disparos de cañón que permitieron la incursión de la compañía del capitán Humberto Ampuero, en tanto que la compañía del capitán Humberto Quiñones lo hizo por escalamiento a inmediaciones de la avenida contralmirante Mora. La resistencia de los alzados fue feroz dado a que contaban con armas pesadas y el apoyo de dos unidades navales surtas en bahía. A las 16.00 horas, el coronel Rivera daba cuenta que se había sometido a los sublevados, tomado el control las instalaciones militares y que en la acción había caído el guardia civil de asalto Guy Gavancho Lacome, mientras que por el lado contrario las bajas se contaban por decenas. La Bandera de Guerra de la 22 Comandancia Batallón de Asalto fue condecorada con la Orden Militar de Ayacucho por acción de armas y por tercera ocasión.

Regimiento de Caballería de la Guardia Civil en desfile.
Ceremonia de Jura a la Bandera, 1937.

 

 

 


Oficial de la 24 Comandancia de la Guardia Civil de Caballería,
herido durante graves disturbios en la ciudad capital durante
los años 1950’s.

 

 

 

 

La Guardia Civil en la defensa del suelo patrio.

Sin duda un aspecto influyente y sustancial en la formación integral de los primeros cuadros de oficiales y tropa de la Guardia Civil del Perú, fue la preparación militar. El sincretismo policial y castrense fijado por la misión española enfiló, como ya quedó dicho, a constituir elementos con suficiente dominio del arte militar para conducirse en un teatro de operaciones, sea en tareas de prebostazgo o como auténticos combatientes frente al enemigo; sus efectivos, movilizados en unidades orgánicas y repartos especiales como Regimientos y Comandancias facilitaron tal despliegue. La instrucción militar del guardia civil en sus primeros años, versaba sobre la Escuela del Soldado en orden cerrado y abierto, instrucción individual técnica y táctica del jinete y del fusilero, combate en las localidades, empleo de armas portátiles, acondicionamiento físico de campaña y nociones sobre el Derecho de Gentes.

Durante el conflicto armado con Colombia en 1933, el comando de operaciones encomendó a las fuerzas de la Guardia Civil acantonadas en el departamento de Loreto la cobertura de los puestos de Puerto Arturo, Cabo Pantoja y Güepi, con la misión de asegurar un servicio de etapas que permitieran el abastecimiento por vía fluvial de las guarniciones entre el eje Santa Elena-Puerto Arturo a cargo del Capitán GCP Julio Hurtado Vallejo y 80 guardias civiles. Especial mención merece la actuación de una sección de guardias que integrando el destacamento del ejército al mando del comandante Sevilla tomaron parte en el asalto al puesto colombiano de Calderón cercana a la desembocadura del rio Campuya; asimismo la exitosa misión llevada a cabo por otro grupo de guardias de trasladar un importante lote de minas anti embarcaciones hasta Puca Urco en la margen derecha del rio Putumayo, luego de ocho días de navegación en canoas a efectos de establecer un área defensiva fluvial contra la flotilla de la armada colombiana, lo que pudo cumplirse a cabalidad. Empero, sin duda alguna, un hecho conmovedor que se yergue como dechado de un cúmulo de fuerzas morales, fue el temple demostrado por la media sección de guardias civiles a cargo del puesto de resistencia de San Salvador, en pleno infierno verde del Putumayo, instalado poco después de iniciadas las hostilidades en marzo de 1933. Este destacamento permaneció estacionado hasta pasada la firma del armisticio ocurrido el 25 de mayo del mismo año, sobreviviendo en base a habilidades primitivas y recolectando los recursos de la adversa naturaleza, siendo relevados el 27 de setiembre de 1934. Fueron encontrados escuálidos, melenudos y desgreñados; medios vestidos a la usanza montaraz y descalzos, pero portando sus fornituras y premunidos de sus fusiles Mauser. Según relato del propio Mayor GCP José Zamalloa Farfán – a cargo del abastecimiento y recojo de personal de la zona de operaciones – admite que lloró al presenciar tan deplorable escena tanto como el denuedo y sacrificio de aquellos hombres por mantenerse fiel al cumplimiento del deber.

