
A los periodistas españoles la revolución de Asturias nos sorprendió sin una buena preparación técnica para narrar revoluciones. Acostumbrados al pequeño suceso cotidiano, al relato del crimen «llamado vulgar», al detalle minncioso de un asesinato en el que siempre el criminal cometía una torpeza por la que era descubierto, los reporteros salíamos airosos de nuestra misión informativa.
Pero he aquí que el panorama nacional se tiñe de rojo. Unos miles de hombres salen de los pozos de carlión de la cuenca asturiana y vuelcan sobre la famosa ciudad de Oviedo su odio, hecho de literatura bolchevique y de oratoria marxista. Durante unos días los enemigos de la propiedad se hacen dueños de todo lo que encuentran a su paso, cambiando el plomo de sus balas por billetes del Banco. Arden los grandes edificios de Oviedo, algunas calles quedan convertidas en cascotes, y los muertos y heridos se cuentan por millares. El periodista no especializado en hecatombes siente flaquear su poder narrativo, y no sólo queda aturdido del ímpetu destructor de los revolucionarios, sino que exige del lector que se asombre, no de los hechos acaecidos, sino de quien los narra.
Y frente a los par dones derruidos y chamuscados, y los montones de cadáveres, el reportero, víctima del vértigo retórico, escribe sus crónicas «revolucionarias», en las que para informar a sus lectores concluye con el tópico de que «todo es pálido ante la realidad».
Y es que nuestro poder de descripción—fuerte y emotivo al tratarse de un crimen corriente— queda cortado y alicaído cuando surge el crimen colectivo.
EL ATAQUE DE LOS REVOLUCIONARIOS A LA COMANDANCIA.
HEROICA DEFENSA DE LOS CARABINEROS
En la tolvanera levantada por el montón de noticias, reportajes e informaciones publicadas acerca del movimiento revolucionario de Asturias quedó inédito para muchos ciudadanos españoles el comportamiento de las fuerzas de Carabineros que en los días de la sedición, cuando todas las fuerzas del Estado daban pruebas gallardas de su valor y disciplina, ellos honraban su uniforme luchando contra la rebeldía desbocada con un tesón y un entusiasmo admirables. Este pequeño sector del Cuerpo de Carabineros, que tan bravamente ha luchado en la revolución asturiana, ha aportado al número de los que han caído víctimas del cumplimiento de su deber, unos cuantos nombres de jefes, oficiales y soldados, que han hecho cara a la muerte con una imperturbable serenidad y en tereza.
En la noche del 6 del pasado Octubre, el comandante de Carabinsros don Norberto Muñoz Ortiz se marchó a la casa de huéspedes donde estaba de pupilo a descansar de las faenas del día, sin sospechar que la barbarie revolucionaria iba a hacer víctima de su furia a la ciudad de Oviedo.
A eso de las dos y media de la madrugada un fuerte tiroteo despertó al comandante Muñoz. Saltó rápido de la cama y se asomó al mirador. Abajo, en la calle, había pelotones de revolucionarios que disparaban sus fusiles y gritaban enardecidos. El señor Muñoz Ortiz pretendió salir de la casa para incorporarse a la fuerza que estaba acuartelada en la Comandancia. Tuvo que desistir momentáneamente de su propósito ante la imposibilidad de cruzar las calles, donde los sediciosos lanzaban bombas de mano y hacían continuamente fuego de fusilería. Cuando pasadas unas horas – a las ocho de la mañana— vio que el fuego había disminuido, se lanzó a la calle, con grave riesgo de su vida, y llegó a la Comandancia, donde se unió a sus compañeros. Los revolucionarios no cesaban de bombardear la casa cuartel, donde los valientes carabineros los tenían a raya, haciendo un fuego eficaz que hizo en el enemigo muchas bajas.
El grupo revolucionario que combatía a los carabineros había elegido como lugar estratégico el ángulo que forman las calles de la Magdalena y de Campomanes.
El día 7 de Octubre redoblaron los sediciosos su ataque al cuartel. Los grupos son cada vez más numerosos. Unos miles de revolucionarios se apiñan, atacan y tratan de asaltar la casa, donde un núcleo escaso de carabineros los hace retroceder con descargas cerradas. La lucha adquiere una inusitada violencia. El oleaje humano, compacto y arrollador, llega a pocos metros de la puerta. Los más audaces se aproximan, arrastrándose para hurtar el cuerpo a la puntería de los heroicos defensores del cuartel. Estos castigan la osadía de los sediciosos dejando la calle llena de heridos y de muertos Los rebeldes han tenido doce muertos y cuarenta y nueve heridos
«SONÓ UNA DESCARGA, Y LOS DOS HOMBRES CAYERON AL SUELO PARA NO LEVANTARSE MÁS»
La falta de municiones hace más trágica la situación de los carabineros. Tienen que espaciar los disparos para economizar proyectiles. El cerco es cada vez más angustioso. La multitud revolucionaria vencerá por el número, pero no por el valor. Jefes y soldados hacen prodigios heroicos. No hay municiones, y abajo los revolucionarios se preparan a caer sobre aquel puñado de hombres con un golpe arrollador y definitivo.
Se lanzan los rebeldes al asalto del cuartel. Caen muchos heridos, pero el bloque arrolla a los valientes carabineros. Les quitan las armas, calientes aún por los disparos, y los sacan a la calle, llevándolos en hilera hasta el comienzo de la de Campomanes. Allí unos cuantos malvados sacan de la fila al comandante don Miguel Cátala Clemente y le dicen:
—Avanza unos pasos.
Lo hace así el comandante, y entonces el que hacía de cabecilla de los revolucionarios le disparó un tiro. El señor Cátala no cayó, entonces un grupo se echó los fusiles a la cara y lo acribilló a balazos.
Los carabineros presos fueron llevados a Mieres, y al teniente coronel don Andrés Luengo Varea y al comandante don Norberto Muñoz los condujeron al pueblo de Turón, donde fueron fusilados en la madrugada del día 9 de Octubre.
Estos dos jefes dieron pruebas de un valor extraordinario en el momento de ser colocados frente al pelotón de revolucionarios que los iba a ejecutar. Al quitarle al señor Muñoz su correaje uno de los sediciosos y ver el comandante que el que lo había despojado no sabía ponérselo, le dijo amablemente: «Voy a tener el gusto de enseñarle cómo se coloca el correaje.» Y se lo puso en el acto. Después, separados unos metros de sus asesinos, el teniente coronel y el comandante se abrazaron, gritando: «¡Viva España!» y volviéndose al pelotón ejecutor rígidos y cuadrados, con las manos en posición de saludo, les dijeron: «¡Ya pueden tirar!» Sonó una descarga, y los dos hombres cayeron al suelo para no levantarse más. La tierra recogía, misericordiosa, los cuerpos exánimes de aquellos dos héroes.
