El Seprona del Instituto Armado es el encargado de esclarecer la autoría de los incendios en un verano que ha batido récords con 245.000 hectáreas quemadas.

Entre lágrimas, dolor y suma impotencia, miles de españoles han visto arder en cuestión de horas, incluso minutos, sus casas, sus pueblos, sus bosques y, en definitiva, parte de su vida durante este verano. La sequía, las altas temperaturas —con sucesivas olas de calor— y el abandono del entorno rural han sido el caldo de cultivo para que las llamas hayan acabado ya con 245.061 hectáreas del país, según los datos recopilados por el Sistema Europeo de Información sobre Incendios Forestales (EFIS, por sus siglas en inglés). El Gobierno, en cambio, sitúa esa cifra en 200.000 hectáreas de terreno arrasado. Datos que, en cualquier caso, sitúan a este curso como el peor en las últimas décadas y ponen a España a la cabeza de los países europeos más afectados por el fuego.

Detrás de la mayoría de siniestros, que se han producido con mayor intensidad en las provincias de Zamora, Lugo, Orense y Zaragoza, destaca la Fiscalía de Medio Ambiente y Urbanismo, encargada de las pesquisas, «está la interacción del ser humano con el bosque». Ya sea por una intención concreta o por comportamientos negligentes como el uso de una máquina o de determinadas herramientas en el campo, constata el Ministerio Público. Pero, ¿cómo llegan los investigadores hasta el presunto culpable?

Una vez se produce el incendio, se cuentan por cientos los efectivos que trabajan prácticamente sin descanso en sofocarlo: servicios de bomberos, agentes forestales, unidades militares de emergencias, hidroaviones del Ejército… En paralelo, sin embargo, otros agentes también realizan una labor crucial. Tal vez más inadvertidos por los ciudadanos, cuando las columnas de humo o las llamas descontroladas copan las pantallas de televisión, son aquellos que van tras la pista del criminal del fuego. Los que investigan, con minuciosas y avanzadas técnicas, cuál es el origen del incendio y quién o qué ha prendido la primera mecha; los que tratan, desde hace tres décadas, de que ningún ‘crimen’ quede impune. Es el Servicio de Protección de la Naturaleza (Seprona) de la Guardia Civil. 

¿Cómo es posible dar con el criminal cuando la escena en la que ha cometido el delito está completamente destruida por el fuego? ¿De qué hilos tiran los investigadores? ¿Qué métodos emplea el Instituto Armado? ¿Cómo logra saber si un incendio ha sido provocado? Para resolver todas estas incógnitas, la Jefatura del Seprona, en Madrid, donde los agentes tratan de esclarecer los incendios que asolan España nos informan.

La escena del ‘crimen’

Llegar lo más rápido posible a la zona quemada, en la medida en que las condiciones lo permitan, «resulta crucial para la investigación», explica Paloma Olive, agente del Servicio de Protección de la Naturaleza. Esa inmediatez se debe, principalmente, a que desaparezca el menor número posible de pruebas. «Cuando llegamos a la zona, tenemos que tener muy en cuenta el paisaje. Saber que el terreno, los árboles, incluso las piedras hablan», explica esta guardia civil.

Es como la «escena de un crimen en la que el cadáver aporta mucha información a los investigadores». No obstante, en este caso es más complicado, porque no cuentan con otros medios que les conduzcan hasta el inicio del fuego. Es un lugar aislado, sin cámaras y, normalmente, sin testigos. Así, los agentes comienzan a identificar vestigios y toman las primeras muestras con todo tipo de utensilios. Ponen banderillas para conocer la dirección de las llamas; reseñan con balizas objetos o líquidos que han podido quedar sobre el terreno; observan las zonas más negras en los troncos de árboles y piedras; miden la temperatura, la dirección del viento…

Análisis cromatográfico

«Es parecido a lo que hacen nuestros compañeros de criminalística. Tenemos incluso la laca con la que se fijan las pruebas como puede ser arena, vegetales o restos de pastos quemados», cuenta Olive. Una vez se recogen las muestras, se completa la cadena de custodia hasta que llega al laboratorio. Una fase crucial en la que la que la Unidad Central Operativa Medioambiental (UCOMA), a través de una técnica analítica de alta sensibilidad, tratará de determinar cuál fue el origen del fuego. «Se realiza un análisis cromatográfico, similar a uno criminalístico pero especializado en incendios», explica esta funcionaria. Posteriormente, con esos resultados se realiza el informe pericial y los agentes esbozan sus primeras hipótesis sobre la causa del siniestro.