 

 

 

 

 

 

Vistas del Batallón de Asalto de la Guardia Civil a fines de 1930’S

 

 

 

 

 

La campaña militar de 1941 contra el Ecuador permitió a la Guardia Civil el momento trascendente para exhibir la casta guerrera de la que estaba forjada. Ya dos años antes los guardias Miguel Zanabria y José Roncal habían sido asesinados por fuerzas ecuatorianas sorprendidas incursionando en territorio patrio por el sector de Aguas Verdes. Unidades como el primer regimiento de infantería de seguridad, la 1°, 22° y 24° Comandancias de la Guardia Civil – cuyos efectivos sumaban 975 hombres – pasaron a conformar el Agrupamiento Norte y distribuidos en la Primera y la Segunda Divisiones Ligeras como tropas de acompañamiento a los batallones de infantería y otras armas, por su gran versatilidad de maniobra, conocimiento del enemigo y pleno dominio del terreno; muy en especial las avanzadas de la primera comandancia de Tumbes, baquianas en dicha geografía y que ya habían tomado contacto con el enemigo días atrás. Tras el inicio de las hostilidades del vecino país, los primeros combates se suceden los días 5 y 6 de julio con el ataque a los puestos de Vigilancia de Frontera peruanos de Aguas Verdes, La Palma, El Porvenir, Lechugal, Quebrada Seca, Corral y Matapalo a cargo de la Guardia Civil y bajo órdenes del alférez GC Miguel Bocangel, los que logran contener el avance no obstante el fuego de cañones Breda modelo 35 de 20 mm ecuatorianos que derribaron los dos primeros cuartelillos nombrados. (MERINO ARANA, Rómulo, 1965, Historia Policial del Perú en la República, Departamento de Prensa y Publicaciones de la Guardia Civil, Lima.) Las grandes unidades de combate del Ejército del Perú concentradas en sus posiciones de frente y profundidad a lo largo del río Zarumilla, procedieron al despliegue de batalla e iniciaron el contrataque el 23 de julio. Entre ellos, el Batallón de Infantería N°1 a órdenes del teniente coronel EP Manuel Urteaga apoyado por la Compañía de Zapadores N°8 y una compañía de Guardia Civil toma la iniciativa y desarrolla un ataque por escalones para fijar al enemigo, entrando en combate el mismo día el teniente GC Fermín Delgado y su sección en Quebrada y Casa Montalván y el alférez Saturnino Niño de Guzmán en Casitas, donde valerosamente rinde la vida el guardia Alberto Leveau. La sección de fusileros del alférez Ricardo González efectúa lo propio en el Caucho, conquistando las posiciones invasoras ecuatorianas y causando bajas al enemigo y su consecuente desbande. El alférez Bocangel nuevamente traba cruento combate en Huaquillas apoyado por él pelotón del alférez Moisés Gallardo; caen en la acción los guardias civiles Justo Ísmodes, Neptalí Valderrama y Leoncio Martel cuando atravesaban él río Zarumilla en pos de acallar las bocas de fuego enemigas. La sección Niño de Guzmán apoyada por un grupo de zapadores conquista los puestos ecuatorianos de La Bomba y Carabana, el primero de ellos, incluso, por asalto a la bayoneta. Mención especial merece la defensa del puesto peruano El Huásimo integrado por 25 guardias al mando del teniente GC Carlos León ante el golpe de mano del Batallón ecuatoriano “Carabineros de Machala” quienes al ser contratacados huyeron hacia El Progreso. (ZANABRIA ZAMUDIO, Rómulo, 1996, La Campaña de 1941 Perú – Ecuador, editora Amarilis, Lima).

Restos del guardia Alberto Leveau caído en el combate de Casitas.
Uno de la veintena de miembros de la Guardia Civil que entregaron
la vida en la campaña contra el Ecuador en 1941.

 

 

 

