Redacción; Javier Ortiz

BIOGRAFÍA DEL AUTOR

Diplomado en Criminología por la Universidad de Barcelona y Diplomado en Policía Judicial por el Centro de Estudios Jurídicos del Ministerio de Justicia.

Subteniente de la Guardia Civil, ha ejercido como Comandante de Puesto en las localidades de Robledo de Chavela (Madrid), Carboneras (Almería) y Alsasua (Navarra).

Durante nueve años fue jefe del Equipo de Policía Judicial de San Lorenzo de El Escorial (Madrid).

Ha desarrollado su trabajo profesional en ocho provincias y en diversas especialidades de la Guardia Civil. Igualmente, en el marco de la Iniciativa Mérida (un programa de cooperación establecido entre Estados Unidos y México para combatir el narcotráfico y el crimen organizado) fue seleccionado para ejercer como profesor en la academia de la Policía Federal de México en San Luis Potosí.

Durante dos años, tras solicitar una excedencia, recorrió los veinte países de América Latina. Como fruto de ese viaje, surgieron tres libros sobre otros tantos países del continente: México, Guatemala y Cuba. Con los dos primeros, resultó finalista y ganador, respectivamente, del V y VI Premio Internacional de Literatura de Viajes “Ciudad de Benicássim”, dotado con 6.000 euros y la publicación del libro. Ha participado en dos proyectos publicados por la editorial Ákaba junto con otros autores, y como ponente en varias jornadas literarias sobre viajes y novela negra.

 

Manuel Reinaldo Méndez (Toledo 1964)

 

Entrevista al Stte.

¿Tengo entendido que comenzó su carrera profesional en el País Vasco?

Bueno, casi. Con 19 años fui destinado a la Comandancia Móvil de Barcelona. Y en 1984, con apenas 20 años me trasladaron forzoso a la Comandancia de Vizcaya, junto con todos mis compañeros de promoción.
Eran tiempos duros, los llamados años de plomo, y a los mil componentes de la promoción nos trasladaron a las tres provincias vascas y Navarra para reforzar las plantillas allí existentes. Allí estuve siete años, desde 1984 a 1992. Cuando me marché del País Vasco, quedé tan marcado que, en lugar de pedir un cambio de destino, sentía que necesitaba poner distancia con aquella época de mi vida y lo que hice, con el dinero que tenía ahorrado, fue solicitar una excedencia en la Guardia Civil y durante dos años me dediqué a viajar por América Latina.

¿Recuerda alguna cosa que le impresionara de esa época?

Sobre todo los cuatro atentados sufridos en dos de las unidades donde estuve destinado en esa época, los cuarteles de Guernica y Las Arenas. En dos de ellos, ETA asesinó a tres compañeros mediante un coche
bomba. Y en los otros dos atentados, ETA lanzó contra ambos cuarteles unas granadas jotake. En el caso de Guernica no hubo heridos, pero las dos granadas lanzadas con un mortero artesanal, atravesaron la pared del dormitorio del personal soltero. Y en Las Arenas, la granada impactó en la puerta del cuartel, hiriendo de gravedad a una niña de nueve años, hija del brigada al frente de ese acuartelamiento. Si pudiera, me gustaría que se citara a esos tres compañeros con su nombre completo, porque considero que las víctimas no deben ser olvidadas y es una obligación moral seguir manteniendo vivo su recuerdo.

Adelante, cítelos.

Los dos fallecidos en el atentado de Guernica el 9 de septiembre de 1987 con un coche bomba fueron el cabo Federico Carro Jiménez, de 29 años, y el Guardia Civil Manuel Ávila García, de 22 años. Y el fallecido en Las Arenas por otro atentado con coche bomba el 28 de julio de 1991 fue el Guardia Civil Carlos Pérez Dacosta, también de 22 años. Que perdieran la vida en esos atentados, me impactó sobremanera porque había hecho el mismo servicio que ellos, la vigilancia de paisano de los exteriores de esos dos acuartelamientos decenas de veces antes. Y pasando por las mismas calles donde fueron detonados tiempo después los dos coches bomba. En ese sentido, fue una lotería que no me tocara a mí y sí a ellos.

¿Alguna otra cosa más que le impresionara de esa época?

También me sobrecogió la muerte del teniente Ignacio Mateu Istúriz el 26 de julio de 1986. El teniente pertenecía a los GAR y su figura es todo un mito para esa unidad de élite de la Guardia Civil, ya que fue
el autor del “Decálogo GAR”, una especie de norma de conducta entre ellos. “Lo difícil lo hará y lo imposible tardará un poco más” dice uno de sus artículos. Desde aquí quiero recordar a los tres componentes del GAR fallecidos en acto de servicio hace unas semanas, uno embestido por una narcolancha en Barbate y los otros dos tras ser arrollados por un camión durante un control contra el tráfico de drogas en una autopista.

¿Por qué razón recuerda este otro atentado?

Porque conocía al teniente Mateu y estuve hablando con él varios días antes de su asesinato en un atentado en el cuartel de Arachavaleta, en Vizcaya, al pisar una trampa bomba junto con su compañero, el guardia
Adríán. El día del atentado, el teniente tendría que haber estado en Madrid en una comisión de servicio para hacer un curso de idiomas. Sin embargo, al enterarse del atentado, se trasladó con varios de sus hombres al cuartel de Arechavaleta para realizar un reconocimiento del mismo. Eso se llama vocación de servicio y sentido del deber. Y también me impactó saber que el padre del teniente Mateu, un magistrado del Tribunal Supremo, fue igualmente asesinado por ETA ocho años antes. Es el único caso en toda la sangrienta historia de la banda terrorista donde ETA asesinó a un padre y a su hijo en dos atentados distintos.

Eso fue con 20 años. Y ahora 40 años después, termina su vida laboral en la Guardia Civil en Navarra. Eso es, dentro de dos meses dejaré mi destino en el Puesto de Alsasua y pasaré a la reserva activa. En cierto sentido, es como si se cerrara un círculo. Y si entonces me marché del País Vasco con cierto rencor y rabia por la dureza de esos años terribles, hoy lo hago con un recuerdo de gratitud a todos mis jefes y compañeros.

¿Algo más de que quiera comentar de esa época?

Cuando se habla de los gudaris vascos, me gustaría que se recordara que el primer jefe de la Ertzaintza, entonces llamada Ertzaña, nombrado por el lehendakari Aguirre en 1936 fue Saturnino Bengoa Murazabal, un teniente coronel de la Guardia Civil que tuvo a su mando a los 1.200 efectivos del recién nacido Cuerpo. O que las tres primeras brigadas del Ejército Vasco durante la Guerra Civil fueron mandadas por otros tantos capitanes de la Guardia Civil: Germán Ollero, Eugenio García Gunilla y Matías Sánchez Montero. O que el comandante de la Guardia Civil Juan Ibarrola Orueta, natural de Elorrio, tuvo un cargo aún más importante, ya que estuvo al mando de la 3ª División del citado ejército vasco. Con esto quiero decir que la Guardia Civil siempre procuró ser leal al poder político constituido. Y que, de alguna forma, también fuimos gudaris, pero de los de verdad, no de los que te disparaban a traición, con un tiro en la nuca.