Pídeme a mí que haga lo que pueda. Pídemelo a mí o a cualquier otra persona, mientras no sea a un guardia civil, y no estarás poniendo nuestras vidas en peligro, porque ten por seguro que yo intentaré hacer lo que pueda sin matarme o que me asesinen en el intento, como cualquier ser humano.

Pero no le exijas a un guardia civil que vaya y haga lo que pueda. No se lo ordenes a quien ha jurado, si fuera preciso, entregar su vida en defensa de España y en cumplimiento de su deber. No le impongas a estos hombres y mujeres que juran por su conciencia y honor, que hagan lo que puedan, pues aunque los mandes ir atados de pies y manos, irán. Y pagarán con sus vidas tu insensatez, tu falta de escrúpulos, tu falta de honor y de conciencia, porque ellos no son como tú. Ellos no son como yo.

Así que pídeme a mí que me meta en el agua y haga lo que pueda, a bordo de una cáscara de nuez y sin preparación ni apoyo para un abordaje, sin las armas ni los medios adecuados para hacer lo que se necesita hacer. Pídemelo a mí, por favor, para hacer el paripé, mientras tú le sacas brillo a tu sillón. Porque yo puedo decirte: «métete tú en el agua, sinvergüenza, y demuestra de qué estás hecho», pero ellos no.

Pídeme a mí que defienda la vallas de Ceuta y Melilla, mientras eliminas las concertinas y las sustituyes por «medios no cruentos», no vaya a ser que los que quieren atravesarla, lanzan heces y cal viva a través de ella y se abalanzan contra los agentes con ganchos y machetes, se hagan daño. Pídeme a mí que monte este circo por ti y no habrá más sangre derramada de nuestros guardias, porque abriré gustosa la puerta y les indicaré a tus honorables y protegidos invitados dónde vives, para que compartas tu mesa y cama con ellos. Pero no se lo ordenes a quien es capaz de dar su vida cumpliendo su deber, a pesar de que tú no le entregues ni un equipo antidisturbios para defenderse, para defendernos.

Pídeme a mí que entre en esa casa repleta de albanokosovares que trafican con armas y que haga lo que pueda. Pídemelo a mí, por favor, y nadie saldrá herido, porque no entraré ni aunque me subas a un tanque. Pero no se lo ordenes a quien tiene honor y valor y a quien ha jurado defender España hasta la muerte, porque entrará, aún sin saber lo que se va a encontrar, a pesar de que no le hayas dado siquiera un chaleco antibalas y, con suerte, se lo haya podido comprar pagándolo con su modesto sueldo.

Pídeme a mí que entregue mi vida por tu mala cabeza, por tus malas decisiones, por tu incapacidad para hacer lo correcto, por un miserable sueldo con horarios infernales y porque te importan más los votos que las personas… O pídeselo a tu santísima madre, que será lo que probablemente yo te responda. Pero deja de enviar a la muerte a valientes que no la temen, para tapar tu propia cobardía, si no quieres ser escupido y vilipendiado por sus viudas y sus huérfanos en sus funerales.

No puedo pedirte que entiendas cómo es la inmensa mayoría de los guardias civiles, porque ni siquiera yo, con lo mucho que los admiro, lo comprendo a veces. En muchas ocasiones, me duele mi propio egoísmo por no entender que antes que perjudicar a un compañero, de la manera que sea, prefieren perjudicarse ellos, aunque eso signifique trabajar dos semanas seguidas sin día libre alguno, por ejemplo. En ocasiones me duele mi debilidad, al no comprender que no piden una baja ni estando reventados por fuera o, lo que es aún peor, también por dentro. No puedo explicar su fortaleza, su valor, su compañerismo, su dedicación, su concepto del honor y del sacrificio, su capacidad de entrega, aún cuando los que tienen que cuidar de ellos les dan la espalda y los que tenemos que agradecerles que nos protejan, los insultamos y despreciamos.

Aunque pudiera explicarlo, de nada le serviría a quien es débil, cobarde, traicionero, vago, indigno, vil, egoísta y corrupto. Alguien así no puede entender lo que es pertenecer a la Guardia Civil y nunca podrá estar a la altura de quienes se han ganado el derecho y el deber de vestir, respetar y servir a tan loable uniforme. Sin embargo, así son quienes hemos puesto al mando y se dedican a jugar a su antojo con las vidas y la sangre de nuestros valientes, en sus desquiciantes y alevosas carreras de poder.

Sabemos que no me vas a pedir a mí que haga lo que pueda, se lo vas a seguir ordenando a ellos. Ellos no te lo van a decir. Ellos no te lo pueden decir. Te lo voy a decir yo: no vales tan siquiera una gota de sudor de un guardia civil raso al azar, ni media lágrima derramada por una esposa, madre, hermana o hija de cualquier guardia civil. Y aun así te has cobrado con su sangre un cheque que te abrirá por siempre las puertas del infierno en la memoria, sino de España, al menos de la mía.

¡Viva la Guardia Civil!

Redacción
con información de Vozpópuli | Rosa Martínez