Timeo Danaos et dona ferentes «Temo a los dánaos (griegos) incluso cuando traen regalos». Eneida de Virgilio (libro II, 49).

Con cierta frecuencia uno reflexiona acerca de lo que somos, de donde venimos y a donde vamos, qué sentido tienen las cosas, especialmente las barbaridades que estamos viviendo, como consecuencia de una política absurda –como casi todas– y llena de desplantes y egoísmo. Tal vez sea un exigente, pero cada vez veo menos posibilidades de futuro para las generaciones que nos siguen a los que peinamos canas.

En muchas ocasiones me encuentro conmigo mismo y me digo algunas cosas que me hacen reflexionar, posiblemente como le pasaba al gran poeta Antonio Machado: “converso con el hombre que siempre va conmigo”. Y entonces pienso de mí, como todos hacemos, lo que también dice Machado en su autorretrato:

¿Soy clásico o romántico? No sé.
Dejar quisiera mi verso
Como deja el capitán su espada:
Famosa por la mano viril que la blandiera,
No por el docto oficio del forjador preciada.

Me vienen a la memoria determinadas opiniones de mi admirado Don Pedro Laín Entralgo, en opiniones acerca del hombre, pertenecientes a un ensayo en el que, de un modo magistral –como siempre hacía– contaba cosas importantes acerca de la vida, el sentido que esta tiene y su evolución. En su libro “Qué es el hombre”, premio internacional de ensayo Jovellanos, en 1999, nos lo analizaba magníficamente, un libro de Ediciones Nóbel que hay que tener. Habría mucho que comentar acerca de su análisis del pensamiento de Zubiri, pero yo creo que mejor recordamos algo que nos atañe bastante más, algo que ya Unamuno dijera hace muchos más años:

¿Miro como se mira a los extraños
al que fui yo a los veinticinco años?

Y es que realmente es difícil la autocomprensión, especialmente con el paso del tiempo. Es difícil que a nuestros hijos les justifiquemos aquello que nosotros mismos hacíamos y que, de alguna manera, siempre nos hemos enorgullecido de hacer. Tal vez nos falte uniformidad en la comprensión. Tal vez la experiencia haga evolucionar –para bien o para mal, que no estamos seguros del todo–nuestros criterios, nuestros valores, nuestros principios. Por tanto, ¿qué son los principios, unas esencias de pensamiento, evolutivas en función de las circunstancias? Y doy un paso más: ¿se modifica el cariño con el paso del tiempo? Son preguntas difíciles de contestar. Hace poco, un amigo holandés, trabajador jubilado de la ESA (Agencia Espacial Europea – European Space Agency) y casado dos veces, como muchos de nosotros, me decía cenando algo que traduzco porque me impresionó: “es que yo solo vivo con proyección de futuro, y cada instante de mi vida es el inicio de mi futuro”. Si esto es así… ¿qué sentido tiene recordar el pasado? Bien, yo creo que las dos posturas son correctas: hay que aceptar nuestro pasado, desde luego, pero respetar a la naturaleza, que evoluciona y de la que formamos parte. Por eso, sin renunciar al pasado, hemos de proyectar nuestra vida con vistas al futuro. Y esto nos lo van a agradecer especialmente nuestros nietos y algo menos, pero también, nuestros hijos. Pero eso es muy difícil poderlo hacer hoy en día. ¿Es nuestra Guardia Civil lo que queremos que sea o lo que le dejan ser? Y si es esto último, ¿qué futuro le espera, el de la voluntad política del momento o el de servir a la sociedad?

Igualmente recordé a Don Manuel Gil de Oto y sus dichos sobre médicos y boticarios, sin duda por mi condición de médico. Llegó un momento en que, charlando de estos temas con unos amigos, no metíamos lengua en paladar. Don Manuel nos recuerda el romance de Juan de la Cueva, un romance un tanto agresivo que dice  aquello de…

…que cochinos y poetas,
gramáticos, cirujanos,
adonde quiera que estén,
no pueden estar callados.

Los cochinos eran los judíos, en aquellos tiempos. Claro, que peor es lo que dice Leandro Fernández de Moratín, al parecer poco aficionado a los médicos:

La calavera de un burro
miraba el doctor Pandolfo,
y enternecido exclamaba:
“¡Válgame Dios lo que somos!”

