
O tempora, o mores! (¡Oh tiempos, oh costumbres!)
Francisco Hervás Maldonado Coronel Médico en la reserva.
Cicerón era muy expresivo. Se quejaba de la forma de vivir que se gastaba en la Roma de su tiempo. Siempre nos quejamos de las costumbres cuando cumplimos años. Pero es que siempre tenemos razón, porque la vida sigue procesos cíclicos, como cualquier cicloide, en los que partiendo de un punto de miseria (económica y moral) se llega a un punto de auge económico y moral, para retornar seguidamente a ese punto de miseria. Si hubiésemos de definirlo matemáticamente, diríamos que la historia del hombre es una curva regida por las ecuaciones de las dos coordenadas paramétricas que definen la curva cicloide: x = a(t – sen t) ; y = a (1 – cos t).

Una cicloide es una curva generada por un punto perteneciente a una circunferencia generatriz al rodar sobre una línea recta directriz, sin deslizarse. Bien, pues es ese punto es España. Lástima que se hayan muerto, porque Newton y Leibnitz – si es que dejasen de pelearse – nos lo podrían aclarar bastante bien.
Bueno, aunque más modestamente, lo intentaremos. Para ello nos valdremos del gran Tácito (historiador, escritor, senador, gobernador e incluso cónsul romano), quien vivió desde c. 50 a 120 AD, es decir, en el siglo I y parte del II (como nosotros, en el XX y parte del XXI). Para ello nos valdremos de cuatro aspectos: la justicia, el gobierno, la milicia y los conocimientos.
Decía Tácito que “cuanto más corrupto es el estado, más leyes tiene”. Es cierto. Se derogó casi todo lo del régimen de Franco, independientemente de su utilidad o inutilidad, pero había que justificar los miles de burócratas dedicados en el Congreso y Senado con el propósito de legislar “ad hoc”. Luego vinieron las comunidades autónomas, las diputaciones, los ayuntamientos, los cabildos insulares, las instituciones europeas, las directrices ministeriales, donde desde el ministro al jefe de unidad, cada cual ordena con frenesí. Bueno, tal es el contenido legal, que abarca una biblioteca con miles de volúmenes. Es imposible que los jueces conozcan tanta ley, de manera que muchas veces dictaminan un poco al tuntún, y así pasa, que se recurre, se vuelve a recurrir y donde dije digo, se dice Diego con demasiada frecuencia. Se sigue recurriendo y cuarenta años más tarde, los herederos de los herederos, a lo mejor reciben una pasta graciosa de indemnización. Eso sí, el dañado, lo más probable es que goce de la presencia de Dios nuestro Señor, pues ya llevará cadáver mucho tiempo, sepultado, llorado y puede que hasta olvidado. En fin, el simulacro de justicia que padecemos se ve dañado por la selva legislativa, enmarañada e inaccesible. No son culpables los jueces, no. Hay que estar loco – y ni aun así – para conocer la legislación tocante a cualquier tema y sus “flecos”. Los culpables son los políticos, como más de uno habrá pensado sagazmente.
¿Y qué me dicen del gobierno? Pues lo que Tácito: “el poder conseguido por medios culpables nunca se ejercitó en buenos propósitos”. Y son malos propósitos porque no buscan solo el bien del pueblo, sino en primer lugar el bien propio y de su grupo o camada política. Y son medios culpables porque se han inventado una ley electoral para ganar siempre ellos, su manada. Aquí no se vota al torero, sino a la cuadrilla. Además, dividen de tal modo que siempre ganan los mismos en cada lugar (la ínclita y tal vez antimatemática ley D’Hont, otra ley más, ésta sin dudar injusta). Así es que puede que tengan buena intención, pero como bien decía César, “la mujer de César no ha de ser solo honesta, sino parecerlo”.
La milicia. Se supone que la milicia se caracteriza por el honor, la obediencia, la equidad y la justicia. Bueno, pues ni una, al menos en un nivel aceptable. Decía Tácito que “una muerte honrada es mejor que una vida vergonzosa”. ¿Dónde quedó ese espíritu legionario de antaño. A lo mejor existe, pero está maniatado y sofocado. Eso puede que le pasase a Quevedo, cuando dirigiéndose al Conde-‐Duque de Olivares, le decía: “no he de callar, por más que con el dedo, ya tocando la boca, ya la frente, silencio avises o amenaces miedo”. Calderón lo dice muy bien: “aquí la más principal hazaña es obedecer, y el modo como ha de ser es ni pedir ni rehusar”. Pero obedecer a quién, ¿al político de turno y su camada, al pelota designado a dedo como tu jefe, ascendido en virtud de leyes incomprensibles e injustas? Porque – y volvemos a Tácito – no cabe duda de que: “la fidelidad comprada siempre es sospechosa y, por lo general, de corta duración”. Y, por otra parte, “la peor especie de enemigos es la de los aduladores”, que también decía nuestro Tácito. Por tanto, cuando la equidad y la justicia faltan, la obediencia desaparece – los malos ejemplos son muy perniciosos – y el honor se resiente en forma notable.
Finalmente, dos palabras acerca del conocimiento. Estamos perdiendo día a día las personas mejor cualificadas, que se están marchando fuera de España, siendo sustituidas por gentes mediocres o a medio formar, quienes una vez formadas, se largan a otro país. Eso hace que nuestra dependencia científica y tecnológica del exterior, sea escalofriante, lo cual encarece extraordinariamente los productos elaborados. De manera que aunque un nabo sea un nabo, el envase que lo contiene y transporta, paga royalties “a gogó”. Y así todo.
En fin, y si alguien se molesta por lo dicho, recuerde a Tácito, quien a estos ciegos o interesados les decía: “quien se enfada por las críticas, reconoce que las tenía merecidas”. Seguimos bajando en la cicloide.
Francisco Hervás Maldonado
Coronel Médico en la reserva.
