
Artículo de opinión de nuestro colaborador D. Francisco Hervás Maldonado, Coronel Médico.
UNA REFLEXIÓN ELECTORAL
¡Oh, qué maravilla! Nuestros políticos nos aman con frenesí. Aquí y allí, en las instituciones españolas y en las europeas. Eso sí, a la hora de cobrar, nos aman un poco menos. Cosas de la casta: “antes me muero que perder dinero”, se dicen para sí. No, no, renunciar al saco de euros europeo estaría mal visto (por los de otros países, que llevan también sus respectivos sacos). Yo creo que la política se divide en tres partes: po, liti y ca.
Po: “po” no va uno/a a trabajar de balde, “po” no se qué se piensan con el tiempo que uno le dedica a los demás, “po” no voy a renunciar a mis derechos democráticos, logrados a base de sangre y fuego.
Liti: “liti-‐enes” que decir a la gente lo que le gusta oír, “liti-‐enes” que prometer todo lo que les gusta, “liti-‐enes” que que pedir un esfuerzo para acabar con la crisis (excepto a tus compadres de la política).
Ca: “ca” uno es ca uno y sabe bien lo que hace, “ca” uno debe velar por el bien de su parentela y allegados, “ca” uno responde ante su partido y compañeros políticos.
Una profesión de ensueño. Ya lo dice la coplilla:
“La política es un arte
aunque se sea mariquita
en que el que parte y reparte
nunca se oyó que dimita”.
Una profesión tan poco querida como admirada, pues son maestros en el enriquecimiento pertinaz y en la formulación incesante de reglas, normas, leyes, directivas y declaraciones que se contradicen constantemente unas con otras (¡hay tantas!), de manera que hace falta un tribunal que interprete a los tribunales (el Tribunal Supremo) y otro que interprete al tribunal de tribunales, a los parlamentos e incluso a los traductores (Tribunal Constitucional). Decía Tácito una frase que es genial: “cuanto más corrupto es un estado, más leyes tiene”. Pues a juzgar por las que tenemos aquí, la cosa hiede. Leyes europeas, estatales, autonómicas, normas de las diputaciones provinciales, de los ayuntamientos, etc.
Pero posee la política un efecto fatal contaminante. Contamina la educación, donde vemos que desde muchos rectores de universidad a muchos maestros de primaria, más que a educar, se dedican a adoctrinar. Contamina la sanidad, a veces con efectos lesivos para los pacientes: aborto, eutanasia… Contamina el deporte y a imagen y semejanza de sus mentores políticos, los deportistas arribistas se dopan con persistencia. Contamina la Iglesia, donde ciertos clérigos o monjas se declaran independentistas no ya solo de su nación, sino hasta del Papa. Contamina la ciencia, donde se buscan formas sutiles para hacer daño al prójimo con armas, venenos o fecasímiles. Contamina la Banca, como es obvio. Contamina la familia, las relaciones humanas (ataques contra quienes no piensan como tú o contra quienes simplemente poseen unos valores de convivencia que tú no tienes, como la religión o la solidaridad). Contamina todo lo que toca. Hasta las Fuerzas Armadas, que las convierte en un circo de aduladores al poder. Hasta las Fuerzas del Orden, excepto la Guardia Civil, cuyo nivel de contaminación es preocupante, pero no alarmante todavía.
Y uno, ante tal fetidez, se pregunta: ¿a quién voto? Pues hay dos posibilidades, una de ellas es el voto nulo o el voto en blanco, que tanto me da. La segunda es votar a quien todavía no haya demostrado un “manguis” declarado y ahí solo quedan dos o tres partidos pequeños.
En fin, que hemos de pensar bien lo que hacemos. Olvidemos los partidos en coplas por corrupción, los intransigentes, los revolucionarios (que solo quieren la exclusividad en el robo), los psicopáticos (que te cuentan el cuento de la lechera) y los chapuzas. Yo solo veo que queden dos y, a lo sumo, tres. El voto útil es solo útil para el partido que lo recibe, pero no para el votante.
En resumen, que mientras que no se reforme la ley electoral y se pueda votar a personas y no a siglas políticas, cualquier votación que se efectúe será cualquier cosa menos democrática. Eso es lo único que hay que reformar con extrema urgencia. Lo demás se reformará por añadidura.
Bueno, no merece la pena dedicar un segundo más al hundimiento del Titanic (Europa, España…). Ya veremos en qué acaba esto.
Francisco Hervás Maldonado