Bueno, pero que nos quiten lo bailado. La verdad es que en estas reflexiones nos fortalecemos. Nos divertimos bastante y, sobre todo, nos rejuvenecemos. Luego, al regresar a casa, la cruda realidad del presente nos abduce, pero esa es otra historia, que diría Kipling. Esos ratitos tan agradables, en los que retornamos a la infancia, pese a nuestro cada vez más cuerpo de momia, son muy valiosos.

Finalmente quería comentar el último pensamiento que se me vino al coco. Hace poco, un político amigo mío (cosa excepcional en los tiempos que corren) me comentaba que le había impresionado el Laocoonte, escultura que se halla en los Museos Vaticanos. En concreto, la escultura se encuentra en el Quartile Ottagonale del Museo Pío Clementino. Es la expresión de la angustia, del dolor por antonomasia. Laocoonte y sus hijos están siendo devorados por dos grandes serpientes. La historia nos la cuenta Virgilio en su Eneida. Laocoonte era un sacerdote de Apolo en la antigua Troya. Pero había caído en desgracia con Febo por haberse casado y, sobre todo, por haberlo hecho frente a la estatua del citado dios. Bien, pues cuando los griegos cometieron el ardid de regalar un gran caballo de madera, lleno de guerreros, a los troyanos, estos últimos agarraron una melopea de campeonato, pensando que los griegos se habían retirado, ya que levantaron el campamento y se fueron. Entre los vapores etílicos, apenas si le hicieron caso a su sacerdote, Laocoonte, quien a grandes voces bramaba: “timeo danaos et dona ferentes!” (¡no me fío de los griegos ni de sus regalos!). Total, que para no oírle le dijeron que hiciese lo que le zumbase, acorde con su condición sacerdotal. Entonces él, sacerdote al fin y a la postre, decidió sacrificar un toro a Poseidón. ¡Para quemar toros estaban, con el apetito que tenían tras años de asedio! No eran franceses, pero si lo hubiesen sido le habrían dicho lo que cantaba Edith Piaf: “No, rian de rian”. Así es que Atenea, ya de por sí cabreada por el desplante a Febo, se mosqueó y le mandó un par de serpientes feroces, llamadas Caribea y Porce, que se merendaron al Laocoonte y sus hijos. De la mujer no se sabe nada, cosa que no es de extrañar, pues las mujeres poseen un enésimo sentido perceptivo que les hace eludir los azares mitológicos.

Bien, pues yo desconfío de casi cualquier tipo de proyecto político, salvo de los que realizan aquellos políticos de sueldos cortos y efímeros, políticos que antes de dedicarse a tal menester ya poseen una situación económica favorable. En el estudio de sus proyectos, el Laocoonte se dejaría de tonterías y se arrearía una buena copa de vino. En fin, que es una desgracia tener que compartir la vida social diaria con estos amantes de los recursos ajenos, ya que opinan que “el dinero no es de nadie”. Pasamos unos ratos difíciles y llenos de problemas gracias a ellos. Y es que a los cargos políticos les sucede lo que a la viuda Enriqueta:

A la viuda Enriqueta
Le han pretendido
Dos burros y un caballo,
Para maridos.

Porque a nuestros políticos les pasa lo que al canal del Manzanares:

“El canal del Manzanares
Pocos barcos saca a mares”.

Y es que no se dan cuenta estos ambiciosos, ambiciosas y ambicioses, como ellos dicen, de que su matrimonio con la política tiene un mal fin:

El día que tú te cases,
Se harán dos cosas a un tiempo:
Primero se hará tu boda,
Seguida de nuestro entierro.

Bueno, siempre que no sea muy vieja la persona que se case con la política, porque si es así…

Viejo que boda hace… “requiescantinpace”.

Porque no nos quepa la más mínima duda de que…

Al alma del negocio,
Va todo el mundo;
Al negocio del alma,
No va ninguno.

Esto lo sabe bien y lo tiene en cuenta nuestra querida Guardia civil, que si algo no duda es que cierto tipo de confianzas dan asco. En fin, vienen elecciones. A ver si saben contar mejor que en la pasada manifestación del 21 de enero en Madrid, que dijeron que hubo 31.000 donde fuimos 620.000.

Mentir sirve para poco, salvo si se persevera en la mentira. Entonces sí parece que sirve, pero al final la caída del embustero es estrepitosa.

Francisco Hervás Maldonado
Coronel Médico (R)
Presidente del Círculo Ahumada