Pero sin duda alguna, quien adquiere relieve épico en esta conflagración fue el teniente GC Alipio Ponce Vásquez, integrante del destacamento del mayor EP Miguel Montoya Guerrero quien el mismo día 23 de julio tiene destacada participación al mando de su sección en el ataque al puesto ecuatoriano de Quebrada Seca en el que, por más de 12 horas de refriega, capturó tropa enemiga, arrebatando bandera, armas y pertrechos del contrario. El día 24 apoya la acción en Refugio de Peregrinos para luego el 25 vencer heroicamente en Carcabón tras una temeraria ofensiva nocturna y cuando el comando militar había contraordenado dicha operación debido a su extremo riesgo. El siguiente día 26 el teniente Ponce es misionado para someter la posición de Guabillos secundado por tropa de ingeniería, dos carros blindados y una sección de morteros de 80 mm, la que fue rápidamente ocupada en base a una brillante maniobra por líneas exteriores adoptada por Ponce, obteniéndose ingente cantidad de armamento, munición y dos banderas ecuatorianas. El fatídico 11 de setiembre de 1941 a las 13.30 horas, cuando el teniente Alipio Ponce integraba un escuadrón de reconocimiento – compuesto por soldados y guardias civiles- a órdenes del capitán EP Alfredo Novoa Cava y se desplazaban por la quebrada de Porotillo, fueron vilmente emboscados y masacrados por tropas ecuatorianas, no obstante, el cese de fuegos aceptado por ambos beligerantes el 31 de julio de 1941. Tres oficiales, incluido Ponce, y 25 efectivos de tropa peruanos fueron repasados por el enemigo excepto, el guardia civil Luis Zumarán Carpio que fue acribillado cuando arrojaba armamento peruano y cofres de munición al río Jubones y herido fue a morir arrastrado por sus aguas. (MONTEZA TAFUR Miguel, 1976, El Conflicto Militar del Perú con el Ecuador 1941, editorial Universo, Lima).

Alipio Ponce destacó por ser un gran organizador y estratega en el combate. No por algo, los mandos militares en el teatro de operaciones -aún a costa de celos y su repulsa por la Guardia Civil- le confiaron el mando de pequeñas y medianas unidades de las distintas armas del ejército en la propia línea de fuego. Alipio Ponce no fue un simple corajudo, un mero impávido de una sola jornada; el brilló en una decena de contiendas frente al enemigo y no cesó hasta enfrentar a la muerte misma. Entendía que vencer sin peligro era triunfar sin gloria. Hubieron de pasar décadas para evocar y meritar sus acciones como soldado. El Teniente GCP Alipio Ponce Vásquez fue ascendido póstumamente a la jerarquía de Capitán, declarado Héroe Nacional del Perú por ley del Congreso de la República y reconocido como Patrono de la Benemérita Guardia Civil del Perú; no obstante, pendiente está su inscripción y nombramiento explícito en los altares de la patria que honran a los vencedores de la campaña militar de 1941. En esta conflagración y por su denodada actuación en el propio campo de batalla, el Batallón de Asalto de la Guardia Civil fue citado en las proclamas oficiales de felicitaciones y premiada su bandera de guerra por vez segunda.

Guardias civiles en práctica con la ametralladora Hotchkiss M1914 de dotación para el cuerpo.

 

 

 

 

 

La “Operación Huaraz»

Considerada la operación aerotransportada con misión de socorro humanitario más importante de toda América, la 48 Comandancia de la Guardia Civil “Los Sinchis” de Mazamari efectuó un lanzamiento de 100 paracaidistas sobre las localidades de Huaraz y Anta, luego que toda la vasta zona del callejón de Huaylas en el departamento de Ancash, fuera diezmada por un terremoto de magnitud 8 grados, el 31 de mayo de 1970. Ante la obstrucción total de las vías terrestres y consecuente aislamiento de toda la región amagada, la expeditiva opción era colocar un contingente de auxilio por la vía aérea. El 1 de junio, cuando un equipo avanzado de orientadores del Ejército luego de una malograda misión en Huaraz, revelara lo fatídico de un lanzamiento aéreo debido a lo abrupto del terreno, dio lugar a que el día subsiguiente, el propio supremo gobierno ordenara el movimiento de la unidad aeroterrestre de la Guardia Civil, alcanzando llegar a las zonas designadas sin una sola baja ni novedad alguna que lamentar. Los Sinchis prodigaron asistencia sanitaria y alimentaria, organizaron la faena comunitaria para rehabilitar los servicios esenciales y poner en uso el aeródromo de Anta donde horas más tarde comenzaron a aterrizar aeronaves con ayuda nacional e internacional.

Sinchis de la 48 Comandancia de la Guardia Civil, equipándose
para efectuar sus saltos en Ancash luego de ocurrido el terremoto
de 1970.

 

 

 

 

 

Sinchis en Huaraz.

 

 

 

 

 

El motín de Radio Patrulla y el fatídico 5 de febrero de 1975.

El Gobierno Revolucionario de la Fuerza Armada del General de División EP Juan Velasco Alvarado (1968 – 1975), no vio con buenos ojos a la Guardia Civil. La influencia trastocada y el poder del prejuicio enquistado en la clase militar, subsistía. Como por acto reflejo el ánimo opresivo y hostil se hacían manifiestos en agravio de la institución. Con la dación del decreto ley 18069 Ley Orgánica de la Guardia Civil de 1969, el gobierno militar suprimió el Estado Mayor General del cuerpo, la desposeyó de ser la titular del mantenimiento del Orden Público para transferir dicha función al Ejército, la proscribió de atender la investigación de los delitos y despojó del título de cadetes por la denominación de alumnos a los educandos de la Escuela de Oficiales, recortando a tres años la duración de sus estudios para rebajar su categoría, de universitaria a técnica.

