“In memoriam”
Otra vez la tragedia. Otra vez la Guardia Civil enterrando a los suyos. Otra vez el dolor golpeando a unas familias destrozadas y a un Cuerpo que lleva años sosteniendo prácticamente en solitario una guerra que muchos despachos parece no querer ver. La muerte de dos guardias civiles y dos heridos de distinta consideración frente a las costas de Huelva, mientras perseguían a una narcolancha, no es un accidente aislado: es la consecuencia directa de haber permitido que el narcotráfico se fortalezca hasta desafiar abiertamente al Estado en las costas andaluzas.
Cada vez resulta más evidente que el narcotráfico no solo mueve droga: mueve dinero, violencia, miedo y sensación de impunidad. Y cuando un Estado transmite debilidad, el delincuente avanza. Eso es exactamente lo que está ocurriendo en Andalucía. Las narcolanchas ya no huyen; desafían, embisten y actúan como si las aguas del sur de España les pertenecieran. Porque saben que enfrente hay guardias civiles exhaustos, insuficientes en medios y muchas veces abandonados políticamente.
Lo sucedido frente a las costas de Huelva debería provocar una reacción inmediata y contundente del Estado. Porque cuando mueren guardias civiles en acto de servicio no puede limitarse todo a minutos de silencio, medallas y discursos institucionales. La verdadera dignidad hacia los fallecidos consiste en evitar que vuelva a repetirse. Y eso exige decisiones políticas valientes.
España ya vivió algo parecido con ETA. Hubo momentos en que parecía que el Estado iba perdiendo la batalla. ETA asesinaba, intimidaba y pretendía doblegar a la nación mediante el terror. Sin embargo, la balanza terminó inclinándose del lado del Estado gracias, sobre todo, al trabajo de la Guardia Civil sobre el terreno y a una inteligencia policial y operativa constante, silenciosa y eficaz. Fueron los guardias civiles quienes infiltraron, investigaron, siguieron pistas, soportaron amenazas y pagaron con su sangre el precio de aquella victoria. La derrota de ETA no fue fruto de la casualidad ni de los discursos: fue fruto del sacrificio de quienes combatieron sin descanso.
Con el narcotráfico se llevaba exactamente el mismo camino mientras existió OCON-SUR. Aquella unidad especializada consiguió algo que hoy parece haberse olvidado: acorralar a las organizaciones criminales, romper sus estructuras y demostrarles que el Estado podía imponerse. El narcotráfico comenzó entonces a sentirse perseguido de verdad. Había coordinación, inteligencia, presión operativa y una estrategia clara.
Pero la suspensión de OCON-SUR fue interpretada por los narcotraficantes como una señal de debilidad. Y el resultado está hoy a la vista de todos: las costas andaluzas vuelven a estar tomadas por las narcolanchas, los clanes actúan cada con mayor violencia y la sensación de impunidad crece día a día. El mensaje que se ha transmitido es devastador: el Estado retrocede y el narcotráfico avanza.
Mientras tanto, quienes están en primera línea siguen siendo los guardias civiles. Ellos son quienes salen al mar, quienes persiguen embarcaciones cargadas de droga, quienes se enfrentan a delincuentes que manejan cantidades inmensas de dinero y que no dudan en matar si es necesario. Y, aun así, siguen cumpliendo con su deber, muchas veces con medios insuficientes y con la amarga sensación de que desde algunos ámbitos políticos no se comprende la gravedad real de lo que está ocurriendo.
Y pese a ello, nadie protege verdaderamente a la Guardia Civil. Resulta estremecedor comprobar cómo el Cuerpo acumula décadas de sacrificio y sangre derramada hasta convertirse, en el cuerpo policial con más fallecidos en acto de servicio del mundo. Ninguna otra institución policial puede compararse al historial de muertos, atentados, emboscadas y servicios de altísimo riesgo asumidos por la Guardia Civil a lo largo de su historia. Desde el terrorismo de ETA, bandoleros, maquis, narcotráfico, pasando por rescates, tráfico, montaña, mar o seguridad ciudadana, la Guardia Civil siempre ha estado donde el peligro era mayor.
Y, sin embargo, el Estado sigue negándose a reconocer plenamente a la Guardia Civil como profesión de riesgo. La lista de fallecidos continúa creciendo mientras los gobiernos miran hacia otro lado. Eso no es solo una injusticia: es una indignidad política y moral. Porque hay que tener muy poca vergüenza para negar ese reconocimiento a quienes arriesgan su vida cada día defendiendo la seguridad de todos los españoles.
No se puede exigir heroísmo permanente, mientras se regatean derechos básicos, a quienes sostienen el peso más duro del Estado. No se puede llenar discursos de elogios hacia la Guardia Civil mientras después se les abandona en las decisiones verdaderamente importantes. El reconocimiento de profesión de riesgo no es un privilegio: es una obligación moral hacia quienes viven expuestos a una peligrosidad constante que demasiados políticos solo conocen desde la comodidad de un despacho.
La memoria de los guardias civiles fallecidos y heridos frente a las costas de Huelva exige algo más que homenajes. Exige recuperar inmediatamente una estructura similar a OCON-SUR, reforzar las unidades marítimas, dotar de más medios humanos y materiales a la Guardia Civil y devolver a los narcotraficantes el miedo que nunca debieron perder. Porque cuando el delincuente pierde el miedo al Estado, quien termina pagando las consecuencias son los servidores públicos y sus familias.
No puede normalizarse que en España mueran guardias civiles mientras el narcotráfico gana terreno. No puede aceptarse que las narcolanchas actúan con una sensación de superioridad cada vez mayor. Y no puede tolerarse que quienes arriesgan su vida cada día sigan sintiéndose solos.
La Guardia Civil ya demostró frente a ETA que, cuando el Estado la respalda de verdad, es capaz de derrotar incluso a las amenazas más peligrosas. Hoy Andalucía necesita esa misma determinación. Porque cada metro de costa que se cede al narcotráfico es una derrota del Estado de derecho. Y porque la sangre derramada de esos guardias civiles en el mar de Huelva merece justicia, memoria y una respuesta firme. No mañana. Ahora
DEP y pronta recuperación de los heridos.
José Luis Borrero González.