Este análisis revela ciertas certezas, explica Paloma, pero para averiguar si detrás del fuego está el ser humano se necesita ir más allá. «Nunca hay nada realmente evidente, las investigaciones son muy complicadas». De hecho, la tasa de esclarecimiento de delitos por incendio forestal es baja; se sitúa en torno al 30%, según fuentes de la Guardia Civil. «Aunque nunca se deja de indagar, pese a que pase el tiempo, siempre tratamos de que ningún crimen quede impune», sostienen.

Triángulo del fuego

El Seprona, no obstante, cuenta también con otros métodos para dar con el ‘criminal del fuego’. Una es la «simultaneidad de focos». «El incendiario o pirómano [la diferencia entre ambos es que el segundo padece un trastorno mental diagnosticado] puede quemar unos rastrojos o echar gasolina en una zona, continuar 200 metros y volver a quemar. Esa simultaneidad evidencia que ha sido provocado». Pero también lo hace que el fuego se origine en ciertos momentos del día, a última hora, por ejemplo, cuando los medios aéreos no pueden volar. Cuestión que dificulta las labores de extinción.

Otra evidencia que permite a la Guardia Civil cercar al delincuente es lo que denominan como «triángulo del fuego». Se trata de tres factores que hacen que se propague con más rapidez el incendio: más de 30 grados de temperatura, 30 kilómetros hora de viento y menos del 30% de humedad. «Si es en ese momento cuando se quiere incendiar, va a ser mucho más difícil sofocarlo», sostiene la agente del Seprona Paloma Olive.

Encontrar al autor

Una vez se tienen pruebas suficientes de que ha podido ser provocado, llega la tarea más complicada: ¿quién ha sido? Llega de nuevo el trabajo de los agentes sobre la zona: preguntar a testigos (si los hay), a vecinos de pueblos cercanos, revisar antecedentes de habitantes cercanos al origen del fuego, si hay personas que tienen problemas económicos con la gestión de sus campos… La Guardia Civil mantiene abiertas todas las hipótesis hasta que cerca al principal o principales sospechosos. «Le entrevistamos; le hacemos un seguimiento; comprobamos si lleva en el coche acelerantes o retardantes [se suelen usar para provocar incendios]; le preguntamos por la coartada…».

«Trabajamos con hipótesis, es un trabajo largo, complicado, pero al final se demuestra y se detiene a los culpables», confiesa Olive. Después, dice, es ya trabajo de la autoridad judicial, pero «se intenta recabar el mayor número de pruebas para demostrar que es intencionado». Uno de los mayores problemas a los que se enfrentan estos agentes es tratar de esclarecer si una autoría es intencionada o accidental. Estos casos suponen la mayoría que investiga la Guardia Cicivil. La línea entre ambos es muy fina.

Lo que, en cambio, sí es una certeza es la implicación del ser humano. La mayoría de incendios tienen este mismo denominador, y así lo reflejan los datos del Instituto Armado. El 80% de los delitos esclarecidos son obra del ser humano —el 55% son causas accidentales o negligentes y el 25%, intencionados—, frente al resto, que son consecuencia de fenómenos naturales.

Sin ir más lejos la prueba de estas estadísticas está en este verano. La Guardia Civil ha informado este viernes de que investiga a un hombre como presunto autor de un incendio forestal que continúa activo en la Sierra del Caballo de Petrer (Alicante). Los agentes le atribuyen un delito de incendio forestal por imprudencia grave, que al parecer ocasionó tras arrojar en el terreno los restos de las brasas de una barbacoa que había realizado en su finca días antes.

Redacción