Era el primer día de enero de 1975, el primer mandatario cumpliría con un programa de rutina aquella mañana, pero no deseaba alternar con la prensa a su salida de palacio de gobierno. La guardia presidencial perteneciente a la 22 Comandancia de Asalto fue alertada de tal situación, empero, un par de reporteros vencieron la línea de contención y el hecho contrarió a Velasco. En un confuso incidente, terció el jefe de la casa militar de gobierno General de Brigada EP Enrique Ibáñez Burga quien públicamente propinó una sófera bofetada seguida de gruesos vituperios al guardia civil de Asalto Mendoza Tipe. El custodio se recogió a su cuartel dando cuenta del hecho, lo que generó la férvida reacción de la tropa que, en principio, se negó a salir al servicio bajo amenaza de ir al motín si la autoridad militar no ofrecía públicas disculpas al ofendido y al Batallón de Asalto, dispensas que nunca se dieron. El clima de desazón continuó latente y a la afrenta causada a la dignidad de un miembro del cuerpo y a la respetabilidad de la unidad, se sumó, la falta de normas que garantizaran la seguridad jurídica de los guardias civiles en el cumplimiento del deber, las exiguas remuneraciones vigentes a la fecha y por supuesto, la libertad del guardia Mendoza que se encontraba bajo arresto. En la madrugada del 5 de febrero, personal subalterno de las unidades acuarteladas de la guarnición de Lima liderados por el Sargento Segundo GCP Julio Cortegana Ludeña, se concentraron en el cuartel de la 29 Comandancia “Radio Patrulla”, medida a la que se plegaron las unidades de Control de Tránsito, Servicios Especiales y agentes de las Comisarías de la capital. Lima quedó sin resguardo policial y el gobierno hubo de decretar el Estado de Emergencia y ordenar al Ejército hacerse cargo del mantenimiento del orden público. El desborde popular no se hizo esperar. Tanto grupos protestantes como saqueadores provocaron graves atentados en distintos puntos de la ciudad. Patrullas del Ejército hubieron de actuar resueltamente con un centenar de vidas humanas a cuestas. Las instalaciones de Radio Patrulla fueron colmadas por un millar de guardias civiles sin armas y la intervención del Ejército se materializó desmedidamente irrumpiendo el recinto con unidades blindadas y fuego de metralla a discreción. Nunca se conoció el número exacto de bajas entre los insurrectos. El encubrimiento de los hechos, el ocultamiento de las pruebas, la amenaza o en casos la avenencia con los familiares de las víctimas, impidieron a ciencia cierta conocer la magnitud del costo humano de aquella jornada. Cabe destacar el hecho que, aun cuando el pronunciamiento implicara caracteres antijurídicos, debe advertirse una motivación auténticamente institucionalista y de repudio al sometimiento. El suceso acarreó tal conmoción social y política que marcó el principio del fin del régimen. Cinco meses más tarde, Velasco fue depuesto.

Vistas del centro de la capital durante los
desórdenes ocurridos el 5 de febrero de 1975.

 

 

Tanques T-55 rodean el Cuartel de la 29 Comandancia de Radio Patrulla el 5 de febrero de 1975.

 

 

 

 

La infestación política y el preludio del descalabro institucional.

