
Desde Benemérita al día, hoy queremos traer a la atención de nuestros lectores un tema que por su actualidad está causando una gran alarma social entre las mujeres, pero también en los hombres de bien que somos: padres, abuelos, hijos, familiares o amigos. Es el tema de los pinchazos a mujeres en discotecas, fiestas patronales o conciertos multitudinarios.
En las últimas semanas han continuado las denuncias de mujeres por pinchazos en su cuerpo. No se descarta que algunos agresores estén practicando y perfeccionando la técnica del pinchazo para efectuar agresiones sexuales mediante sumisión química.
Del total de denuncias, alrededor de una veintena las está analizando la Guardia Civil, según ha explicado María Luis Calcerrada, comandante jefa de Delitos contra las Personas de la Unidad Técnica de Policía Judicial (UTPJ) del instituto armado, no se ha detectado que se haya inoculado alguna sustancia química, salvo en tres de ellos muy recientes, pero falta por determinar si intervino un tercero o fue un consumo voluntario.
El modus operandi es siempre el mismo, como ya ocurrió en Gran Bretaña (donde tuvo su origen este tipo de agresiones) y en Francia, son los lugares de ocio y de aglomeración de jóvenes, como festivales de música, discotecas o fiestas patronales, los elegidos por estos «pinchadores», provistos de jeringuillas, de meros alfileres o cualquier otro instrumento punzante.
En el caso de los pinchazos, tampoco está muy claro qué es lo que se inyecta, si es que se inyecta algo. Aunque varias de las víctimas aseguraron sufrir mareos, vómitos, somnolencia, malestar general y en algunos casos pérdida de consciencia, en ninguna de las muestras analizadas se han podido encontrar restos de ninguna sustancia estupefaciente. Sí quedaban restos de alcohol.
Desde el punto de visto técnico, para inyectar cualquier sustancia que pudiera ser causante de sumisión química con fines sexuales, se requeriría una cierta praxis que fuera más allá de un simple pinchazo en mitad de la bulla de la discoteca. Deben emplearse jeringuillas con un cierto grosor y algo de tiempo para inocularlas. No es tan fácil hacerlo con un sencillo picotazo en un brazo. Por ello, hay quien tiene la teoría de que con estos pinchazos sólo se busca molestar, o alarmar, más allá de un propósito sexual. Fuentes policiales consultadas no descarta que se trate de una moda o reto viral difundido a través de las redes sociales, como ya ocurrió el año pasado en otros países europeos, como el Reino Unido, Francia o Bélgica.
Posiblemente muchos de los agresores sean conscientes del rechazo social de sus acciones, pero tengan aceptación por parte de su entorno más cercano, en concreto de parte de sus grupos de iguales que es un agente de socialización fundamental. Esto sería socialmente significativo y relevante, así como como uno de los principales mecanismos sociológicos que explican el efecto de imitación de cualquier tipo de violencias contra las mujeres.
También sería posible que parte de estos pinchazos podrían ser algún tipo de «prueba» o «mérito» para la admisión o pertenencia a determinados grupos. Pero no se puede descartar, aun siendo una parte reducida del total, que algunos agresores estén practicando y perfeccionando la técnica del pinchazo para efectuar agresiones sexuales mediante sumisión química.
Si realmente el objetivo de estos pinchazos era la sumisión química con fines sexuales, lo cierto es que en ninguno del más de medio centenar de ataques denunciados en toda España (sobre todo se han registrado en Cataluña, el País Vasco, Ibiza, Pamplona durante los Sanfermines y en Andalucía) los agresores han conseguido sus propósitos. Tampoco las víctimas iban solas ni se quedaron en ningún momento indefensas ante sus posibles agresores, con lo cual tampoco parece haber una selección de las víctimas por parte de los autores de los pinchazos.
Respetar «la libertad de movimiento de la mujer»
Sobre cómo debe afrontarse esta situación sería desde la prevención, pero también desde el respeto de la libertad de movimiento y de relacionarse de las mujeres en los espacios de ocio en particular.
La educación sería la visión para una lucha general o primaria de estos sucesos. Pero, además, hay que proponer una prevención secundaria a través de la generalización de puntos o espacios de información general y atención directa en los contextos de ocio, un aumento de los elementos de control, especialmente en los lugares cerrados, y continuar y expandir la formación específica en todos los ámbitos de intervención.
Hay que advertir que el pinchazo, aún sin presencia de elementos para la sumisión química de la víctima, supone un acto de violencia y aunque los daños físicos por el pinchazo sean leves generalmente, la gravedad de estos puede aumentar exponencialmente en función del lugar del pinchazo, de la profundización del objeto punzante y por las posibles transmisiones biológicas en caso de reutilización.
Daños psicológicos
También hay que reconocer, que la principal consecuencia de esta situación es psicológica. Es el miedo o rechazo a los contextos de ocio debido al aumento de la vulnerabilidad percibida por las víctimas, como por las mujeres en general.
Por eso, los pinchazos sin presencia de sumisión química son un ataque directo a la libertad de movimiento y de relacionarse de las mujeres. A esto, hay que sumar que las mujeres deben seguir lidiando con las agresiones sexuales con sumisión química que se hacen por otros medios.
En el caso de sufrir un pinchazo, se aconseja a las víctimas que inmediatamente acudan a una persona de su confianza, llamen al 112 o las fuerzas de seguridad.
También se hace un llamamiento a los autores: «Estaría bien que tomaran conciencia de que están cometiendo un delito». A la vez que les avisa de que hoy por hoy es más fácil detectarlos que hace una semana.
Albert Mesa Rey
Soldado Enfermero de 1ª (rvh)
Director de Benemérita al Día
