Orgullo, sacrificio y verdad; lo que fuimos, lo que somos.

 


Por; José Luis Borrero González Cap. (r) Guardia Civil, miembro de la Comisión Organizadora


  • Comisión Organizadora de las Bodas de Oro 70 Promoción de Guardias Civiles (1976-2026), Academias de Úbeda, Sevilla, Sabadell y El Escorial.

 

Hay momentos en la vida en los que uno no habla solo con palabras, sino con memoria, con cicatrices y con orgullo. Lo vivido en nuestras Bodas de Oro no fue un simple acto conmemorativo. Fue la constatación de que, cincuenta años después, seguimos siendo lo que juramos ser.

Y en ese escenario de emoción contenida, de años acumulados y de cuerpos que ya no responden como antes, hubo gestos que quedarán grabados para siempre.

Nuestro agradecimiento más sincero al general de división Antonio José Rodríguez Medel Nieto, cuya presencia no fue institucional: fue humana. Fue ejemplar. Permaneció en pie durante más de dos horas, sin privilegios, sin concesiones, como uno más. Y nosotros, con 70 años o más, con el peso del tiempo en las piernas y en la espalda, encontramos en él un espejo.

Porque si él aguantaba, nosotros no podíamos hacer menos.

Pero si hubo una lección que superó a todas, fue la de un compañero cuyo nombre no hace falta pronunciar para que todos sepamos quién es.

Un hombre al que la salud le falta a raudales, que no está exento del dolor, que llegó en silla de ruedas, empujada por su hijo. Vestido como corresponde de guardia civil. Vestido con ese uniforme que no hace tanto cubría a un hombre lleno de vida, de fuerza y de servicio.

Y, sin embargo, allí estaba. No faltó. No quiso faltar.

Y cuando llegó el momento de acercarse a la Bandera, se puso de pie, a duras penas. Con el cuerpo quebrado, pero con el alma intacta. Ayudado por su hijo, logró besarla. Ese instante no fue un gesto. Fue una lección.

Una lección que ninguno de los presentes olvidará jamás. Una lección que deberían ver esos 2.800 alumnos que, momentos después, desfilaron encuadrados en 21 compañías ante nosotros y en nuestro honor.
Ese es el ejemplo. Ese es el verdadero espíritu. Ese gesto -debería- reproducirse en el circuito cerrado de televisión de la Academia. No como recuerdo, sino como enseñanza. Como referencia viva de lo que significa ser guardia civil.

Porque hay cosas que no se explican en un aula. Se sienten. Se viven. Se heredan.

Nuestro reconocimiento también al teniente coronel jefe accidental de la Academia, que compartió esa misma actitud de respeto, entrega y cercanía.

A todo el personal destinado en la Academia, gracias. Gracias por vuestra amabilidad, por vuestro trato afable, por esa forma de hacer las cosas que no se enseña en manuales. Lo que vivimos no fue protocolo: fue vocación.

A quienes, desde la organización administrativa de la Academia, cuidaron hasta el último detalle: los pergaminos para nuestros familiares en el Beso de la Bandera, el lazo entregado a nuestras mujeres, la preocupación constante porque todas estuvieran atendidas, sentadas, respetadas; los pergaminos individuales de la rejura; las facilidades para el aparcamiento sin descuidar en ningún momento la seguridad…Lo vuestro no fue organización: fue excelencia.

A todos los participantes, gracias por vuestra generosidad. La placa entregada a cada uno de los miembros del Comité Organizador -que ninguno de nosotros consideramos merecer- y el ramo de flores a nuestras mujeres nos sobrepasaron. También el detalle del lápiz de memoria con las imágenes de nuestra historia que comenzó en 1976. No es un objeto: es memoria viva.

Y memoria es también lo que nos define.

Siempre lo he dicho -y hoy lo afirmo con más fuerza que nunca-: la Guardia Civil está formada por gente buena. Gente cercana. Gente que responde con respeto cuando no sabe quién tiene delante. En toda una vida, jamás he recibido una mala contestación de un guardia civil. Ni un gesto de desprecio. Ni una palabra fuera de lugar.

Eso no es casualidad. Eso es código. Código de honor. Código de conducta. Código de vida.

La Guardia Civil tiene los pies en la tierra. Vive la realidad del día a día. No necesita relatos ni artificios. Y quizá por eso ha soportado lo que ningún otro cuerpo en el mundo habría soportado. Y, sin embargo, sigue en pie. No por estructura. No por normas. Por su gente.

Hoy, más que nunca sentimos orgullo. Un orgullo que no se esconde, que no se disimula, que no se negocia. Un orgullo que se proclama.

A mis compañeros de la Comisión Organizadora: hemos cumplido. Sin alardes, sin buscar reconocimiento, simplemente haciendo lo que debíamos hacer. Y, por encima de todo, a nuestras mujeres. A vosotras, que habéis sido sostén, refugio y fuerza silenciosa. Que habéis entendido ausencias, soportado preocupaciones y compartido una vida marcada por el servicio. Nada de esto habría sido posible sin vosotras. Si nosotros hemos llegado hasta aquí, ha sido porque nunca hemos estado solos.

Cincuenta años después, seguimos firmes. Con más años, sí. Pero con el mismo espíritu. Porque la Guardia Civil no se lleva en el uniforme. Se lleva en el alma.

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Benemérita al día - Periódico Digital
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