En las postrimerías de los años setentas e inicios de los ochentas, aflora una tendencia de rechazo al orden militar dentro de la Guardia Civil expresada por un sector de la propia oficialidad y propugnada por los altos mandos de la época. Se iniciaba una conversión de mentalidad y criterios conducentes a desarrollar un sentimiento anti castrense y por oposición, a crear un arraigo civilista bajo lo que podría llamarse la “policialización” del instituto. Los comandos, abonando a la implementación de tal arquetipo no dudaron en aplicar el cambio de las denominaciones en diversas unidades especializadas del cuerpo anteponiendo el sustantivo Policía: Policía de Tránsito de la GC, Policía de Menores de la GC, Policía de Turismo de la GC, Policía Forestal de la GC etc. Se excluyeron del currículo académico de la Escuela de Oficiales, los cursos de Táctica General, Topografía Militar, Historia Militar, Higiene Militar y Cortesía Militar, implantándose patéticos términos como Cortesía Policial, Porte Policial y otros tantos que desechaban el término castrense de origen.  Había que copiar el modelo “norteamericano” laxo y nada protocolario, pero con la eficacia que atestiguaba la cinematografía; además, se imponía ser tanto o más policía que la competencia de la época, la Policía de Investigaciones del Perú (PIP), cuyos integrantes vituperaban que la rémora histórica del progreso institucional de nuestra policía era su ancestro y lacra militar. Se contemporizó tal despropósito, optando también por reblandecer el régimen disciplinario e ir abandonando progresivamente los ceremoniales y protocolos fundacionales y auténticamente militares. Era poco menos que una brutalidad mantener a la institución policial bajo un régimen y organización militar. Los políticos -con descarado entusiasmo- se esmeraron por coadyuvar a esa orientación de restarle el arraigo militar a la Guardia Civil; era inconsecuente su organización vertical, mística y férrea disciplina con sus propósitos de mangonear la institución bajo conjeturas conspirativas y de renegridas intenciones. Restar el carácter militar a la Guardia Civil iba mellando su identidad y disciplina y gradualmente al ineludible camino hacia el fárrago estructural y moral, de hecho, al sometimiento político en su faceta más abyecta, la del servilismo arribista.

Escolta de Cadetes de la Escuela de Oficiales de la Guardia Civil, 1968.

 

 

 

 

 

 

En estas circunstancias institucionales, la Guardia Civil afronta la acometida del Partido Aprista Peruano ganador de las elecciones de 1985, agrupación política de izquierda democrática tradicionalmente adversa a la institución castrense y expresamente a la Guardia Civil a quien señalaba como su contumaz perseguidora y le atribuía haber pasado por las armas a cientos de sus partidarios luego de la fallida sublevación armada de Trujillo en 1932.  El ajuste o el desquite histórico estaba puesto en bandeja de plata; había que ajusticiarla so pretexto de una “unificación policial”. El descabellado prejuicio podía más que el grave daño del futuro y el delirio de la invulnerabilidad que da el poder. Así se selló su ruina a desprecio de su martirologio y del afecto consolidado en el corazón de los peruanos de bien.

El empeño reformista del gobierno aprista contra la Guardia Civil fue expansivo, aniquilador y transformador. Se ensayaron justificaciones francamente disímiles y extravagantes como aquella que la unificación de las fuerzas policiales propendía a un mejor manejo presupuestario, la supresión de interferencias funcionales y el fin de los altercados entre sus miembros por celos y supuestas preminencias institucionales. Nada más remoto si acaso las funciones de cada instituto estaban perfectamente delimitadas por la ley y bastaba la tajante decisión gubernativa para que esta se cumpla a rajatabla. Absurdo simplismo intelectual y técnico.  No se tomaron en cuenta los proyectos de desarrollo, las identidades, las lógicas, los intereses, los valores, los sentimientos de los actores institucionales de cada fuerza policial. Tampoco la regla que las organizaciones se fusionan cuando factores como la complementariedad y la conveniencia funcional y económica así lo ameriten. La Guardia Civil debió ser, en todo caso, la organización absorbente de las otras.  La Ley 24294 de agosto de 1985 que declaraba en reorganización a las fuerzas policiales del Perú se trató de una norma conspirativa contra la Guardia Civil. Se daba inicio a una falaz unificación policial con las otras dos entidades, la Guardia Republicana y la Policía de Investigaciones, proceso que, como ya se dijo arriba, fue reñido a la más elemental sensatez y primaria noción de organización, toda vez que la Guardia Civil contaba con más del doble de efectivos que el de las otras fuerzas juntas, mayor ámbito y diversidad funcional en materia de seguridad pública y aportaba a la fusión, cerca del cien por ciento de la infraestructura utilizable para fines operacionales, de instrucción y de vivienda. Para tener una idea clara, solo las 65 hectáreas que comprendía la extensión geográfica de la base estratégica de la, entonces 48° Comandancia de la Guardia Civil Los Sinchis de Mazamari, hubiera contenido al íntegro de cuarteles y locales de la GRP y de la PIP. En base a la misma norma se dispuso asimismo,  la baja incausada de cientos de oficiales, varios de ellos espadas de honor de sus promociones o con relevantes dotes de liderazgo, y a su vez la incorporación de cerca de 3,000 civiles -con escazas semanas de preparación-  como una nómina de especialistas de servicios,  afiliados al partido aprista, introduciendo al instituto, personal anodino, asalariado, no solo por clientelismo político sino para crear y extender una red inficionada al interior de la organización que causó grave daño en el quehacer funcional, tanto peor, socavando la disciplina en el cuerpo.

Este fue el acto supremo en que los políticos reinantes se relamieron al corromper a la Guardia Civil con criminal técnica, en dividirla, en resquebrajarla, en lacerarla en sus fibras más sensibles, en suprimir sus ideales, en reducirla y en adelante, supeditarla a comandos inefables y advenedizos a despecho de sus cuadros profesionales naturales, espiritualmente sanos, abnegados, sufridos hasta una resignación insospechada. En esta infeliz oportunidad fueron traicionados por las cabezas que no mostraron reacción contra la perniciosa creencia que cuanto abuso o capricho venido de los políticos, debe soportarse a pie juntillas, sin siquiera, asumir posturas críticas sobre las actuaciones o decisiones del oficialismo, por el contrario, negando o minimizando la existencia de una conjura urdida en base a la humillación, el desprecio y desmereciendo además la capacidad y bien ganada reputación institucional.

De seguro que, en ningún momento de la historia del aprismo, el corazón de sus dirigentes estuvo tan viciado y envilecido que cuando ejecutaron el plan aniquilador de la benemérita. Salvo los señores directores generales Juan Valdivia Fuentes, Raúl Pareja Gutiérrez y Carlos Barreto Bretoneche que tuvieron definida postura institucional, los subsecuentes mandos de fuerza descendieron a lo más bajo de la indiferencia y la complicidad, a la muerte moral y al entreguismo degradado por caer aún más todavía. Abdicaron a sus convicciones morales y de prematura vocación tanto como transgredieron su juramento de preservar el honor y la intangibilidad del cuerpo; ignorando que la entereza y la valentía son los últimos recursos antes del fin. Hablar con denuedo y honestidad, les resultó difícil y la cobardía pudo ir más allá de la sensibilidad y la conciencia. Promesas rotas u olvidadas como las mil y una veces que, embusteramente, entonaron la primera estrofa del himno de la Guardia Civil del Perú “De la madre España la noble, benemérita institución, seguiremos sus vivos ejemplos, mantendremos su heroico blasón. Lo que se vino fue una andanada de descarríos de poder. Avasallar a los mandos de la institución fue la ordenanza del día a través de ministros del Interior que fungían de supra directores generales y viceministros que lo hacían de comandantes de fuerza, desposeyendo de facultades a sus jefes natos para disponer del mando directo de personal y su empleo en exclusivas actuaciones para efectismo político del gobierno, como si la noción autónoma del poder de policía y la inmutabilidad del mando militar fueran comerciables o adjudicables por ventura política. La ardiente luz y erudición del mandatario de marras se obnubiló en un designio de aversión y venganza, quien no cesó hasta certificar su desaparición. Abastardar a la Guardia Civil no podía tener otro corolario que su extinción.

El odio, sentimiento muy complejo, y los intereses egoístas por cuyos conductos se escurrió la demoledora desaparición de la Guardia Civil puede tener explicación, porque hasta la democracia ha sido degradada por los políticos. Lo injustificable fueron los cobardes y traidores a quienes el destino les confirió el señorío de poder dirigir a una institución heroica en trances difíciles y se rindieron ante la conveniencia, la prebenda y la vileza. Los valores y criterios con que se juzgue el pasado tendrán que surgir de la forma en que se perpetró el atentado contra un instituto entregado al servicio de la nación y cuya imperfección fue no rendirse ante la arbitrariedad ni inclinarse ante el poder de turno. La Guardia Civil no fue concebida para convivir con la vergüenza ni el deshonor.  A partir del recuerdo se encenderá el motor de una remembranza capaz de provocar introspección o remordimiento en los actores de esta penosa tragedia y que aún nos acompañan. El silencio no solo marca lo oculto sino también la aquiescencia con la triste verdad histórica y a partir de ello, podremos tomar sentido, que, si bien no se puede retroceder en el tiempo, si podemos tomar conocimiento de los acontecimientos y de la grandeza de una institución que espera resurgir.

(https://www.congreso.gob.pe/Docs/participacion/museo/congreso/files/mensajes/1921-1940/files/mensaje-1928.pdf)

César Augusto Vargas Vargas
Teniente Coronel GCP ®
ABOGADO